domingo, 22 de mayo de 2022

La Guerra de las "Dos Rosas"

 

Tal día como hoy 22 de mayo de 1455, en Hertfordshire, Inglaterra, tiene lugar la primera batalla de San Albano, cuando Ricardo, duque de York, junto a su aliado, Ricardo Neville, conde de Warwick, derrotan a las tropas de la casa de Lancaster, dirigidas por Edmundo Beaufort, duque de Somerset, que muere durante la batalla.

Al finalizar el combate, Ricardo de York captura al rey Enrique VI, haciéndose nombrar Lord Protector del Reino de Inglaterra. Con esta batalla se da inicio a las Guerras de las "Dos Rosas", entre las dos ramas de la dinastía Plantagenet, por la sucesión al trono de Inglaterra, tras ser expulsados los ingleses de Francia. Esta guerra civil fraticida se prolongará hasta 1485 y su nombre viene de los respectivos emblemas heráldicos: la rosa blanca de la casa de York y la rosa roja de la casa de Lancaster.

Las dos rosas emblemáticas se distinguían por el color. La que correspondía a los duques de York era blanca. La de los duques de Lancaster, roja. Miembros de esta última familia habían ocupado el trono durante la primera mitad del siglo XV.

El primero de ellos, Enrique IV, no era el heredero legítimo del monarca anterior. Había desposeído a su primo Ricardo II de la Corona con la ayuda de la nobleza, Este ascenso al trono fue la semilla de los conflictos familiares que terminarían desembocando en la guerra de las Dos Rosas.

Enrique IV pasó parte de su reinado luchando por mantener el control de su territorio. Estaba en deuda con la nobleza, e incluso se vio amenazado por una conspiración para derrocarle.

Su hijo y sucesor, Enrique V, pasó la mayor parte de su reinado en Francia. Aspiraba a la Corona de aquel país y quería poner fin al interminable conflicto anglofrancés que, por su larga duración, la historia conoce ahora como la guerra de los Cien Años.

Los éxitos militares de Enrique V en tierras francesas hicieron olvidar a los ingleses la anómala llegada al trono de su padre. Pero el brillante vencedor de los franceses en Azincourt murió relativamente joven, con solo 35 años, en la propia Francia. Se había casado con la hija del monarca francés Carlos VI, a quien había exigido por ello el título de heredero.

Una vulgar disentería acabó con su vida sin que hubiera consolidado sus triunfos. Dejaba atrás un hijo de corta edad que no solo heredaba el trono inglés, sino las aspiraciones de su progenitor a la Corona gala. Pero este pequeño de pocos meses, Enrique VI, no resultó ser, una vez adulto, un rey generoso y valiente como su padre, sino un personaje débil, acomodaticio e inseguro.

Todavía menor de edad, se encontró en Francia con la aparición de Juana de Arco, que movilizó los sentimientos del pueblo francés a favor del delfín Carlos, heredero legal de Carlos VI, y provocó la reanudación de la lucha contra los ingleses. Estos, derrotados en Orleans, y muchas otras regiones francesas, tuvieron que regresar a su país, conservando únicamente el puerto de Calais.

La sombra de aquella derrota, que ponía fin a la guerra de los Cien Años, recayó sobre Enrique VI. La oposición al rey y a su gobierno fue fomentada, en parte, por muchos de los combatientes ingleses procedentes de Francia, entonces inactivos.Pero la resistencia armada la dirigió sobre todo un miembro joven y decidido de la familia rival, Ricardo de York. Ricardo no consiguió suplantar en el trono a su débil primo, pero sí dejar a su hijo Eduardo el camino abierto hacia la victoria y el cambio de dinastía.

Estos fueron precisamente los años de la guerra de las Dos Rosas. Se desarrolló en la campiña inglesa, ante la indiferencia de casi todos los campesinos, pero con activa intervención de la nobleza. Duró casi toda la segunda mitad del siglo XV, cuando la decadencia de los Lancaster, personificada en el inepto Enrique VI, no pudo detener el ímpetu de los que apoyaban a los duques de York.

