jueves, 21 de abril de 2016

La Sentencia arbitral de Guadalupe

Tal día como hoy 21 de abril de 1486, Fernando “el Católico” firma la Sentencia arbitral de Guadalupe que pone fin - en teoría - a la servidumbre de los Payeses de Remensa en Cataluña.

La llamada “Guerra de los Remensas” fue una revuelta popular de campesinos contra los abusos señoriales que comenzó en Cataluña en 1460 y terminó diez años más tarde, tras muchos muertos y  sin llegar a un resultado definitivo.

El rey Fernando II “el Católico” finalizó el conflicto con la denominada Sentencia Arbitral de Guadalupe que tuvo lugar en 1486, por la que se abolen los “malos usos” o abusos feudales señoriales, a cambio del pago de una indemnización de los remensas a estos.

El conflicto, había surgido a principios del siglo XIV, en un momento en que el crecimiento de las ciudades catalanas y la expansión de la Corona de Aragón llevó a un declive de la población rural, lo que se acrecentó además con la epidemia de  la Peste Negra.

Ante esta situación, los nobles feudales comenzaron a aumentar con dureza las reglas que ataban a los campesinos a la tierra – siervos de la gleba, denominados en Cataluña pagesos de remensa- , así como a aumentar los derechos señoriales - “malos usos” - que sobre ellos ejercían.

Los payeses intentaron convencer al rey, para que introdujera reformas que acabaran con los abusos de la nobleza, lo cual sin duda interesaba al monarca ya que tendría en los campesinos una fuerza para oponer el poder de los nobles, con quienes estaba siempre en constante lucha.

Ya Alfonso V de Aragón “el Magnánimo” había permitido a los campesinos a mediados del siglo XV formar un “síndico remensa”, es decir la posibilidad de que estuviesen agremiados, lo cual limitó los abusos señoriales, pero el obispo de Gerona, situado de parte de  los nobles y la Generalidad de Cataluña, controlada por estos, forzaron al rey a retractarse.

Su hijo Juan II - padre de Fernando “el católico - en guerra contra los nobles, solicitó a los campesinos su ayuda  y en mayo de 1461, estos se declararon a su favor, estallando al año siguiente la Primera Guerra Remensa, donde los  payeses, al mando de Francesc de Verntallat, tras diez años de lucha ayudaron a Juan II a ganar la guerra, aunque ni se erradicó la servidumbre ni se introdujeron reformas importantes.

Con la población empobrecida y diezmada por la contienda y la economía debilitada, el rey Fernando II dictó una serie de medidas, con la intención de revitalizar la economía, plasmada en la “Sentencia Arbitral de Guadalupe” de 1486.

En ella se abolieron algunos derechos feudales, que hasta entonces obligaban a los campesinos a pagar tributos, limitaban su libertad personal y permitían su maltrato, estableciendo un nuevo tipo de contrato, que garantizaba a los payeses la posesión de la tierra durante años y su transmisión en herencia.

Pese a esta sentencia, en Aragón y Valencia, la nobleza mantuvo gran parte de sus privilegios y las  condiciones de los campesinos sometidos a servidumbre-  muchos de ellos moriscos - continuaron siendo muy duras.

miércoles, 20 de abril de 2016

El gorrón


Supongo amigo lector, que en alguna ocasión has conocido un gorrón. El gorrón es ese personaje, al que cuando le preguntan en las bodas quien le invitó, siempre dice ser convidado de la otra parte, y que sin tener nada que ver en la fiesta, es el que más botellas escancia y más canapés engulle. Hoy voy a contar la historia de uno, que en mi infancia conocí.

Se llamaba Saturnino, y tenía ya más que escamada a toda la comarca. En mi tierra de Álora, era tradicional costumbre - y creo que aun hoy se sigue practicando - que cuando alguna persona, llegaba a una casa en el momento en que sus moradores estaban sentados a la mesa para comer, el dueño de la vivienda, dirigiéndose al recién llegado, le invitaba - con frases y gestos inequívocos - a que se incorporase a la mesa, como uno más.

En la casi totalidad de los casos, el recién llegado, una vez agradecida vivamente la atención de la que era objeto, declinaba la invitación, y luego de exponer el motivo de su presencia allí, todos continuaban con lo que hacían. Pero como ocurre casi siempre, no existe un caso que no sea la excepción a la regla, y justamente esto es lo que ocurría con el bueno de Saturnino.
    
Pese a carecer de reloj, no había día en que nuestro hombre no acertase, ya en una casa, ya en otra, cual era la hora justa del condumio. Alguien en la comarca opinaba, que no era el reloj lo que guiaba al yartar a nuestro hombre, sino su olfato - mezcla de mastín y perdiguero - el que le permitía ventear el olor de la judías con chorizo, los garbanzos con bacalao, o el caldo del puchero, a varios kilómetros de distancia, o detectar el tufillo del pan recién hecho, mucho antes de que este hubiese salido de la tahona.

Ya fuese por una u otra causa, lo cierto y verdad, era que la mayoría de los días, no habían acabado de acomodar a la mesa los comensales, cuando aparecía en el quicio de la puerta - sombrero en mano y sonrisa entre tímida y abierta - nuestro héroe.

-A la paz de Dios
- saludaba con cortesía - que yo venía a … y seguidamente exponía su demanda y causa de su presencia allí, que en una inmensa mayoría de casos, por no decir en todos, era de escasa consistencia, pues hacía ya bastante tiempo, que había acabado con el repertorio de las que parecían mínimamente razonables.

Como era costumbre, el dueño de la casa, le hacía el consabido y protocolario ofrecimiento, que él estaba aguardando…    - Saturnino, acerca una silla, y siéntate a comer con nosotros…

-Muchas gracias
-respondía el recién llegado a la primera indicación - si insisten, tomaré un bocado, por no despreciar… y tras acomodarse ante la pitanza, empezaba a engullir como un poseso y “el bocado” se convertía al poco rato, en dos o tres raciones del guiso que hubiere - pues solía repetir si podía - no levantándose de la silla hasta que, su plato estaba como una patena, y ni migas quedaban sobre el mantel.

Pero tanto va el cántaro a la fuente, que un día acaba por hacerse añicos, y el cántaro de Saturnino acabó por destrozarse en la fuente de Ciriaco, que cansado de la frescura de nuestro hombre, que en más de una ocasión habían dejado a medio comer a alguien de su familia, decidió darte una lección.

