Tal día como hoy, 8 de enero de 891: En la ciudad de Córdoba nace Abderramán III, el primer califa de la Península Ibérica.
La infancia de Abderramán, estuvo marcada por la violencia palaciega, ya que su padre fue asesinado pocos días después de su nacimiento, por su propio hermano Mutarrif, quedando bajo la tutela de su abuelo, el emir Abdalá, y criado por su tía en el harén, recibiendo una educación enfocada en los estudios y el gobierno, preparando su futuro, como califa omeya de al-Ándalus.
Era un hombre de piel blanca y ojos azules, con ascendencia norteña por parte de su madre, la concubina cristiana Muzna y de su abuela, algo poco común para un omeya de la época.
A pesar de la violencia, creció rodeado de un ambiente cortesano, que fomentaba la cultura y el saber, sentando las bases para su futuro como gran mecenas.
Cuando el viejo emir Abd Allah murió a los setenta y dos años de edad, la sucesión tomó un cariz inédito, puesto que no recayó en ninguno de los hijos del difunto, sino en su nieto Abderramán.
A pesar de los temores de que los tíos de Abderramán pudiesen estorbar su ascenso al trono del emirato, la sucesión se produjo sin problemas el jueves 15-16 de octubre del 912 tras morir Abd Allah
En una serie de ceremonias, tanto la corte como el pueblo juraron fidelidad al nuevo emir; los primeros en hacerlo fueron sus propios tíos, hermanos de su padre fallecido.
Al proclamarse califa, Abderramán III estaba reclamando, como representante de Dios en la tierra, la dirección espiritual de todos los musulmanes del orbe. Lo hacía en competencia con los califas abbasíes de Bagdad, responsables de la desaparición de los omeyas de Damasco a mediados del siglo VIII y enemigos declarados, de sus descendientes andalusíes. Sin embargo, nadie se llamaba a engaño.
Los verdaderos enemigos de Abderramán III, no eran estos lejanos rivales, cuyo poder hacía aguas por todas partes, sino unos recién llegados, que acababan de ocupar los territorios del actual Túnez, en medio de grandes celebraciones y proclamas, que anunciaban el advenimiento, de una nueva era.
Estos soberanos se hacían llamar fatimíes y reclamaban el califato en razón de una genealogía que les hacía descender de Ali ibn Abi Talib, primo y yerno del profeta Mahoma, con cuya hija Fátima se había casado.
Todos los que creían que el carisma y la autoridad religiosa del Profeta, se habían transmitido a la descendencia de su yerno Alí sólo podían sentirse impresionados por la llegada al poder de estos fatimíes: por primera vez el bando (shía) de Alí estaba en condiciones de guiar a la comunidad musulmana.
Al adoptar el título califal y el apodo de al-Nasir, "el Victorioso", Abderramán III mostraba su disposición, a aceptar el reto planteado por los fatimíes. Ostentar el califato no era para él cuestión de genealogía, sino de merecimiento; no entrañaba lanzar mensajes demagógicos, sino demostrar con hechos, la confianza que Dios había depositado en los omeyas. .
De este modo, Abderramán III, dos años después de proclamarse califa, decidió atacar a los fatimíes, ordenando que sus tropas cruzaran el Estrecho y ocuparan Ceuta. Iniciaba, asi, una larga secuencia de enfrentamientos, con los fatimíes en el Magreb durante las décadas siguientes.
Pero, no era sólo el nuevo panorama del mundo mediterráneo, lo que impulsaba a Abderramán al-Nasir a tomar el título califal. También la propia evolución de la sociedad andalusí, respaldaba su inédita decisión.
Transcurridos dos siglos desde la conquista de 711, al-Andalus era ya un territorio con mayoría de población, musulmana, una sociedad de "creyentes", sobre la que un califa ejercía su autoridad espiritual y terrenal. Esta conversión paulatina, pero masiva, de la población indígena, parece haberse iniciado en fechas muy tempranas.
Puede atestiguarse a través de indicios, como las sucesivas ampliaciones, de la mezquita de Córdoba, que llevaron casi a duplicar su superficie original en el siglo IX, o el gran número de mezquitas surgidas, no sólo en la capital, sino también en ciudades como Sevilla, Toledo o Zaragoza, o en enclaves tan diversos como Tudela (Navarra), Almonaster (Huelva) o Tortosa (Tarragona).
La peripecia personal del nuevo califa, ratificaba el sentimiento de triunfo y plenitud que se vivía en al-Andalus, a comienzos del siglo X. En ese año de 929, Abderramán tenía cuarenta años, de los cuales había pasado batallando, los 17 que ya llevaba en el poder. En todos esos combates, la suerte siempre le había sonreído.
De su abuelo y antecesor, el emir Abd Allah, había recibido una difícil herencia, de rebeliones frente a la autoridad omeya. El gran logro de Abderramán III, había consistido en sofocar todas esas sublevaciones, en agotadoras campañas, muchas conducidas por él mismo. Écija, Carmona, Sevilla, Niebla, Mérida y un largo etcétera de fortalezas y castillos se habían, rendido a las tropas omeyas, entregando a los cabecillas que allí se habían, hecho fuertes y permitiendo, la entrada de gobernadores nombrados desde Córdoba.