Frente a la rosa roja, que comenzaba a marchitarse, surgían la novedad, la fuerza y la fragancia de la rosa blanca. Y un nuevo concepto de la monarquía, el absolutismo, que no acabaría imponiendo ninguno de los soberanos de la casa de York. Lo realizaría años más tarde –una vez arruinada por la guerra civil casi toda la aristocracia inglesa– la implacable familia Tudor, curiosa mezcla de sangres provenientes de York y de Lancaster.

Los líderes de la rosa blanca, primero el propio Ricardo y después su hijo Eduardo, mostraban cualidades que entusiasmaban al pueblo y a la nobleza. Sin embargo, el comportamiento ambiguo de aristócratas influyentes como el conde de Warwick –que tan pronto favorecía a uno de los pretendientes como se inclinaba por el otro– y la actitud enérgica y la capacidad de la reina Margarita de Anjou, esposa de Enrique VI, determinaron la evolución, de aquella guerra civil.

En 1455, Ricardo de York derrotó e hizo prisionero al rey Enrique en la batalla de St. Albans. Pero no fue una victoria definitiva. Los Lancaster recobraron el poder cuatro años después, gracias sobre todo al talento de la reina Margarita.

Pasados dos años, cambió otra vez la suerte de los Lancaster. El hijo de Ricardo de York, Eduardo, se hizo coronar como Eduardo IV. Tenía dieciocho años, un físico espléndido, un carácter optimista y cualidades de gran jefe. Enrique VI, sin fuerzas ni ánimo para luchar, dejó que su mujer buscara ayuda en Escocia, mientras él vegetaba lejos del trono perdido.

Pero más tarde el poderoso Warwick, conocido como “el Hacedor de reyes”, cambió de bando y abandonó al joven Eduardo, poniendo sus armas y su dinero al servicio del monarca destronado y de su ambiciosa esposa, que así pudo recobrar el poder.

El jefe de la casa de York se refugió en Francia, dispuesto a realizar el asalto definitivo al trono inglés. No tardaría en hacerlo. Regresó a la isla menos de un año después y se enfrentó a Warwick, que acabó vencido y muerto en la batalla de Barnet. En 1471, el duque de York, amo de la rosa blanca, convertido en rey de Inglaterra de nuevo como Eduardo IV, pudo considerarse por fin seguro en el trono.

La ambición de sus dos hermanos, los duques de Clarence y de Gloucester, fue muy pronto una fuente de problemas para él. El menor de ellos, Ricardo de Gloucester, astuto, ambicioso y cruel, consiguió engañar al rey para que autorizase el asesinato del otro hermano. El joven intrigante apartaba a uno de sus competidores del camino hacia el trono.

Quedaban los dos hijos de Eduardo IV, menores de edad. Al morir este, la única forma de apartarlos de la Corona era la calumnia, la prisión y la muerte. El joven Eduardo y su hermano menor Ricardo fueron encarcelados en la torre de Londres, donde murieron misteriosamente poco después. Su desaparición dejaba el campo libre a su tío, que en aquel momento actuaba como regente. Y, de esta forma, el personaje pudo proclamarse rey con el nombre de Ricardo III.

Fue un triunfo efímero. Las sospechas de asesinato recaídas sobre él le habían hecho perder la confianza de sus nuevos súbditos. Y otro pariente suyo, Enrique Tudor, refugiado en Francia y ayudado por el rey de aquel país, había vuelto subrepticiamente a Gales con tropas leales y bien armadas. Descendiente de los Lancaster, Enrique Tudor ofrecía las mejores credenciales para sustituir en el trono a Ricardo.

Ambos rivales, se enfrentaron en el campo de Bosworth. Ricardo se comportó heroicamente, pero acabó perdiendo su caballo y la propia corona, que, según la leyenda, quedó oculta entre unos matorrales. Allí la encontró el pretendiente victorioso, Enrique IV, que se coronó en el acto.

El destino trágico de Ricardo III significó el fin de los York en la monarquía inglesa y también la conclusión de aquella larga contienda entre las dos rosas, reconciliadas por fin en la persona de un lejano pariente de la casa Tudor, el  Duque de Lancaster, el rey Enrique IV. La rosa roja y la rosa blanca siguieron figurando en muchos escudos de armas ingleses, pero ya no como flores enemigas y enfrentadas, sino juntas y como aliadas bajo la nueva dinastía.

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