Había aquel día para comer, estofado de cordero, con un olor que quitaba el sentido, y que hacía que las bocas de los futuros comensales se hiciesen de agua desde hacia rato, y cuando estaban ya acomodados a la mesa, y a punto de iniciar - cazo en mano - la ronda de repartos, apareció - puntual como siempre - el personaje de nuestra historia.

Después del consabido ofrecimiento, se produjo la no menos esperada aceptación, y acercando una silla, se dispuso a devorar cuando le ofreciesen.-Tenemos un pequeño problema - le dijo Ciriaco en tono de disculpa - verás, esta mañana, desgraciadamente, la mula se ha metido en la cocina rompiendo casi toda la loza, y no me queda ningún plato para ti, pero no te preocupes, que aquí podrás comer…

Y mientras hablaba, colocó sobre la mesa, un bacín de los usados, cuando aun no existían cuarto de baño en las casas, y que solían ubicarse bajo las camas, al objeto de hacer aguas menores durante la noche. No te preocupes, está sin estrenar - aclaró en todo tranquilizador - al fin y al cabo lo que importa es la comida y no el plato ¿no es verdad? -  y mientras hablaba, situó el recipiente lleno de humeante estofado, ante los ojos del recién llegado.

Nuestro hombre sorprendido, miró al resto de comensales que seguían cada uno en su tarea, y dudó un instante entre el olor que emanaba el guiso, y los recuerdos que la vasija traían a su mente.

Tras unos segundos de indecisión, se excusó diciendo. Bueno verán, el caso es que me había olvidado de unos recados urgentes en casa del tío Damián, y no quiero llegar tarde…pero voy y vuelvo de seguida.

Y con la misma celeridad que el rayo, se levantó de la mesa y abandonó la casa, sin que ni aquel día, ni los siguientes, retornase como prometió.

Una vez se hubo ido, el hijo mayor, que como todos los demás desconocía lo que su padre había tramado, le preguntó: ¿La bacinilla es nueva, verdad padre?. Su progenitor sin dejar de comer, y con una socarrona sonrisa contestó - Yo que tú, seguiría comiendo en el plato...

J.M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)

La injusta muerte del poeta malagueño Pedro Luis de Gálvez.

Tal día como hoy 20 de abril de 1940, es fusilado en Madrid por los franquistas, el poeta malagueño Pedro Luis de Gálvez, víctima de una denuncia anónima.

Hijo de un general carlista, fue ingresado a la fuerza en el seminario de Málaga, siendo expulsado debido a una sátira en verso que compuso contra uno de los profesores, ingresando entonces como  alumno en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, pero sus relaciones con las modelos, a las que pretendía siempre seducir, motivaron también su expulsión.

Su padre le ingresó entonces en el Correccional de Santa Rita de Madrid, para delincuentes juveniles, donde la crueldad de su disciplina, le convierte en anarquista y a su salida, trabajó como actor en el Teatro de la Comedia, pero su padre un día subió al escenario y allí le propina una paliza con su bastón, por lo que le despiden, huyendo a París, donde mendiga y cuando vuelve a España en 1905 inicia una serie de conferencias sobre Anarquismo en Andalucía.

En Pueblonuevo del Terrible -Córdoba- es detenido por la Guardia Civil por “peligroso revolucionario”, siendo juzgado en consejo de guerra, como “reo de lesa majestad e injurias al Ejército” siendo encarcelado en Ocaña, donde escribe un libro que envía a un concurso de cuentos del periódico “El Liberal”, ganándolo y enterado el jurado de que el autor está preso, consiguen el perdón del Gobierno y su popularidad se hace gigantesca.

Una vez indultado, comenzó a colaborar en diferentes periódicos y revistas, hasta el extremo de fundar, en 1916, el rotativo “La Puerta del Sol”, publicando tres novelas y destacando por su excelente labor poética, que quedó desperdigada en algunas revistas y en muchas mesas de taberna.

El joven Borges llegó a dedicarle un soneto: “Es Pedro Luis de Gálvez, rufián y caballero / que viene con la frente fulgente como mica / y con las manos plenas de poemas de acero”

En el Madrid del frente popular y pese a su militancia ácrata, albergó en su propia casa al escritor Ricardo León y salvó la vida a Ricardo Zamora, internacional portero de fútbol, avisando a escritores, como Emilio Carrere, Pedro Mata o Cristóbal de Castro, para evitar ser detenidos y asesinados.

Al finalizar la guerra, el escritor argentino Enrique Larreta quiso llevárselo a su país y el venezolano Blanco Fombona insistió en que se exiliase a Venezuela, pero él se negó a hacerlo, pues no tenía nada que temer puesto que no había cometido ningún delito.

Víctima, sin embargo, de una denuncia anónima y olvidado por los que había ayudado, que no fueron a testificar en su favor, fue condenado a muerte en diciembre de 1939 en un Consejo de Guerra por “conspiración marxista y otros cargos más” entre los que estaba “la muerte de varias decenas de monjas”, sin especificar más, como era la norma en tales parodias de juicios.

Al no serle comunicada la sentencia, cuando, enterados tanto Ricardo León como Ricardo Zamora intentaron acudir en su ayuda, fue demasiado tarde y murió ante un pelotón de ejecución en la cárcel de Porlier.

El novelista Juan Manuel de Prada le hizo protagonista de su novela “Las máscaras del héroe” de la que hay pésimas críticas y viceversa, pero lo mejor es leerla, aunque hay que prepararse porque tiene 600 páginas, volviendo a hablar de nuevo de él en “El silencio del patinador”, de 1995.

martes, 19 de abril de 2016

El gordo de Navidad


Podría afirmar - sin temor a equivocarme - que todos hemos soñado alguna vez, lo que haríamos si nos tocase la lotería. Seguro que esto que acabo de afirmar, es cierto de una forma genérica, pero es más que probable, que esos sueños los hayamos tenido - sobre todo - con la lotería de las loterías, que no es otra que la de Navidad.

La lotería “del gordo de Navidad” es, sin duda alguna, la reina de la loterías y como suele siempre ocurrir cuando los beneficios de un negocio se juzgan fantásticos, surgen a su sombra una pléyade de listillos, espabilados y tunantes, dispuestos a medrar, a cuenta de la buena fe del prójimo.

Y para muestra, va la primera. Hace algunos años, a comienzos de diciembre, visitaba mi oficina, un empleado de otra próxima, que con una sonrisa de oreja a oreja, y sobradas dotes de persuasión, ofrecía participaciones para el famoso sorteo - según decía - sin ganar nada en ello.

Siempre vendía una buena cantidad de papeletas, tanto allí, como en otros despachos próximos, operación que cada año repetía, con idéntico éxito, salvo con un compañero de trabajo, que aunque jugaba a otros número, siempre declinaba comprarle a él.