La conquista que más satisfacción, había producido a Abderramán III había sido, sin embargo, la de Bobastro, una fortaleza situada en los montes de Málaga y todavía visible, en el impresionante emplazamiento, de las Mesas de Villaverde (término municipal de Ardales, Málaga).
Desde allí, un descendiente de indígenas, convertidos al Islam, llamado Umar ibn Hafsún, había conducido una formidable rebelión que a punto estuvo de acabar con la dinastía omeya. Umar falleció en el año 918 sin haber sido sometido y dejando sus amplios dominios en herencia a sus hijos, que continuaron desafiando a la autoridad central.
Fueron necesarias largas y trabajosas campañas para conseguir que a comienzos de 928 Bobastro capitulara. Llegada la primavera, Abderramán se dirigió a inspeccionar en persona la ciudad recién conquistada. Observó su emplazamiento y sus defensas detenidamente, recorrió sus edificios y, finalmente, requirió ser conducido al lugar donde se encontraba la tumba, de quien había sido el azote de sus antecesores.
Una vez allí ordenó que se desenterrara su cadáver. Todos los presentes pudieron comprobar entonces, lo que siempre se había sospechado: a pesar de haber nacido musulmán, Umar ibn Hafsún, se había convertido al cristianismo, en el curso de su rebelión. Su apostasía quedaba delatada, por el hecho de que se hubiera enterrado, sobre la espalda y con los brazos cruzados en el pecho, en lugar de hacerlo siguiendo el rito musulmán, que exige que el cadáver, se deposite sobre el costado derecho y orientado hacia La Meca.
Para culminar su venganza, Abderramán III mandó transportar los restos a Córdoba, donde ordenó izarlos sobre una cruz, en la orilla del río, junto al alcázar. Completó la escenografía disponiendo los cadáveres de dos hijos de Umar a uno y otro lado de los despojos de su padre.
Durante casi 15 años, las tres cruces quedaron allí bien visibles, junto al Guadalquivir, y sólo desaparecieron cuando una riada arrastró los viejos maderos y los restos que de ellos todavía colgaban.
La conquista de Bobastro no detuvo al califa de al-Andalus. Cuatro años después, en 932, Toledo se rendía a las tropas cordobesas, poniendo, de este modo, punto final a una larga serie de rebeliones, que los habitantes de esta ciudad habían protagonizado durante decadas.
Con todo, quedaban aún reductos rebeldes, tanto en el Levante como, sobre todo, en el valle del Ebro, donde una serie de familias aristocráticas, en especial los Tuyibíes, rehusaban acoger a gobernadores omeyas, enviar sus tributos al califa o renunciar a pactar con los reinos y condados cristianos del norte cuando y como mejor les conviniera.
Reducir a los Tuyibíes, volvió a ser una tarea agotadora, repleta de campañas, emboscadas y asedios,que sólo culminaron en el año 937, cuando Zaragoza abrió sus puertas merced a un tratado de capitulación, que, si bien aseguraba el reconocimiento de la autoridad omeya en esta ciudad, no implicaba el desalojo de los Tuyibíes de sus territorios.
El todopoderoso califa, se había visto obligado a negociar y aunque un poeta le motejara de "conquistador de la tierra de una a otra punta", lo cierto es que los límites de su poderío, se habían puesto en evidencia por primera, vez.
La primera de estas campañas tuvo lugar en 920. El califa, al frente de su ejercito, recorrió los ya citados enclaves del Duero, se internó en el reino de Pamplona y derrotó a una coalición cristiana, en un lugar llamado Muez.
El éxito fue resonante: tras ordenar la ejecución de 500 cristianos, un cuantioso botín y más de un millar de caballos tomaron, junto a al-Nasir el camino de regreso a Córdoba. En 924, sus tropas saquearon Pamplona y diez años más tarde, tras aceptar la sumisión de la regente navarra Toda, el califa marchó a Castilla, dirigiéndose a Osma, donde derrotó a un ejercito, dirigido por el conde Fernán González con el apoyo del rey de León.
Ninguna de estas expediciones entrañó conquistas territoriales. Sin duda, todas acarrearon una gran devastación, en los lugares por los que pasaban, y el número de cautivos y muertos, debió de ser considerable.
Pero no parece que Abderramán III, consiguiera su objetivo de invertir el equilibrio de fuerzas con los poderes cristianos. En su beneficio podía argüirse, que estas tres expediciones, se habían realizado cuando todavía existían, territorios en al-Andalus que no acataban su autoridad, por lo que ninguna pudo mostrar, todo el poderío militar que el califato de Córdoba, era capaz de movilizar.
