Hace
ya muchos años, un joven juez – de controvertida trayectoria –
murió en un accidente de tráfico, ocurrido durante una noche de
tormenta en una carretera de montaña del Pirineo. Después de
ocurrir el hecho, me contaron esta historia, que la fantasía popular
había ya novelado y que ahora me limito a reproducir
Desde
que comenzó la carrera de derecho, Julio fue un estudiante brillante
y por eso no sorprendió a nadie, que una vez acabada y, tras ejercer
varios años como letrado, fuese designado juez de aquella localidad
situada en las estribaciones de los Pirineos.
Pero
tras su toma de posesión, las decisiones del nuevo magistrado
comenzaron a evidenciar su auténtico carácter, ya que, al
demostrado conocimiento del derecho que tenía, se contraponía un
espíritu ruin, mezquino y vengativo y un carácter insociable y
huraño, que hacía que, “su señoría” – como gustaba siempre
ser llamado - comenzase a ser evitado por los ciudadanos, tanto en la
vida diaria como en las relaciones sociales, limitándose el contacto
con estos, a los actos protocolarios oficiales y a los que, propios
de su cargo de Juez, la obligada coincidencia imponía.
El
trabajo, acabó por absorber de manera absoluta, los escasos deseos
de relación que con sus conciudadanos, pudo en alguna ocasión tener
y, su jornada laboral - de casi doce horas al día – que comenzaba
antes de amanecido y concluía bien entrada la noche, le fue
convirtiendo en un ser cada vez más ajeno al mundo social en el que
vivía.
Un
sumario, sobre todos los demás, concitaba su máxima atención y a
su exclusivo estudio dedicaba más tiempo que el que consumía el
resto de asuntos de su juzgado. Se trataba de un pleito, sobre la
discutida propiedad de unos pastizales, en el que se mezclaban
intereses contrapuestos y que se hallaba en una farragosa fase de
pruebas y alegaciones.
No
obstante, aquella causa revestía para él, un interés especial al
ser - en cierto modo - parte del mismo, ya que uno de los
litigantes, era su propia familia.
Obvio
es decir, que dado su grado de parentesco con una de las partes, el
juez conocía de sobras, que el asunto no podía ser valorado por él,
pero como el otro querellante - que vivía en una cabaña situada en
el terreno en disputa - era casi analfabeto y no sabía de
inhibiciones ni incompatibilidades, nada hizo por dejarlo, y tras
mucho analizar, encontró finalmente un subterfugio legal, por el que
el pleito tendría solución favorable a sus intereses.
-
Señoría – informó el ujier gorra en mano – Juan
Folch, el que fue ayer desalojado de los pastizales por la fuerza
pública, está fuera y quiere hablar con usted… aunque le informo
que está muy alterado…
-Bien,
hágale pasar, pero no se vaya usted del despacho, ordenó al
funcionario.
Tras
pedir licencia, entró en la habitación un hombre de edad
indefinida, aunque ya cercano a la vejez, que se movía con
dificultad valiéndose para ello de una especie de báculo artesanal,
hecho con una rama de árbol. Su mirada era altiva, y sus ojos
irradiaban una enorme fuerza interior, que al verle sobrecogía el
ánimo.
Desde
el centro de la habitación y sin preámbulo alguno, se dirigió con
enérgica voz al magistrado.
-¡Usted
sabe de sobras que su orden es injusta…! Yo tengo derecho a esa
tierra, en la que mi familia ha vivido desde siempre…!
-
Recurra usted, si no está de acuerdo - contestó Julio con
deliberada parsimonia- pero mientras eso suceda, debe
permanecer fuera de la propiedad.
-¿Recurrir...?,
¿Qué quiere decir eso de recurrir...? No sé de que me habla ni
tampoco como se hace… y por otra parte.. ¿Adonde puedo ir?...-
preguntó a gritos el anciano cada vez más exaltado - Esa
tierra es toda mi vida...
y con un odio profundo en su mirada continuó -
Es usted una mala persona…un ser despreciable… ¿Lo sabe…?
-Es usted…
-Señor
secretario- ordenó imperativo el Juez, interrumpiendo con su
voz los gritos del reclamante – llame inmediatamente a la
fuerza pública, y que se lleven detenido a este hombre por desacato
a mi autoridad…
-¿Como
es esto....?...¿aún me quiere encarcelar…? – gritó
totalmente fuera de si - ¡Maldito seas… mil
veces maldito…! Y esgrimiendo el cayado se dirigió contra
el estrado en donde el magistrado se sentaba, golpeando con él la
mesa, y haciendo que este huyese del despacho.
-¡Miserable,
canalla…lo pagarás, acabaré contigo…antes que tú lo hagas
conmigo...! gritaba como loco Juan, mientras rompía todo
cuando encontraba a su alcance.
