Tal día como hoy, 15 de enero del 1810 José Bonaparte, al frente de un ejército de 80.000 hombres, llega a Sierra Morena, iniciando así la ocupación de Andalucía.
El rey José I Bonaparte, ocupó Andalucía principalmente en 1810, durante la Guerra de la Independencia, liderando personalmente la campaña andaluza a principios de ese año, entrando en Sevilla el 1 de febrero y recorriendo la región durante meses, visitando Málaga y Granada, y estableciendo su gobierno allí temporalmente, mientras las tropas francesas controlaban, gran parte del territorio
Andalucía es,un amplio territorio que ocupa media parte de España. La batalla de Ocaña, ganada el año anterior, por las tropas imperiales, insufló cierta dosis de estabilidad a la Corona josefina. Quizá José I interpretara ese triunfo, como una señal y pensara llegado el momento, de expandir su deteriorado poder, por el sur de la península Ibérica.
La empresa parece concebida, como una expedición militar, pues las tropas francesas reciben órdenes de concentrarse en los páramos manchegos, pero pese a encontrarse bajo el mando supremo del mariscal de Soult, es el propio José I quien opta por ponerse, al frente de la gran marcha.
El objetivo último, es más político que militar: contrarrestar la iniciativa estratégica de los liberales, que acaban de convocar las Cortes de Cádiz, cuestionando una legitimidad precariamente sustentada, por el Estatuto de Bayona. La Junta Central, en su huída hacia el Sur, se ha refugiado en la ciudad andaluza de Cadiz, un enclave estratégico, que supone la puerta de la península al mar y su comunicación, con las provincias de ultramar.
Sin embargo, la composición de la expedición, de más de 80.000 hombres, revela un nuevo objetivo, más allá del político o militar. Entre las tropas del rey, hay una amplia representación de civiles, del aparato administrativo y político del Estado, y entre ellos destaca una nutrida corte, de asesores e intelectuales franceses y españoles.
Estas incorporaciones, revelan la intención de presentar el viaje ante la opinión pública, con una perspectiva más amable, que la de una simple ocupación territorial, una tregua pacífica en mitad de la guerra, una misión conciliadora en la que el monarca, tendrá la ocasión de exponer de primera mano, ante su pueblo sus planes para la modernización, en la que podrá mostrar la imagen, que quiere ofrecer ante los españoles: la de un rey benévolo, dadivoso, reformista y sensible.
José I visita Andújar, Córdoba, Carmona, Sevilla, Jerez de la Frontera, el Puerto de Santa María, Ronda, Málaga y, por supuesto, Cádiz. El periplo le llevará, cinco largos meses, y jamás podrá entrar en Cádiz, y que en cada una de los ciudades recorridas, se enamorará de sus paisajes, de la alegría de sus habitantes y, probablemente también, de la sensación de sentirse amado y aceptado, por primera vez, desde su llegada a España.
En Córdoba se inicia el sueño josefino. La municipalidad en pleno, está reunida para recibir al rey y rendirle tributo, a las puertas de la ciudad. El rey se ve conducido, a través de un itinerario urbano de aire festivo. Es la primera vez desde que ostenta la Corona que una ciudad de la magnitud de Córdoba, se le entrega con tanto entusiasmo. José I se permite albergar, tibias esperanzas.
Envía misivas a Napoleón, regocijándose por el recibimiento del que es motivo, y que, en su opinión, marca un cambio de signo, en la actitud de la población, hacia “el invasor francés”. La bienvenida y los festejos continúan reproduciéndose, hasta la apoteósica entrada en Sevilla, donde miles de sevillanos, lo vitorean entre el repique de campanas y las salvas de artillería.
A partir de este momento, la expedición se despoja de su carácter militar, para convertirse en un viaje institucional, y el rey continúa su viaje, sin más asistencia militar que los tres regimientos de la Guardia Real,que le dan escolta, en una especie de misión catequizadora.