Movido por la curiosidad, le pregunté el porqué de su  proceder, y me confesó.- Lo hago, porque sé de buena tinta, que no compra nunca el número...

En principio me negué a creer tal cosa, pero mi amigo, con ánimo de convencerme agregó. - Verás, el día del sorteo, cuando lo esté oyendo, con cualquier excusa, llévale donde no puede seguir escuchando, y te lo demostraré…

El día de la rifa, cuando todo el mundo tenía a mano un aparato de radio para oír los premios, con el pretexto de hacerle una pregunta sobre un tema personal, le invité a tomar un café en un bar, en donde antes, me había cerciorado que no tenían radio.    

Estábamos en ello, cuando entró mi amigo en el establecimiento, y con gestos de alegría, se dirigió a los dos exclamando. ¡Enhorabuena!. Acaba de salir el gordo y… chicos… que suerte habéis tenido, porque es el que tú vendiste hace unos días... ¡Mala suerte de no haber comprado!, concluyó lamentándose, mientras nos estrechaba eufórico entre sus brazos.

La cara de mi interlocutor, quedó de repente, como si le hubiesen extraído hasta la última gota de sangre y mientras balbucía unas incoherentes palabras, salió del local.

Siguiendo las indicaciones de mi amigo, fuimos tras él, hasta ver como se acercaba a un aparato de radio, en donde permaneció - blanco como el papel - hasta comprobar que “afortunadamente”, el número por él vendido, no había resultado premiado.

Como es lógico, nunca más volví a comprar lotería de nuestro personaje, que - y aunque me pareció mentira - el año siguiente, y como si nada hubiese pasado, volvió a ofrecerme.

Aunque no tengo constancia, de que en ninguna ocasión le sucediese la desgracia de dar un premio, si conozco - en cambio - el caso de otro sujeto al que si le ocurrió. Se apellidaba Escamez, y era conocido, por todos sus conciudadanos en una ciudad del sur.    

Gracias a esta popularidad, el amigo Escamez, repartió a diestro y siniestro, miles de participaciones de un número por el inventado, y que aquel fatídico veintidós de diciembre, salió premiado con uno de los gordos.

De la alegría de los primeros momentos, entre los presuntos agraciados, se pasó - una vez se supo el engaño - a varios intentos de asesinato del bueno de Escamez, acabando por último, con una denuncia en Comisaría, y luego en el Juzgado de Guardia, de donde salió nuestro personaje, con destino al penal provincial, por un presunto delito de estafa.

Pero las desdichas de nuestro hombre, no habían hecho más que comenzar, porque entre la población reclusa, había también engañados, y cada vez que salía al patio de la prisión, todos los internos formaban dos filas a su paso, y mientras una de ella cantaba - en el más puro estilo de los niños de San Ildefonso - el número premiado, la otra recitaba los millones, con idéntica cantinela, coros que le acompañarían todo el tiempo de prisión, e incluso en la calle cuando, por fin, fue puesto el libertad.

Sin embargo, el genio en materia de loterías navideñas, fue para mi Fulgencio Panoca. Antes de hablar de tan singular personaje, no sé si sabes, amigo lector, que el número más alto del sorteo de Navidad, no era - hasta fechas recientes, como parecería lógico - el noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve, sino el sesenta y cinco mil novecientos noventa y nueve. Este hecho, que no todo el mundo conocía, era utilizado, por nuestro héroe, para sus trapicheos con la diosa fortuna.
   
Valiéndose de este, casi general desconocimiento, Panoca hacía imprimir participaciones de números superiores al último del sorteo, con lo que aseguraba la total imposibilidad, de que nunca saliese premiado, y una vez encontrado el “julay” (1) que lo comprase, y tras descontar gastos de imprenta, todo era ganancia.

Completaba su engaño haciéndose pasar por militar - nada menos que coronel - excombatiente, e incluso herido en acción de armas, hechos todos ellos, que en la España de los años cincuenta, del pasado siglo, tenían mucho predicamento.

Era tan bueno, que llegó a vender papeletas en el casino militar de Barcelona, y algunas, hasta al propio Capitán General de Cataluña, asegurando que los beneficios serían destinados a la Asociación de Huérfanos del Ejército, misterioso ente, del que nuestro personaje, era único integrante y beneficiario.

Si cerca de Navidades, paciente lector, te ofrecen - como es más que seguro - participaciones del gordo de Navidad, no olvides comprobar quien las patrocina y sobre todo, si el número está dentro del bombo.

Es posible, que con eso, te evites más de un disgusto.

(1) Julay - En caló, primo, persona víctima de engaño.

J. M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)

La represión de “La mano negra”.

Tal día como hoy 19 de abril de 1884, pese a carecer de pruebas, es ejecutado en Jerez el campesino Juan Galán Rodríguez, acusado de matar a un ventero y a su mujer.

Durante los años 1882 y 1883 tuvieron lugar varios crímenes que han quedado plasmados para siempre en la Historia de Andalucía, todos atribuidos a la organización criminal denominada “La mano negra”.

Uno de ellos fue el  llamado el ‘Crimen de Galán’, que se se produjo el 3 de diciembre de 1882 en la venta de Juan Núñez, donde aparecieron muertos sin saberse el autor, éste y su esposa. 

Además de estos, apareció también el cadáver de un individuo muerto de un tiro a quemarropa, en cuyo sombrero se encontró un número de la “Revista Social”, lo cual se usó para encuadrar este crimen vulgar en otra causa sobre “La Mano Negra”.

La maquinaria judicial se puso en marcha y al día siguiente fue detenido Juan Galán, que tras una rápida instrucción fue juzgado entre el 18 y el 22 de septiembre del mismo año y condenado a dos penas de muerte, a pesar de no tener pruebas sólidas contra él.

Todo el pueblo de Jerez solicitó su indulto alegando su inocencia, sin embargo la petición no se tuvo en cuenta siendo ejecutado el 19 de abril de 1884 ante la consternación general, en la plaza del Mercado.

Este proceso ha de enmarcarse en la causa general iniciada por el gobierno contra “La Mano Negra”, una “sociedad secreta anarquista, violenta, terrorista y asesina, que basa sus terroríficos estatutos en la eliminación de todo orden establecido, condenando a muerte a todos los ricos y hacendados, además de prodigar el exterminio y el fuego”, todo esto según decían las versiones oficiales.

La expansión en Andalucía del anarco-colectivismo, hizo que la Guardia Civil buscara cualquier pretexto que permitiese asociar este movimiento con el bandolerismo, por lo que La Mano Negra se convirtió en la visión oficial del anarquismo rural andaluz.

