domingo, 17 de abril de 2016

El gitano


Zenón era calé (1) de pura cepa. Calés fueron sus padres y sus abuelos, calé era su mujer, y calés eran - como es natural - los quince churumbeles (2) con los que, según él decía, la Divina Providencia le había bendecido, y que en realidad eran producto, de una parte, de la falta de medidas anticonceptivas, y de otra, de que aún no se hubiese inventado la televisión.

Nuestro hombre - amén de hacer hijos a destajo - trabajaba de sol a sol, y de lunes a sábado, todos los meses del año, afanándose aquí y allá, donde buscar unas pesetas con las que alimentar a tan numerosa prole, tarea en la que era ayudado por su hijo mayor, de tan solo quince años, ya que los demás hermanos habían ido llegando - con puntualidad taurina - a razón de uno por año.

Toda su familia estaba arraigada en el pueblo desde antiguo, y dedicados de siempre al negocio del chalaneo,(3) en el que eran auténticos linces, capaces de hacer pasar un penco (4) de doce años, por un potrillo de uno.

Pero además de los trucos propios del chalán, y la vida nómada que de feria en feria llevaba, Zenón era un ejemplar padre de familia, la que anteponía a todo en el mundo, no habiendo sábado que no volviese a casa - sin importar lo lejos que estuviese - a abrazar a su esposa y su numerosa descendencia, la mayor parte de las veces, con la aviesa intención de aumentar esta última.

Era pues - por lo atípico - un gitano singular, ya que en la década de los cuarenta, en nuestro país a los gitanos - amen de tener un estatuto de ciudadanos de segunda - solían achacárseles todos los defectos que imaginarse pueda: vagos, ladrones, fulleros, y nada de esto, sino todo lo contrario, constituía la forma de ser de Zenón.

Pero no hay cara bonita que no tenga una peca, y la de Zenón se llamada Bar Central, en donde cada noche de sábado, tras apalancarse (5) en un extremo del mostrador con el sombrero cordobés caído sobre los ojos, comenzaba y degollar botellas de fino, hasta que el suelo empezaba a moverse bajo sus pies, y los parroquianos a dar vueltas en su derredor, aunque permaneciesen quietos, terminando a eso de las cuatro de la madrugada - con una pítima (6) monumental - conducido a su casa, por algún colega de barra, menos borracho que él.

Antes de caer en estado de letargo - última fase de su semanal cogorza (6) - Zenón tenía, lo que en el argot tabernario se denominaba “mal vino”, y que en realidad era una actitud chulesca y agresiva, que cuando encontraba eco en otro de su misma naturaleza, podía concluir de la peor forma, y eso sucedió aquel sábado de principios de verano.

-¿Y tú que miras?,
espetó nuestro hombre - con mal estilo, y tras haber escanciado ya dos botellas de clarete - a otro individuo acodado, de igual forma a la suya, en el extremo opuesto de la barra del Central. -¡Lo feo que eres! contestó el otro en tono provocador, mientras agregaba - ¡Mira si estás mal hecho, que tu no fuiste “parìo”, sino “peìo” y “estrellao” contra la pared…!

No había aún acabado la frase, cuando una botella salió de las manos de Zenón yendo a impactar en la cabeza de su oponente, que silla en ristre acometió a nuestro hombre, y al poco, mamporro va mamporro viene, habían provocado el desalojo de toda la clientela del bar.

Ante el monumental escándalo generado, compareció la Guardia Civil, y tras separar a los contendientes, y comprobar que, debido a su estado, era imposible dialogar con Zenón, le citaron para la mañana siguiente, en el cuartelillo.

En estos casos, y si la gravedad de los hechos no era demasiada, todo solía arreglarse con un número indeterminado de guantazos, recibidos por el infractor, de manos del comandante de puesto, tras ser advertido, que la próxima vez, la cosa aún podía ser peor.

Pero aquel domingo, el sargento hubo de ausentarse, y dejó en el encargo a su segundo, al que ordenó que cuando compareciese el gitano, y tras leerle debidamente la cartilla, le diese un par de tortas bien dadas, ya que la cosa no requería de un tratamiento más a fondo.

Eran las diez de la mañana, cuando sombrero en mano y cabeza baja, estaba Zenón como un clavo, a la puerta del cuartelillo, acompañado por su mujer, que por timidez, o por prudencia, permaneció aguardándole al otro lado de la calle. – Buenos días, que me ha citado el sargento por lo de anoche en el bar - argumentó al agente de la puerta, en tono compungido.

Le hicieron pasar al despacho del jefe del puesto, en donde el segundo estaba ya - guerrera abotonada y tricornio encasquetado - esperándole.

Ya fuese porque careciera de dotes oratorias, tal vez por ser partidario de la acción directa, o quizás por ambas cosas, el caso fue que el segundo, sin mediar palabra alguna, atizó de improviso a nuestro héroe un soberbio sopapo,(7) que le hizo ver al instante media vía láctea, y cuando aún no se había repuesto de este, recibió otro en la mejilla contraria, que acabó por mostrarle los más recónditos lugares del universo lejano y hecho esto, y sin ninguna otra explicación ni comentario, le ordenó marchar.

Cuando salió a la calle, tenía la misma cara de alguien a quien sacan, sin anestesia, una muela equivocada, y nada más verlo, su mujer se dirigió a él, mientras le preguntaba: ¿Zenón, que es lo que te han dicho ?, a lo que nuestro hombre, tentándose las tumefactas mejillas, contestó. ¿Decir?, ¿pero es que ahí dentro dicen “na”?. Y sin mediar otra palabra, emprendieron el camino de casa.

En aquellos años, no era preciso ser gitano, para recibir “lecciones teóricas - prácticas” de esta naturaleza.                   

J.M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)


VOCABULARIO

(1)  Calé = Gitano
(2)  Churumbel  = En caló: niño, hijo
(3)  Chalán = El que compra y vende animales de carga
(4)  Penco = Caballo flaco y desgarbado
(5)  Apalancarse  = Acomodarse en un lugar
(6)  Pítima, Cogorza = Borrachera
(7)  Sopapo = Bofetada                        

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