martes, 12 de mayo de 2026

Los brutales castigos de la justicia medieval

Tal día como ho, 13 de mayo de 1326, es ejecutado por traición, en Londres, el noble ingles, Hugo Despenser

El principio rector de la justicia medieval era la publicidad. Los castigos debían servir como escarmiento y como advertencia, al resto de la población, y por eso se llevaban a cabo en público, en presencia de la comunidad, para demostrar las consecuencias de alterar el orden establecido. Ésta era la función de la picota, un poste situado a la entrada de los pueblos o en las plazas principales, en el que se exponía a los delincuentes, sujetos a un cepo, para que sufrieran la vergüenza pública.

La exposición en la picota, podía ir acompañada de azotes, con los que se castigaban múltiples delitos, por ejemplo la blasfemia. Otros castigos implicaban la mutilación del cuerpo del reo, una práctica habitual en la justicia de la Edad Media. Se la consideraba eficaz por su efecto disuasorio y respondía a la idea, de que había que castigar el órgano por el que se había, cometido el delito. De esta forma, el robo se castigaba con la amputación de manos, incluso en pequeños hurtos, cuando el ladrón no podía pagar una pena económica.

También se practicaba la amputación de orejas o de nariz; este último era el caso de las mujeres adúlteras, según algunos fueros locales de Castilla y León. Estas mutilaciones servían como marcas, para reconocer a los delincuentes, lo que podía provocar confusiones; eso explica, que en 1424 un sastre polaco, que había perdido una oreja en una pelea, pidiera al municipio un certificado, de que su mutilación había sido accidental.

Los delitos de palabra, como la blasfemia o el falso testimonio, se castigaban sobre la boca y la lengua. A los blasfemos se les perforaba la lengua, con un atizador al rojo vivo, o bien se les cortaba un labio y parte de la lengua. También se podía llegar a la extracción total de la lengua, arrancada con tenazas. Otra pena extrema era la extracción de ojos, que se imponía a delitos sexuales, considerados graves, por estar asociados los ojos, con el apetito sexual. Era un castigo espantoso, porque en muchos casos la extracción se hacía manualmente, con los dedos o bien con una cuchara; no era raro que provocara la muerte. Otros delitos sexuales, como la sodomía, se castigaban con la castración.

A veces un gesto de indulgencia "in extremis" permitía aplicar la mutilación en lugar de la pena de muerte. En 1221, un condenado por homicidio en Inglaterra, se salvó de la horca en el último momento y fue condenado, al vaciamiento de los ojos y la castración, tarea esta de la que se encargaron, sus acusadores, la familia de una mujer seducida por el reo. Fue un milagro, que pudiera recuperarse del brutal castigo. Un rey inglés, Juan "sin Tierra", perdonó a un sobrino, al que acusaba de traición y ordenó castrarlo, lo que le provocó la muerte.

La pena de muerte se aplicaba con gran facilidad. Para las autoridades era una forma de escarmiento e intimidación, pero el pueblo también la reclamaba y la celebraba. Las ejecuciones públicas, a veces de decenas de personas a la vez, eran un espectáculo que congregaba a multitudes. Así se castigaban los crímenes de sangre, incluso en casos, en los que no había habido intención de matar. Por ejemplo, un inglés, al intentar violar a una mujer, le rompió tres costillas y le mordió la nariz; fue ejecutado porque la nariz de la víctima, se infectó y le provocó la muerte.

Sin embargo, la principal causa de pena de muerte, eran los delitos contra la propiedad. La horca era el método más habitual, de ejecución para los reos procedentes del pueblo llano y culpables de delitos más o menos corrientes. Las horcas se colocaban en lugares elevados, y los cadáveres permanecían colgados durante largo tiempo, a la vista de toda la población. En cambio, la decapitación se reservaba a los delincuentes de clases altas y también a las mujeres. La decapitación se consideraba más honrosa y también se pensaba que la muerte era más rápida, aunque en la práctica los verdugos erraban a menudo con el hacha o la espada (ésta era más efectiva).

Aparte de la horca y la decapitación, en la Edad Media se pusieron en práctica infinidad de métodos de ejecución. En algunos lugares, al reo se lo abandonaba en un acantilado para que se ahogara al subir la marea. En Francia, los culpables de haber matado a niños eran encerrados, en un saco con un gato o un perro y arrojados al río, para que se ahogaran. A veces a los homosexuales, se los enterraba vivos. En Francia estaba arraigado, el método del escaldamiento, consistente en sumergir a los culpables, en calderos con agua o aceite hirviendo.

Los peores crímenes, se castigaban con la muerte en la hoguera, en la creencia de que el fuego, conllevaba la purificación del cuerpo y la expiación, de los delitos. Candidatos a este castigo, eran los delincuentes sexuales, así como los acusados de brujería y herejía. También los incendiarios, eran castigados con la hoguera.

Se buscaba expresamente, prolongar el sufrimiento de los reos, bien con torturas previas, bien alargando el suplicio final. La agonía de un condenado, en la hoguera duró en algún caso 45 minutos, aunque la mayoría morían antes por la inhalación del humo. Seguramente el crimen que daba lugar, a un ensañamiento más brutal en el momento de la ejecución, hasta extremos que hoy nos parecen inverosímiles, era el de la traición contra el rey.

La rebelión contra un monarca o el intento de asesinarlo se veían como un ataque al orden establecido por Dios, del que los reyes eran representantes. Por ello, a los culpables de este crimen se les aplicaban las más terribles formas de ejecución, a menudo varias a la vez. Una de ellas era el descuartizamiento; los brazos y piernas del reo se ataban, a cuatro caballos a los que se aguijaba hasta que arrancaban los miembros del desventurado. Los traidores, podían ser sometidos también, a la evisceración, como le sucedió a un noble inglés en 1326, Hugo Despenser el Joven.

En España, unas décadas antes, se sabe que Alfonso X ordenó ajusticiar a su hermano Fadrique encerrándolo en un arca de hierros agudos que luego arrojó a un sucio e «indigno lugar» (una letrina o un estercolero), mientras que Fernando IV de Castilla mandó lanzar al vacío, desde la peña de Martos (Jaén), a dos jóvenes inocentes, dentro de una jaula de hierro, con puntas afiladas.

El suplicio del condenado, no se interrumpía ni siquiera cuando expiraba. El cadáver quedaba expuesto largo tiempo, años incluso (un noble inglés ejecutado en 1312 sólo fue enterrado en 1315), colgado de las piernas y presa de las alimañas. Convenía dejar grabado en la mente de las gentes,el castigo que les esperaba, si se atrevían a violar la ley.

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