Aunque los grupos anarquistas negaban tener que ver con tal organización y además no existían pruebas de ello, las fuerzas de seguridad llevaron a cabo una dura represión achacándole cualquier crimen, resultando quince penas de muerte a campesinos, de los que fueron ejecutados siete,  al tiempo que los jueces eran condecorados.

El caso es que ya sea de manera voluntaria o involuntaria, la cosa derivó en una campaña psicológica sobre el anarquismo andaluz, por medio de la atribución de toda clase de crímenes.

Aunque durante muchos años se ha discutido la existencia de la supuesta organización, actualmente  es opinión casi unánime de  la historiografía, que todo fue un invento y una imputación injustificada del gobierno para aplacar las revueltas en los campos del sur de España.

La Mano Negra a la que se le atribuyeron asesinatos, incendios de cosechas y edificios, fue una invención gubernamental con el que se presionó a falsos testigos para que declarasen en contra de los imputados, aceptándose como prueba de su existencia, un papel encontrado en medio del monte bajo una piedra con la lista de integrantes de la organización.

lunes, 18 de abril de 2016

El godo


¿Has estado alguna vez en  las islas Canarias? De no ser así, querido lector, te aconsejo que lo hagas. Te aconsejo, que te pierdas por un tiempo en las blancas playas de Gran canaria, en las empinadas laderas del Teide, en las silenciosas y siempre vivas dunas de Fuerteventura, o en la indescriptible y mágica belleza de Lanzarote, porque perdiéndote en ellas, tendrás una enorme posibilidad de encontrarte a ti mismo.

Pese a lo que acabo de decir, no es que de improviso me haya convertido en guía turístico, ni gurú de una secta contemplativa. El motivo de mi invitación, se basa en la propia experiencia, tras haber vuelto al archipiélago muchos años después de mi primera estancia en él, y encontrarlo, más acogedor, más bello, y con más alegría que en la primera vez.

Recuerdo que en aquellos años - principios de los setenta -  nada más llegar, se percibía en el insular, un recelo innato hacia todo lo que viniese de la península. “De donde solo nos llegan -decían - órdenes, impuestos y godos “.

Las dos primeras cosas las entendías de seguida, pero la última, te sonaba a la famosa lista de reyes, que de memoria te habían hecho aprender en el colegio, y de la que ya solo recordabas vagamente, que casi todos acababan en “ico “.

Poco tardabas, no obstante en saber, que según tu actitud, el “godo” podía ser tu propia persona, y no había transcurrido más de un mes en tu nueva residencia, cuando alguien terminaba por contarte la historia.

En realidad, cuando lo hacían. - según me enteré más tarde - era porque ya se habían hecho una idea de ti, y se te consideraba como “godo” o como “peninsular”, que eran las dos categorías de los recién llegados, y que respondían a dos tipos muy diferentes de personas.

El primero hacía referencia al individuo prepotente, avasallador y perdonavidas, en tanto que el segundo, aludía a aquella persona, que sin sentimiento alguno de superioridad ni diferencia, se integraba, como uno más, en la vida y costumbres insulares.

-Verás - comenzó a decir un día un amigo canario en una tertulia en donde yo era el único de fuera - resulta que en una ocasión llega a las islas un godo, pero godo… godo…, y hacía especial énfasis en la denominación, para dejar bien patente así, el talante que debía tener el sujeto.

-El caso es - continuó - que entra el godo en un restaurante, y pide un filete con patatas. El camarero, tras haberle servido, le aclara: -Discúlpeme señor, pero aquí a las patatas, se las llaman “papas”.

Al poco –el godo-  vuelve a dirigirse al empleado, y en tono imperativo le pregunta, que donde tiene la parada el autobús, para ir al puerto: -Perdone otra vez, pero aquí al autobús, le llamamos “guagua”, le informa de nuevo.

Enfadado por las correcciones, el godo tras pagar la cuenta, pide un poquito de agua. El camarero, mientras le sirve lo demandado, le dice nuevamente; -Le ruego que vuelva a disculparme, pero aquí no decimos un poquito, sino un “pisquito” de agua.
   
Pensando que le están tomando el pelo, el sujeto, se encara al dependiente, y de muy mala forma le grita:-¡Oiga usted, y ya que tiene nombres para todo, aquí a los hijos de puta ¿como les llaman?!

Entonces se ilumina la cara del camarero, que con una sonrisa le dice: -Mire usted señor, aquí a los hijos de puta se les llaman godos, pero no les llamamos… vienen solos.

Después de reír francamente la ocurrencia, me enteré, que había pasado mi último examen y que, desde ese momento era ya considerado, en aquel círculo, en donde nunca había tenido problemas de integración, como “peninsular”.

No sucedía lo mismo, no obstante, con otros, que llegados de diferentes puntos de España, no habían acabado de encajar en la vida y costumbres canarias, y entre ellos se contaban, godos, visigodos, ostrogodos y de otras denominaciones aún sin catalogar.

Uno de estos, me decía un día, buscando con sus palabras la revancha por su inadaptación a la nueva sociedad.

-A mi no me preocupa que me llamen godo, a fin de cuentas - razonaba - un canario no es sino un godo que llegó antes...

No quise discutir con él, entre otras cosas porque pienso, que de la discusión, jamás sale la luz, pero no estuve de acuerdo con su análisis, ya que creo que, aunque he conocido a algún canario descendiente de godos puros, la inmensa mayoría de los habitantes de estas islas son - sin duda - de ascendencia peninsular.

J.M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)

Breve reseña histórica de Victoria Kent

Tal día como hoy 18 de abril de 1931, la malagueña Victoria Kent Siano es nombrada directora general de prisiones de España.

Victoria Kent, fue una abogada y política republicana y la primera mujer en intervenir ante un consejo de guerra en España.

En 1920 ingresó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, hasta su licenciatura en junio de 1924 y aunque no tenía demasiado interés en ejercer la profesión, actuó como abogada defendiendo en 1930 ante un consejo de guerra, a Álvaro de Albornoz, miembro del Comité Revolucionario Republicano, procesado por la sublevación de Jaca, consiguiendo la absolución de su defendido.

Afiliada al Partido Republicano Radical Socialista, fue elegida diputada a las Cortes  en 1931 y en 1936 de nuevo por Izquierda Republicana, que formaba parte del Frente Popular.