En
unos minutos irrumpieron en la sala varios agentes del orden, que
intentaron vanamente sujetar al iracundo anciano, que - sin cesar en
sus gritos - continuaba destrozando cuantos objetos había. De
repente, el báculo cayó de sus manos, mientras apretaba sus brazos
contra el pecho y se desplomaba, con un rictus de dolor en la cara.
-¿Como
se encuentra el detenido, tras el ataque que sufrió ayer?-
preguntó el juez al oficial de juzgado, que con un sobre en la
mano, acababa de entrar en el despacho
-Vengo
a comunicarle, señoría, que hace unos minutos acaba de morir, sin
llegar a recuperarse del coma, en que quedó después del infarto.
-¿Ha
informado ya a sus familiares de esto…? inquirió el
magistrado.
-No
tiene familia alguna- contestó el funcionario, y agregó -
al menos que se sepa.. Y es difícil que así sea, porque era
hijo único, pero no obstante estamos haciendo gestione y le
mantendré informado de ellas.
-
Esto resuelve mucho mejor de lo esperado, el conflicto –
pensó Julio mientras se retraía a sus pensamientos y esbozaba una
sonrisa interior – con esto se han acabado definitivamente
los recursos...
-Señor
secretario, dijo ahora en voz alta mientras se dirigía a
otro empleado, ya puede pasarme la firma de hoy,
que tengo que ir Barcelona y no quiero salir más allá de las diez.
El
automóvil del juez, serpenteaba a la luz de los relámpagos, por la
estrecha carretera de montaña, ciñéndose a las curvas, que
siguiendo el perfil de la serranía, se dibujaban entre barrancos de
escarpados taludes y centenares de metros de desnivel.
Sin
duda alguna, no había sido una buena idea, ponerse en camino en una
noche como aquella, pero le urgía estar a primeras horas en la
ciudad condal y - de cualquier manera - ahora ya, casi a medio camino
y por aquella carretera secundaria, solo podía continuar.
La
tormenta arreciaba, y la lluvia se tornaba cada vez más intensa. Con
dificultad se podía eliminar el agua en los cristales del vehículo
y la visión quedaba reducida a unos pocos metros, excepto cuando la
cegadora luz de los relámpagos, iluminaba la montaña entera.
Con
los cinco sentidos en la conducción, se aprestó a reducir la
velocidad para tomar una curva más pronunciada de lo normal, pues en
ella se invertía el sentido de la carretera, al cortarse esta por
una escarpadura de la sierra.
Al
intentarlo, advirtió de improviso que algo se lo impedía. De
soslayo, miró al asiento del copiloto y lo que vio heló la sangre
en sus venas, mientras un profundo terror se apoderaba de su ánimo.
Sentado
en él, con el semblante como la cera, estaba Juan. Vestía las
mismas ropas que cuando lo vio por última vez, mientras una de sus
manos - fría como el hielo - le asía fuertemente del brazo
impidiéndole moverse, y sus ojos que brillaban en la oscuridad del
habitáculo como carbones ardientes, parecían traspasarle el alma.
Con
voz gutural, como si las palabras saliesen de su garganta, el
espectro exclamó dirigiéndose al paralizado magistrado.
-Te
he hecho caso y he recurrido… He recurrido a Satanás, con quien
ahora estoy y este ha sido su veredicto... mira… y con
inusitada fuerza, giró el volante hacia el abismo y tras romper la
valla protectora, el automóvil se precipitó al vació en un
barranco cuyo fondo solo era negrura.
Semanas más tarde y
luego de una infructuosa búsqueda, unos excursionistas descubrieron
el coche destrozado en el fondo de la sima, en cuyo interior yacía
el cadáver del magistrado que fue izado – no sin dificultades –
con los restos del deshecho vehículo.
En
la conclusión final del atestado, que con motivo del accidente se
tramitó, se atribuyó lo sucedido a la desmesurada altura desde la
que cayó y al brutal impacto posterior y nada anormal se advertía
en su redacción, salvo si se leían párrafos entresacados del
mismo.
Los
peritos, no habían sabido explicar, como pudo producirse el giro del
volante en la dirección contraria al de la marcha, descartando –
sin embargo –un bloqueo de este pues no estaba trabado, acabando
por atribuir la extraña maniobra, a un descuido del conductor por
causa de la tormenta.
Por
su parte el forense, advirtió – sin poder dar tampoco explicación
plausible sobre ello - unas marcas azuladas, en los antebrazos del
cadáver como si estos hubiesen sufrido, antes de morir, la presión
mantenida de una fuerza sobrehumana...
Dicen los lugareños, que cuando alguna vez los cazadores yendo tras
una pieza se acercan a la sima donde cayó el vehículo, los perros
se niegan a entrar en ella y permanecen en sus bordes lanzando
aullidos mientras se agitan enloquecidos…
J.M. Hidalgo (Cuentos)