Tal día como hoy, 14 de julio de 1826, un químico de Stockton,- Inglaterra- hizo saltar una chispa por accidente sobre la chimenea de su casa. Así nació la primera cerilla de fricción, un invento humilde, que revolucionó la vida cotidiana, para siempre.
Este pequeño invento, no nació en un laboratorio, sino de una forma imprevista. El responsable es el químico y farmacéutico inglés, John Walker. Este invento accidental fue el resultado de una mezcla química, una varilla raspada en un hogar y un destello repentino; pero aquel chispazo casual, acabó transformando la relación, de la humanidad con el fuego.
Hoy nos parece un objeto insignificante. Una cerilla cabe entre dos dedos, cuesta casi nada y hoy día se encuentra, un tanto en la sombra en la era de los mecheros y los encendedores, eléctricos. Sin embargo, en el siglo XIX fue una auténtica,, revolución doméstica. Y detrás de ella estaba John Walker, un farmacéutico inglés, de aspecto discreto y con mala fortuna comercial.
Walker nació en 1781, en Stockton-on-Tees, en el noreste de Inglaterra. Su familia tenía un negocio, de comestibles y vinos, pero él decidió tomar otro camino. De joven fue aprendiz de un cirujano y trabajó, como asistente médico, aunque abandonó esa vía, relativamente pronto. Después amplió su formación en farmacia y química y, en 1819, abrió su propia tienda, en Stockton.
En aquella época, una botica era mucho más que una farmacia,al estilo actual. Allí se preparaban remedios, para personas y animales, se mezclaban sustancias, se probaban compuestos y se trabajaba, con todo tipo de ingredientes (hoy impensables en una farmacia al uso).
Walker tenía un pequeño taller, en la trastienda y un interés especial, por los agentes capaces de producir luz o combustión. No buscaba exactamente inventar una cerilla, sino que simplemente estaba experimentando, con una pasta combustible relacionada, con las cápsulas fulminantes o cápsulas de percusión para armas. Fue entonces, cuando ocurrió el accidente.
Cuando el doctor Walker, se encontraba removiendo una mezcla química, con una pequeña varilla. En algún momento, al raspar el extremo endurecido, contra la piedra o el borde de la chimenea de su casa, la pasta prendió fuego, de forma súbita.
Este momento, no generó un invento perfecto, de la noche a la mañana, sino que Walker siguió afinando la fórmula, hasta obtener una pasta inflamable, elaborada con sulfuro de antimonio, clorato potásico y goma arábiga. Al principio usó tiras de cartón, recubiertas de azufre; más tarde, pequeñas astillas de madera. Para encenderlas, el usuario debía frotarlas, con una superficie abrasiva, como papel de lija. Había nacido la cerilla de fricción.
Curiosamente, el libro de cuentas de John Walker, pasaría a ser considerado un documento histórico. Hoy se conserva en el Science Museum, y registra ventas a crédito realizadas, entre 1825 y 1829. Es importante porque, en ese cuaderno aparece la primera prueba documental, de la comercialización del invento.
La entrada está fechada, el 7 de abril de 1827. Ese día, Walker vendió a un abogado de Stockton, John Hixon, 100 unidades de estas 'cerillas', por un chelín, más dos peniques por una caja de lata, para guardarlas. Se trata de una cronología muy precisa y extraordinariamente, bien documentada, para un invento de esta magnitud.
Hoy cuesta entenderlo, pero antes de la cerilla, encender fuego era un pequeño suplicio. Había que usar yesca, pedernal y acero, o mecanismos de encendido, más engorrosos y caros. Mantener el hogar encendido, era casi una obligación permanente, pues si se perdía la llama, había que volver a invertir tiempo y componentes, en recuperarla.
La cerilla de Walker, volvió portátil, inmediata y relativamente sencilla, la producción de fuego. Se usó en la cocina, en la calefacción, en las velas, lámparas, hornillos… todo cambió. La invención redujo horas de esfuerzo invisible, facilitó la vida doméstica y dio a millones de personas, una autonomía nueva frente a uno de los elementos esenciales, de la civilización: la luz.
Por extraño que parezca, John Walker no patentó su creación. Se desconoce si por prudencia, por modestia o por simple falta de visión empresarial, dejó pasar la oportunidad y no presentó la patente, así que otros copiaron la idea y en 1829, un comerciante londinense, llamado Samuel Jones, lanzó sus famosos "Lucifers", que básicamente, eran una réplica comercial, de las "luces de fricción" de Walker.
A partir de ahí, el invento se difundió rápidamente, pero la fortuna no acompañó a su verdadero creador. que terminó sus días en 1859, prácticamente sin dinero y arruinado.
