El Presidente de la República Alcalá-Zamora, la nombró Directora General de Prisiones en 1931, intentando la rehabilitación de los presos, mandado retirar grilletes y cadenas de las prisiones, reformando cárceles, mejorando la alimentación de los reclusos, dando libertad de culto y permisos por razones familiares a los presos y creando el Cuerpo Femenino de Prisiones, para cárceles de mujeres hasta entonces confiada a funcionarios masculinos

Se hizo tan popular, que su nombre apareció en el chotis,  “El Pichi”, que cantaba Celia Gámez: “Se lo pués decir / a Victoria Kent, / que lo que es a mí / no ha nacido quien”.

Se posicionó contra la concesión del voto a la mujer, sosteniendo que carecía de la suficiente preparación social y política y que votaría influida por la Iglesia, lo que perjudicaría a los partidos de izquierdas, sosteniendo una polémica con Clara Campoamor, lo cual le acarreó impopularidad no obteniendo acta de diputada y en 1934 abandonó su cargo en prisiones.

En el debate que mantuvo con Clara Campoamor sobre el derecho de voto de las mujeres, afirmó el 1 de octubre de 1931:(...) “Por hoy, Sres. Diputados, es peligroso conceder el voto a la mujer”

Durante la guerra civil, el gobierno republicano la envió a París como Secretaria de embajada, permaneciendo allí hasta el final de la contienda y siendo sorprendida por la invasión alemana, por lo que se refugió en la legación de México, al estar su nombre en la lista entregada por la policía franquista al gobierno de Vichy.

En 1948 marchó a México, donde dio clases de Derecho Penal, trabajando en la ONU en 1949 con el encargo de estudiar el estado de las cárceles de Iberoamérica, cargo que abandonó poco después por excesivamente burocrático.

De 1951 a 1956 fue ministra sin cartera del Gobierno de la Segunda República en el exilio, volviendo a España en 1977 tras la muerte de Franco y regresando luego a Nueva York, donde estuvo hasta su muerte en 1987.

domingo, 17 de abril de 2016

El gitano


Zenón era calé (1) de pura cepa. Calés fueron sus padres y sus abuelos, calé era su mujer, y calés eran - como es natural - los quince churumbeles (2) con los que, según él decía, la Divina Providencia le había bendecido, y que en realidad eran producto, de una parte, de la falta de medidas anticonceptivas, y de otra, de que aún no se hubiese inventado la televisión.

Nuestro hombre - amén de hacer hijos a destajo - trabajaba de sol a sol, y de lunes a sábado, todos los meses del año, afanándose aquí y allá, donde buscar unas pesetas con las que alimentar a tan numerosa prole, tarea en la que era ayudado por su hijo mayor, de tan solo quince años, ya que los demás hermanos habían ido llegando - con puntualidad taurina - a razón de uno por año.

Toda su familia estaba arraigada en el pueblo desde antiguo, y dedicados de siempre al negocio del chalaneo,(3) en el que eran auténticos linces, capaces de hacer pasar un penco (4) de doce años, por un potrillo de uno.

Pero además de los trucos propios del chalán, y la vida nómada que de feria en feria llevaba, Zenón era un ejemplar padre de familia, la que anteponía a todo en el mundo, no habiendo sábado que no volviese a casa - sin importar lo lejos que estuviese - a abrazar a su esposa y su numerosa descendencia, la mayor parte de las veces, con la aviesa intención de aumentar esta última.

Era pues - por lo atípico - un gitano singular, ya que en la década de los cuarenta, en nuestro país a los gitanos - amen de tener un estatuto de ciudadanos de segunda - solían achacárseles todos los defectos que imaginarse pueda: vagos, ladrones, fulleros, y nada de esto, sino todo lo contrario, constituía la forma de ser de Zenón.

Pero no hay cara bonita que no tenga una peca, y la de Zenón se llamada Bar Central, en donde cada noche de sábado, tras apalancarse (5) en un extremo del mostrador con el sombrero cordobés caído sobre los ojos, comenzaba y degollar botellas de fino, hasta que el suelo empezaba a moverse bajo sus pies, y los parroquianos a dar vueltas en su derredor, aunque permaneciesen quietos, terminando a eso de las cuatro de la madrugada - con una pítima (6) monumental - conducido a su casa, por algún colega de barra, menos borracho que él.

Antes de caer en estado de letargo - última fase de su semanal cogorza (6) - Zenón tenía, lo que en el argot tabernario se denominaba “mal vino”, y que en realidad era una actitud chulesca y agresiva, que cuando encontraba eco en otro de su misma naturaleza, podía concluir de la peor forma, y eso sucedió aquel sábado de principios de verano.

-¿Y tú que miras?,
espetó nuestro hombre - con mal estilo, y tras haber escanciado ya dos botellas de clarete - a otro individuo acodado, de igual forma a la suya, en el extremo opuesto de la barra del Central. -¡Lo feo que eres! contestó el otro en tono provocador, mientras agregaba - ¡Mira si estás mal hecho, que tu no fuiste “parìo”, sino “peìo” y “estrellao” contra la pared…!

No había aún acabado la frase, cuando una botella salió de las manos de Zenón yendo a impactar en la cabeza de su oponente, que silla en ristre acometió a nuestro hombre, y al poco, mamporro va mamporro viene, habían provocado el desalojo de toda la clientela del bar.

Ante el monumental escándalo generado, compareció la Guardia Civil, y tras separar a los contendientes, y comprobar que, debido a su estado, era imposible dialogar con Zenón, le citaron para la mañana siguiente, en el cuartelillo.

En estos casos, y si la gravedad de los hechos no era demasiada, todo solía arreglarse con un número indeterminado de guantazos, recibidos por el infractor, de manos del comandante de puesto, tras ser advertido, que la próxima vez, la cosa aún podía ser peor.

Pero aquel domingo, el sargento hubo de ausentarse, y dejó en el encargo a su segundo, al que ordenó que cuando compareciese el gitano, y tras leerle debidamente la cartilla, le diese un par de tortas bien dadas, ya que la cosa no requería de un tratamiento más a fondo.

Eran las diez de la mañana, cuando sombrero en mano y cabeza baja, estaba Zenón como un clavo, a la puerta del cuartelillo, acompañado por su mujer, que por timidez, o por prudencia, permaneció aguardándole al otro lado de la calle. – Buenos días, que me ha citado el sargento por lo de anoche en el bar - argumentó al agente de la puerta, en tono compungido.

Le hicieron pasar al despacho del jefe del puesto, en donde el segundo estaba ya - guerrera abotonada y tricornio encasquetado - esperándole.