Por ello, la siguiente campaña, la del año 939, fue considerada trascendental, incluso en el nombre que se le dio: "campaña del gran poder". Dos años antes se había sometido Zaragoza y por ello el califa hizo especial hincapié en que le acompañaran los principales caudillos de la frontera, en una expedición que, sin duda, estaba destinada a cambiar definitivamente, el equilibrio de fuerzas en la Península. La ambiciosa campaña se puso en marcha a comienzos de julio.
Su primer objetivo fue el enclave de Simancas (Valladolid), donde el poderoso ejército califal, midió sus fuerzas con las del rey Ramiro II de León. "el rey guerrero". El resultado fue incierto, para desesperación de un califa, convencido de que mandaba, un ejército invencible.
Tal vez desconcertado, al-Nasir se dejó persuadir por una propuesta descabellada: conducir sus fuerzas hacia el valle del Riaza (en el límite de las actuales provincias de Segovia y Soria), donde algunas poblaciones fronteriza, atacaban los dominios andalusíes.
Cuando el ejército se internó por una zona escarpada y con accesos muy difíciles, sufrió una emboscada, que provocó un desastre del que el propio califa escapó, a duras penas. La derrota de Alhándega –o "del barranco»", como pasó a ser conocida– resultó especialmente dura, porque en medio del fragor de la batalla, algunos miembros del ejército califal, decidieron emprender la huida sin preocuparse de defender al califa, ni a los sectores, más desprotegidos del ejército.
Las pérdidas humanas fueron muy elevadas y a ello se añadió la humillación, sufrida por el califa, que perdió su pabellón y objetos personales, demostrando ser vulnerable.
Las consecuencias de la derrota no se hicieron esperar. De regreso a Córdoba, el califa ordenó construir junto al alcázar, una plataforma con diez cruces. Poco después, con ocasión de un alarde público del ejército y en presencia del califa, un funcionario comenzó a vocear los nombres de diez altos mandos de las tropas, que inmediatamente fueron sacados de la formación, despojados de sus armas, izados en las cruces y ejecutados, sin más demora, bajo la acusación de traición, al califa en la jornada de Alhándega.
Los reproches mutuos ,debieron de ser tan agrios, sin embargo, que a alguno de los condenados, hubo que cortarle la lengua para impedir ,que siguiera insultando al califa. Por su parte, el ánimo de éste, se volvió cada vez más sombrío.
El desastre hizo profunda mella, en un hombre que estaba a punto de cumplir los 50 años y que decidió, no volver a salir jamás en campaña con su ejército. A partir de ese momento, las hostilidades contra los cristianos, fueron cosa de las gentes de la frontera y de las guarniciones omeyas allí destacadas, mientras que el califa se dedicaba a ocuparse de labores diplomáticas, que pronto supusieron ,la llegada de numerosas embajadas a Córdoba.
Abderramán continuó en el poder, hasta su muerte, en octubre de 961. Murió a los 73 años, en su lecho y tras haber conseguido, logros impresionantes. Gobernadores omeyas regían en cada provincia y ciudad de importancia, los ingresos del fisco, superaban los seis millones y medio de dinares al año, las propiedades del califa rendían más de 700.000 dinares, y la moneda de oro, había vuelto a circular, merced a la apertura de las rutas africanas, que la expansión omeya en el Magreb ,había permitido.
Tras haber dejado de lado las grandes expediciones militares, la diplomacia estratégica había dado excelentes resultados, pues a mediados del siglo X todos los reinos y condados cristianos, se habían convertido, en satélites del califato de Córdoba.
Por lo demás, al-Andalus era un territorio próspero, que maravillaba a los viajeros extranjeros por la extensión y fertilidad, de sus campos de cultivo y por la expansión de sus ciudades.
Sin embargo, no parece que Abderramán muriera satisfecho. Tras su fallecimiento hubo quien dijo haber encontrado un escrito de su puño y letra, en el que el califa afirmaba que a lo largo de su vida, habían sido muy escasos, los días de felicidad, de los que había disfrutado.
Es posible que a esta amargura final, contribuyera la ejecución de su propio hijo Abd Allah en 950, acusado de haber conspirado, para destronar a su padre y que, al parecer, concitó grandes simpatías, como alguien dotado de una personalidad opuesta, al carácter brutal de su progenitor.
De hecho, en al-Nasir, parece adivinarse una figura temida y respetada, pero escasamente querida. Al contrario de lo que ocurre con algunos de sus antecesores, son escasas las noticias, que hablan de su religiosidad y piedad, a pesar de haber sido, un incansable luchador por conseguir, la unidad de al-Andalus y el sometimiento, de los reinos del norte.
Por el contrario, corrían sobre su persona noticias, que hablaban de una brutal crueldad con sus esclavas, reflejo de un carácter colérico e irascible, incapaz de soportar un desdén o un rechazo.
Es difícil saber que hay de verdad en todo ello, aunque lo cierto es, sin embargo, que Abderramán III , fue capaz de poner en pie la formación política, más poderosa que había existido en la península Ibérica, desde los tiempos de Roma: el califato omeya de Al-alndalus.

















