En el pueblo se decía de Silvestre, que si el día de su nacimiento, su santa madre en lugar de dirigirse al dormitorio, lo hubiese hecho hacia el establo, habría alumbrado - de seguro - un hermoso rucho (1).
Lo bautizaron con ese nombre, porque su venida al mundo acaeció en la última noche del año, pero a medida que iba creciendo, todo el mundo coincidía en afirmar, que el apelativo había sido un acierto total, al coincidir plenamente, su naturaleza con la denominación.
Ya desde su más tierna infancia (si es que Silvestre fue tierno alguna vez) despuntó como un auténtico zopenco, y sus juegos infantiles - que siempre vinculó a los de más bajo nivel intelectivo - le hacían ser evitado por el resto de niños, que generalmente acababan lesionados en las relaciones lúdicas con él, de forma que ya con pocos años, se extendía en su derredor la fama de bruto, lerdo y zoquete, que habría de acompañarle toda su vida.
El tiempo de colegio fue traumático para nuestro personaje, y aún más traumático para su maestro, que luego de siete años de clases, no logró que pasase de balbucear las primeras consonantes, y garabatear - más que escribir - su nombre en un papel.
Con tan brillante expediente escolar, estaba Silvestre a los catorce años, preparado para enfrentarse a la vida, empleándose como aprendiz de arriero, debiendo ser – seguramente - el último que siguiese esa profesión, en la década de los años cuarenta, del pasado siglo.
No obstante, el absoluto desconocimiento de letras y ciencias, no fue obstáculo para elaborar una quiniela futbolística, con la que acertó catorce resultados en aquel domingo primaveral, y que le supuso ganar unos cuantos millones - de los de entonces - y verse convertido, de la noche a la mañana, en Don Silvestre pasando, de ser el más burro de la comarca, al más ocurrente, y el que contaba las más divertidas historias.
Todo ello – naturalmente - a costa de las rondas, pagadas al personal en el bar del pueblo, al arrimo de las cuales, pasaban las cosas que acabo de relatar.
Pero, tras las iniciales alegrías, Silvestre volvió a ser el de siempre, sí bien que bastante más rico. Se hizo construir una casa con dieciséis habitaciones, y un solo cuarto de baño, pues según él decía, para las veces que había que usarlo, con uno bastaba, lo cual - en su caso - no dejaba de ser cierto.
Con sus propias manos hizo el horno, en donde su madre preparaba la repostería, de la que era devoto, y para su construcción, se valió de la mesa del recién comprado comedor, protegiéndola con mantas, al objeto de evitar rayarla.
Lo que no tuvo en cuenta nuestro hombre, es que una vez cerrada la bóveda, la mesa no cabía por la puerta, por lo que hubo de ser incinerada dentro del horno, la primera vez que este se usó. Pero lo que sin lugar a dudas refleja a la perfección, el grado de intelecto de Silvestre, fue el asunto de la quesera.
Sentía nuestro personaje, una desmedida afición por el queso, y ahora que podía, se hacía importar del extranjero los más exóticos, de los que en ocasiones no había oído ni tan siquiera hablar.
Participaba en esta afición con su sobrino Luis, al que en ocasiones había dado a probar las exquisiteces de sus curados y semicurados, pero como nuestro héroe era de natural mezquino, bien pronto empezó a molestarle, el compartir algo que él consideraba como propio, por lo que cerró las puertas del canterado usado como quesera, para que todo lo concerniente a la misma hubiese de pasar por él, guardando celosamente la llave en su poder.
Un día, fue visitado por su pariente, y a su marcha advirtió Silvestre que de un queso holandés - de sus preferidos - faltaba un trozo de casi un cuarto de kilo. Atribuyendo el latrocinio al sobrino, no bien amaneció el lunes, se dirigió a la ferretería en donde adquirió un juego de candados y cerrojos, que hicieron la puerta de la quesera, poco menos que inexpugnable, vigilando – además - mientras los instalaban, para que no se distrajese ninguna llave, pues estaba seguro que su desaprensivo pariente, debía tener una copia de la antigua.
El domingo siguiente - aunque nada dijo - estaba convencido de que si su sobrino intentaba nuevamente robarle sus tesoros, no lo lograría. Por eso, a punto estuvo de sufrir un ataque al corazón, al advertir que uno de sus más queridos cabrales, había sido mutilado en una considerable cantidad de su cuerpo.
No pudo pegar ojo aquella noche, pensando en la manera en que había podido ser esquilmada su despensa, ya que los candados no tenían síntomas de haber sido forzados, por lo que antes de blindar la casa entera, decidió preguntar a Luis, de que fantástico sistema se servía para hacer posible las sisas.
-Verás sobrino, sé de sobras, que cada semana haces una o varias visitas a la quesera, y te llevas una buena porción de mis quesos, y por más que cambio las cerraduras, siempre consigues tu propósito. ¡Si me dices como lo haces, prometo dejarte que cojas cuanto quieras!.
-Querido tío - dijo con una socarrona sonrisa el avispado sobrino - no sé si te habrás dado cuenta, pero el mueble no tiene madera, por la parte de atrás .
Pese a todo esto, a Silvestre le siguieron riendo sus genialidades, y sus divertidos chistes, mientras pagaba - ronda tras ronda - en el café de pueblo.
(1) Rucho: Burro joven, pollino
J.M.Hidalgo //Historias de gente singular




