Ya fuese porque careciera de dotes oratorias, tal vez por ser partidario de la acción directa, o quizás por ambas cosas, el caso fue que el segundo, sin mediar palabra alguna, atizó de improviso a nuestro héroe un soberbio sopapo,(7) que le hizo ver al instante media vía láctea, y cuando aún no se había repuesto de este, recibió otro en la mejilla contraria, que acabó por mostrarle los más recónditos lugares del universo lejano y hecho esto, y sin ninguna otra explicación ni comentario, le ordenó marchar.

Cuando salió a la calle, tenía la misma cara de alguien a quien sacan, sin anestesia, una muela equivocada, y nada más verlo, su mujer se dirigió a él, mientras le preguntaba: ¿Zenón, que es lo que te han dicho ?, a lo que nuestro hombre, tentándose las tumefactas mejillas, contestó. ¿Decir?, ¿pero es que ahí dentro dicen “na”?. Y sin mediar otra palabra, emprendieron el camino de casa.

En aquellos años, no era preciso ser gitano, para recibir “lecciones teóricas - prácticas” de esta naturaleza.                   

J.M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)


VOCABULARIO

(1)  Calé = Gitano
(2)  Churumbel  = En caló: niño, hijo
(3)  Chalán = El que compra y vende animales de carga
(4)  Penco = Caballo flaco y desgarbado
(5)  Apalancarse  = Acomodarse en un lugar
(6)  Pítima, Cogorza = Borrachera
(7)  Sopapo = Bofetada                        

Las Capitulaciones de Santa Fe.

Tal día como hoy 17 de abril de 1492, se firman las “capitulaciones de Santa Fe” entre los Reyes Católicos y Cristóbal Colón.

Se llamaban entonces “Capitulaciones” al contrato firmado entre los reyes y los particulares para emprender determinadas acciones, por lo que la conquista de nuevos territorios no se hacía con ejércitos del Estado, significando un reparto anticipado sobre los beneficios que reportara la conquista.

Las Capitulaciones entre Colón y los Reyes Católicos, recogen los acuerdos alcanzados entre ambos sobre la expedición a las Indias por el mar hacia occidente y en ellas se le otorgan los títulos de almirante, virrey y gobernador general de todos los territorios que descubriera o ganase durante su vida, así como la décima parte de los beneficios obtenidos, nombrando como herederos vitalicios a sus sucesores.

El original de las Capitulaciones no se conserva en la actualidad, en el Archivo General de Indias, sino solo es un testimonio autorizado

Antes de llegar a esto, Colón había estado tratando de vender su proyecto a los reyes portugueses y españoles sin que le hicieran caso, hasta que Luis de Santángel y otros comerciantes que financiarían su primer viaje, convencieron a la reina Isabel de las ventajas de la "Empresa de Indias".

Se firmó este documento en Santa Fe, en la Vega de Granada, ciudad fundada sobre el campamento estableció como cuartel general para la conquista de la ciudad y una vez finalizada la misma, pocos meses antes de la salida del primer viaje.

Con esos beneficios, Colón logró un rápido ascenso social, al pasar a formar parte de la nobleza cortesana.

    (...) Primeramente que Vuestras Altezas como Señores que son de las dichas Mares Oceanas fasen donde agora al dicho don Cristobal Colon su almirante en todas aquellas islas y tierras firmes que por su mano o industria se descubriran o ganaran en las dichas Mares Oceanas para durante su vida, y después del muerto, a sus herederos e successores de uno en otro perpetualmente con todas aquellas preheminencias e prerrogativas pertenecientes al tal officio, e segundo que don Alfonso Enríquez, conde, Almirante Mayor de Castilla, e los otros sus predecessores en el dicho officio, lo tenían en sus districtos.  (Parte del texto de las capitulaciones)

A pesar de que la intención de Colón era  reservarse el monopolio de la conquista y colonización de las tierras a las que había llegado, a partir de 1499 la Corona autorizó nuevos viajes a otros exploradores.

Entre estos, destacan el de Alonso de Ojeda, que llegó hasta la actual Venezuela en 1499 y en el mismo año el de Vicente Yáñez Pinzón, que se convirtió en el primer europeo en llegar al río Amazonas.

sábado, 16 de abril de 2016

Carlos I, primer rey de los tres reinos de España.

Tal día como hoy 16 de abril de 1519, Carlos I de España es jurado Rey en Barcelona ante las Cortes Catalanas.

Carlos de Austria, reinó en España con el nombre de Carlos I y, unió en su persona por primera vez, las coronas de Castilla, Navarra y Aragón siendo además Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico como Carlos V ; César Carlos o Su Majestad Cesárea.

Hijo de Juana I de Castilla “La loca” y Felipe “el Hermoso”, y nieto de Maximiliano I de Austria de quien heredó los Países Bajos, territorios austriacos y derecho al trono imperial y, por vía materna de los Reyes Católicos, de quienes heredó Castilla, Navarra, las Islas Canarias, las Indias, Nápoles, Sicilia y Aragón.

Antes de cumplir un año, su padre le nombró Duque de Luxemburgo y Caballero de la Orden del Toisón de Oro y cuando en 1501 sus padres viajaron a España, para ser jurados sucesores de los Reyes Católicos, él se quedó al cargo de su tía Margarita de York, pero a la muerte de su padre Felipe “el Hermoso” y el encierro de su madre en un convento de Tordesillas presa de la locura, su abuelo Maximiliano asumió la regencia de los Países Bajos, y su abuelo Fernando la de Castilla. 

El 23 de enero moría su abuelo Fernando, y Carlos, comenzó a pensar en tomar el título de "Rey", lo cual no era bien visto en España, y el Consejo de Castilla le envió una carta en la que le pedía que respetase los títulos de su madre, ya que “aquello sería quitar el hijo al padre en vida el honor”.

En Aragón la situación era caótica, pues el Justicia de Aragón impidió gobernar al arzobispo Alonso de Aragón como regente, alegando que, según las leyes aragonesas, el cargo sólo podía ser ejercido por el heredero y aunque Carlos reconoció al arzobispo como curador de su madre la reina Juana, este rechazó prestarle juramento hasta que no jurara los fueros y libertades de los aragoneses.

Carlos, aseguró su posición gracias al reconocimiento del papa León X y septiembre de 1517 embarcó hacia España, visitando en Tordesillas en noviembre a su madre allí recluida, obteniendo el acta por el que reconocía que gobernara en su nombre y de este modo se daba apariencia de legitimidad a la toma del poder.

