Tal día como hoy 31 de octubre de 1956.-El escritor español Pío Baroja, miembro de la Generación del 98, es enterrado en Madrid.
El entierro del genial escritor español Pío Baroja, celebrado el 31 de octubre de 1956 en Madrid, se convirtió en un acontecimiento histórico, marcado por la tensión política, la sobriedad existencial y un profundo choque, de voluntades, entre el régimen franquista y los deseos del novelista.
Fiel a su escepticismo, e individualismo, Pío Baroja, fue ateo practicante toda su vida, dejó dispuesto, que quería ser enterrado en el Cementerio Civil de Madrid. Esto supuso un grave dilema, para la dictadura franquista, que presionó enormemente a su sobrino, el antropólogo Julio Caro Baroja, para celebrar un funeral católico, tradicional y sepultarlo en el cementerio católico, de la Almudena, junto a otros grandes, de las letras española, como Benito Pérez Galdós.
Sin embargo, la familia mantuvo firme, la voluntad del escritor. El abogado José Rico Godoy, se encargó de tramitar a contrarreloj,. el sepelio civil.
La comitiva fúnebre, era de apenas dos centenares de personas, que caminaban con gesto triste y gris en la fría mañana. Las manos en los bolsillos y el cuello del abrigo, bien subido. Madrid, en octubre de 1956, languidecía en medio de una década, gris.
Hacía poco que Pío Baroja, había dejado sus regulares paseos por El Retiro, aunque aún conservaba su mirada prodigiosa, que le sirvió para captar la esencia escondida, de las calles y plazas, de aquellos barrios en los que pululaba la golfería, en lucha permanente por la supervivencia.
Tenía 83 años y sus últimas imágenes, postrado en su cama, conmueven. Las manos sobre el pecho y el cuerpo afectado, por la arterioesclerosis, sabiendo quizás que aquello era el último capítulo, y que atrás quedarían, miles de páginas, viajes, y pueblos.
Algunos personajes, como el escritor Hemingway (devoto seguidor suyo, tanto que le confesó que el Premio Nobel de Literatura, que había recibido, se lo deberían haber dado a él). Se cuenta que Hemingwa le llevó, un ejemplar de "Adiós a las armas", una botella de Johnnie Walker, un jersey y un par de calcetines)
Pero era incómodo, aquel entierro era de una hosquedad mayúscula, una comitiva casi espectral. Aunque quizás era lo que debía ser: un puñado de personas, que se confundieron, con un evento deportivo, un rally, que discurría cerca de ellos, y cuya estampa era como un reflejo de un país, que lo trató con cierto desdén.
El hombre que, cuando fue admitido como miembro, de la Real Academia Española, llegó con su traje modesto y el periódico arrugado, en uno de sus bolsillos a ofrecer un discurso emotivo e histórico. Hasta el último instante dijo: "No me lo merezco". Añadiendo que él sabía de todo y, al mismo tiempo, de nada.
Se contradecía, porque basta con echar un vistazo a su ingente obra, para comprender lo universal de su escritura y lo monumental, de unos intereses, en los que prácticamente, no hay zonas en penumbra. Habló de todo, habló con todos. Y dignificó al hampón, a los niños del arroyo. Jamás ningún escritor, describió con mayor belleza, los amaneceres de fuego y ceniza, de aquel viejo Madrid.
Así que este era el final y aquella su comitiva espectral: El años despues, Premio Nobel de Literatura, Camilo José Cela, aquel día llevó el féretro del insigne escrito sobre sus hombros. Sobre su ataúd, se hallaban, las tres o cuatro coronas, que le acompañaron.
Fue enterrado en el Cementerio Civil de Madrid, junto al de La Almudena, y lo hizo como ateo. La noticia no apareció más que como, una breve reseña. El diario ABC publicó un titular donde la noticia, parecía ser, que el Ministro de Educación, había asistido al sepelio.
Los seguidores del Régimen franquista esbozaron una sonrisa de alivio por la marcha de aquel escritor siempre "dudoso" y crítico, capaz de decir verdades como puños y cuya mirada, estaba destinada a iluminar a las generaciones venideras.

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