José I , pretende someter a las ciudades con las palabras, allí donde las armas no han funcionado, pero en Cádiz las distintas misiones políticas fracasan, tanto las que incluyen políticos, como las de eclesiásticos españoles, y sus representantes son enviados de vuelta sin ser siquiera recibidos. José I decide proseguir el viaje y posponer, la entrada en Cádiz. Tras la acogida en el resto de capitales andaluzas, está seguro de que la obstinación, gaditana será solo cuestión de tiempo.
Málaga recibe a José I, con dos arcos triunfantes y una muchedumbre enfervorizada, que al grito de ¡Viva el rey! le arroja flores, desde balcones y azoteas. André François Miot, ministro y consejero de José I, escribirá: “Si algún día José Napoleón pudo creerse realmente soberano de España, fue en ese momento”. Ni siquiera el alto clero, desaprovecha la oportunidad, de congraciarse con el régimen bonapartista.
En su celo, el rey incluso deroga la Pragmática Sanción de Carlos IV, que suprimía los festejos taurinos, y asiste a ellos, pese a la aversión que le causan, consciente de su importancia, para la población andaluza. Pero no habrá solo corridas de toros. Junto a ellas, los municipios disponen, de espectáculos teatrales, bailes de gala y suntuosas fiestas para agasajar a José I y que el monarca no eche en falta, los lujos de la Corte.
El 27 de febrero la escuadra josefina, compuesta ahora por unos 2000 hombres, se ve obligada a pernoctar en El Bosque, entre Arcos de la Frontera y Ronda. La sensación aquí es agridulce, pues la población, escarmentada por las represalias, de la muerte de 14 dragones franceses, había huido a la sierra, dejando a la comitiva, no solo sin recibimiento, sino forzada a alojarse por su cuenta, en las poco más de 200 casas que constituían la humilde aldea.
Pero no fue tan solo, la incomodidad de la jornada, lo que cambió el ánimo del rey. Allí recibió la noticia del decreto imperial promulgado por su hermano Napoleón . En él se disponían gobiernos militares franceses, dependientes de París para Cataluña Aragón, Navarra y Vizcaya, al tiempo que se embargaban los productos y rentas de Salamanca, Toro, Zamora, Santander, Asturias, Palencia, Valladolid y Burgos, con objeto de compensar, las innumerables pérdidas que el ejército desplazado en España, costaba a las arcas francesas.
José I admirador de la estética musulmana, se emocionó ante la magnificencia de Granada, visitó Jaén y volvió, una vez más, a Sevilla y Córdoba, quizá en busca del reconocimiento, de las sensaciones que había experimentado, en esas ciudades. Pero ya nada fue igual, ni su predisposición de ánimo ni la acogida de las poblaciones, quizá informadas del decretazo, con el que Napoleón planeaba dividir España y someterla, directamente a París.
Aquel viaje por Andalucía que había mostrado a José I una realidad distinta, el clamor y la alegría de un pueblo, unos bellísimos paisajes y un riquísimo patrimonio artístico, se desvanecía. Nunca se había sentido, tan monarca como en este momento, pero nunca volverá a sentirse así.
A su regreso a Madrid, enfrentado a la realidad política y administrativa, entenderá que de alguna manera, el viaje por Andalucía ha sido, como escribió Francisco Luis Díaz Torrejón, de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, de Málaga, “el paraíso soñado de un rey desgraciado” y que quizá todo absolutamente todo, hubiese sido un espejismo.
En resumen, su "recibimiento" fue una mezcla, de asombro por la belleza y resistencia de la tierra, pero también de la hostilidad de un pueblo en armas, recordando el "fuego" de la guerra que había marcado, su ascenso al trono español.
El territorio andaluz, a partir de este momento, se da a conocer al público, convirtiéndose en uno de los paisajes de referencia, del romanticismo europeo.
La Villa del Bosque, fue el primer pueblo gaditano, en levantarse en armas, en el año 1810 contra las tropas napoleónicas, durante la invasión francesa, por ello del 18 al 20 de noviembre, de cada año se celebra con una recreación histórica, para conmemorar la fecha, en se constituyó como villa oficialmente, gracias a una Cédula Real de Fernando VII de 1815 como recompensa, por defender la soberanía nacional.


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