En febrero de 1518 en Valladolid, las Cortes de Castilla, juran como rey a Carlos junto con su madre Juana y le conceden 600.000 ducados a cambio de varias peticiones como; Aprender a hablar castellano; cesar el nombramiento de extranjeros; prohibir la salida de metales preciosos y caballos de Castilla y un trato más respetuoso a su madre Juana.

En Aragón la situación seguía complicada y las sesiones de las Cortes comenzaron en mayo y tras largas discusiones, en julio Carlos fue jurado Rey de Aragón, además le fueron entregadas 200.000 libras.

En febrero de 1519 Carlos llegaba a Barcelona, convocando a las Cortes catalanas el día siguiente y tras  las correspondientes deliberaciones, fue jurado rey junto a Juana el 16 de abril y, en enero de 1520, le otorgaron  también 300.000 libras.

Tras este largo proceso que duró cuatro años, Carlos se convertía en el primer monarca en ostentar las Coronas de Castilla, Aragón y Navarra.

viernes, 15 de abril de 2016

Gente Singular (El ful)

EL FUL

Seguramente no exista en el mundo, una profesión que tenga más intrusismo que la de Policía.

Todo el mundo cree tener solución, para cualquier conflicto relativo a la seguridad o el orden público, y desde luego, en las tertulias del bar, somos capaces de resolver de una forma totalmente exitosa, y en no más de veinticuatro horas, el problema de - pongo por caso -la violencia juvenil.

Pero si en cuestión de opiniones, la gente es larga de lengua, no les van a la zaga los que - sin pasar por los enojosos trámites de oposiciones y cursos - optan por la vía rápida, y se convierten de la noche a la mañana, en “agente de la secreta”, como gustan decir a los que van de fules por la vida.

En caló, “el ful” significa falso, y la palabreja, tomó carta de naturaleza en los medios policiales, ya que a fuerza de tratar con delincuentes, los policías han acabado por adquirir su jerga, como le sucedió a aquel, que de tantos cactus tenía en casa, un día, le salieron pinchos en la cara.

Las historias de fules son tan antiguas, como la profesión de policía -la segunda que existió en el mundo- pues tengo entendido, que cuando Yahvé puso de patitas en la calle fuera del paraíso, a Adán y Eva por chorizos roba manzanas -que fue la primera profesión- colocó en la puerta, un ángel con una espada flamígera en la mano, con funciones de policía o cuando menos, de “segurata”.

Pero dejemos las alturas y volvamos a nuestra historia. Los fules, tienen como razón o motivo de su existencia, el obtener ventaja de su condición de agentes del orden, tales como viajar gratis en el metro o colarse en el cine sin pagar.

Para ello – tiempo atrás - solían prenderse bajo la solapa de la chaqueta - tal y como los más clásicos pasmas (1) hacían - algo similar a la placa distintiva de la condición de policía, como una medalla militar, alguna moneda antigua, e incluso figuras religiosas con dorados y destellos, que en una rapidísima visión ante el portero de turno, eran generalmente admitidas como auténticas.

Pero algunos, se identificaban tanto con su papel, que llegaban a creerse verdaderos Cherlos Holmes, efectuado detenciones de cacos auténticos, a los que incluso conducían a la Comisaría, si bien a poca distancia de esta, y simulando darles una oportunidad, les dejaban en libertad, ante la imposibilidad de acabar su “trabajo” en forma satisfactoria.

Aunque los tiempos cambian, los fules siguen perviviendo, y van modificándose en su forma de ser y actuar. El último del que tuve conocimiento, lo fue hace tan solo un año en Badalona, y respondía al más clásico estereotipo de la especie.

Vestía una gabardina parecida a la del comic del Inspector Gachet,  sombrero caído sobre los ojos, y de su boca pendía un cigarrillo estilo Bogart.

Con la funda de un teléfono móvil, se había improvisado una pistolera, en la que alojaba un arma de juguete, fiel imitación de la auténtica, y prendido de su cinturón, lucía una placa dorada de las que llevan en la gorra los policías.

En la sala de detenidos mantenía una actitud distante con el resto de delincuentes, en una intención - al parecer deliberada - de no ser confundido con ellos.

-Me recuerda a Torrente – dijo uno de los agentes que estaban instruyendo el atestado, mientras miraba divertido, a nuestro personaje.

-Oiga – dijo el aludido dirigiéndose al funcionario – conmigo pocas bromas, que yo soy un policía muy serio – concluyó de forma categórica.

Acabadas las diligencias, pude leer con tranquilidad, la rocambolesca historia de nuestro héroe.

Lo que le llevó a caer en manos de la policía, y de resultas de ello de la justicia, comenzó unas semanas antes en un bar de la ciudad.

-Estaba yo de servicio – comenzó declarando el sujeto - cuando conocí a Eduardo, con el que intimé rápidamente... y total... que me invitó a ir a su casa, en donde estuve quince días, viviendo con mi novia.

El tal Eduardo - obrero de la construcción y más tonto que un policía belga - tuvo de inquilino al presunto agente, dos semanas a pan jamón y cuchillo, cediéndole hasta una habitación que usó, como si de casa propia se tratase.

-Yo empecé a mosquearme -
dijo Eduardo en su manifestación – cuando me pidió dinero prestado, para poder ir a Italia a recoger un detenido, aunque como me dijo que era por un retraso en las dietas, le dejé los veinte mil duros (2) que me pedía, y que me aseguró, cobraría poco más tarde.

Pero nuestro ful lo era en todo, y efectivamente, saldó su deuda con un talón tan ful como el mismo, y que cuando fue presentado en la oficina bancaria para su cobro, estuvo a punto de matar de un ataque de hilaridad al probo empleado de la ventanilla, ya que ni el titular, ni el número de cuenta, habían existido nunca en aquella entidad.

Fue esto, lo que hizo a la víctima denunciar la estafa, aunque en su declaración, no llegaba a entender todavía, como era posible que le hubiese engañado “un policía tan serio”.

Cuando pasó a disposición judicial - aquel teniente Colombo con gabardina - todos los que intervinieron en el asunto, acabaron casi por ser amigos suyos. En uno de los párrafos de su declaración, llegó a decir a los agentes

-“De sobra sabéis
– explicó como si hablase con compañeros de trabajo - las dificultades que tenemos para llegar a fin de mes, y si le pedí el dinero, fue solo en bien del servicio...”

Llegó a estar tan convencido de que era de verdad policía, que ni ante el juez admitió no serlo.

Más que un ful, era un caso patológico y clínico.   
   
(1) Pasma –  En  jerga caló, policía
(2) Veinte mil duros - Unos 600 euros actuales.

J. M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)

Presidencia y muerte de Abraham Lincoln

Tal día como hoy 15 de abril del 1865, muere Abraham Lincoln, tras dispararle la noche anterior el actor sudista John Wilkes Boom, en un teatro de Washington.

Durante el siglo XIX se habían ido perfilando en Estados Unidos dos tipos de economías. Los estados del norte industrializados con industrias textiles y manufactureras y por ello sus intereses pretendían mantener una política aduanera proteccionista en defensa de la industria europea, que generaba unos productos de calidad superior.

En los estados del sur gobernaban terratenientes, que utilizaba como mano de obra esclavos negros y sus intereses eran exactamente los contrarios, es decir, defendían el librecambismo, pues su economía se basaba casi exclusivamente en el comercio del algodón, que con los esclavos se producía a bajo coste, aunque dependía de las condiciones del mercado pues la mayor parte de su producción  se vendía al exterior, sobre todo a los británicos.

Lincoln no apoyaba abolir la esclavitud en los estados en los que ya existía, pero se opuso a que se instaurase en aquellos otros en los que no estaba autorizada, tal como expresó en un discurso antiesclavista que pronunció en Illinois en 1854.

El Partido Republicano era abolicionista y Lincoln, se había manifestado como uno de los más firmes antiesclavistas; por lo que su elección como presidente no podía sino desencadenar la reacción de los estados sureños y, antes de que tomara de manera oficial la presidencia, el estado de Carolina del Sur decidió salir de la Unión y muy pronto otros diez estados mas se declararon independientes.

Lincoln denegó el derecho a abandonar la Unión, pero intentó evitar un conflicto armado y restaurar la unidad, formando un gobierno de coalición con los sudistas, sin embargo los estados del sur  iniciaron las hostilidades al atacar el 12 de abril de 1861 Fort Sumter, un enclave federal que defendía la entrada del puerto de Charleston.

En el curso de su presidencia, Lincoln introdujo medidas que abolieron la esclavitud en todo el territorio de la Unión y durante la Guerra de Secesión, realizó la supervisión personal de los generales y oficiales superiores del ejército.

Al finalizar el conflicto, planeó la reconstrucción del país, a través de una generosa política de reconciliación, que no pudo llevar a cabo porque murió a los cinco días de acabar la guerra, siendo el suyo el primer magnicidio en Estados Unidos.

El asesino del presidente, al cometer el crimen gritó: “¡Sic semper tyrannis!” (Así siempre a los tiranos), frase falsamente atribuida a Bruto, con ocasión del asesinato de Julio Cesar, mientras otros afirman que dijo “ El Sur está vengado” .

Se cuenta a propósito de la ironía de nuestro personaje que, en una selección de mandos militares, que el hacía personalmente, Lincoln admitió a un oficial alemán llegado a Norteamérica tras escapar de su país por razones no esclarecidas. El joven, orgulloso de su procedencia, le dijo:

 - Aunque haya tenido que huir de mi país no soy un cualquiera. Pertenezco a una de las familias de la más rancia nobleza de Alemania

– “¡Ah!, no se preocupe por eso amigo mío” – contestó Lincoln - “No creo que ese detalle, le impida ascender en el ejército de los Estados Unidos”.

jueves, 14 de abril de 2016

El examen


Si creyese en el destino, pensaría que cuando este decidió, que en lugar de destripar terrones, hiciera otras cosas en mi vida, fue el día del examen de ingreso en  Bachillerato.

La determinación de que estudiase, la comunicó mi padre a la familia, durante la comida de un día del verano de mil novecientos cincuenta y ocho, siendo acogida con entusiasmo por mis cuatro hermanos, pese a que todos ellos seguían trabajando en el campo, y ninguno había sido distinguido con tal cosa, actitud por cierto, que jamás podré pagarles.

En el acto se suspendió la excursión de aquella tarde con los amigos, para bañarnos en el río, Guadalhorce y siguiendo instrucciones de mi progenitor, me dediqué a buscar preceptor, que encontré en la persona de un maestro nacional -Don José - que estaba de veraneo, con el cual repasaría historia, matemáticas, y prácticas de dictado, que era en lo que - en esencia - se basaba la complicación de la prueba.

Con todo entusiasmo, desde aquel día me apresté a estudiar, pues ya había cumplido de largo los doce años, y lo normal era acudir a ese examen con dos o hasta tres menos.

Y llegó septiembre, y con él, el tan esperado día. Mi padre, que – por escaldado - no se fiaba de la Renfe - la cual era tan incompetente como sigue siendo hoy - no quiso arriesgarse a salir en el rápido de las siete, que - en teoría - nos dejaba en el centro de Málaga, cuando faltaba una hora para el inicio del examen - aunque eso no sucedía jamás - y optó por viajar la tarde del día anterior, y pernoctar en casa de una hermana de mi madre, que siempre nos acogía con los brazos abiertos, y donde - por cierto - acabé luego instalándome de ocupa, todo el bachillerato.

La noche la pasé con los ojos como un mochuelo, y a las siete de la mañana, y no bien mi padre hizo su primer movimiento, salté de la cama como un lebrel y en menos de cinco minutos estaba vestido y arreglado.

Aunque faltaban dos horas, decidimos “irnos acercando al Instituto de la calle Gaona”, y para ello dirigimos nuestros pasos a una cafetería del centro, donde otro hermano de mi madre trabajaba de encargado, y en la que, además de servir un chocolate con churros magnífico, no nos cobraban jamás.

El tío Antonio, nada más saber el motivo de nuestra presencia, nos obsequió con un soberbio desayuno, que los nervios no me permitieron ni probar. Y fue entonces cuando sucedió la desgracia.

Mi padre llevaba, para ser usada en tal ocasión, su flamante estilográfica Parker, traída de contrabando - presuntamente desde América - y que resultó ser más falsa que un billete de seis euros, pues descargó toda su tinta, en el bolsillo de la camisa, con lo que - además - le dejó esta absolutamente inservible.

Buscando solución al problema, el tío nos mostró un flamante bolígrafo color negro, con muy buen aspecto, aunque – según aclaró – tenía un inconveniente. El problema era que, el birome - este sí americano - había pertenecido a un marino de la Sexta Flota, y llevaba en él impresa, la imagen de una bella joven de rubia melena y brazos en alto, pudorosamente vestida.

Cuando se pulsaba para usarlo, la modelo - como por magia - quedaba solo vestida con un pequeñísimo sujetador, que a duras penas lograba esconder sus generosas ubres, y una braguita tipo tanga, de menor tamaño que lo que pretendía ocultar, y a la segunda pulsación, ambas minúsculas prendas desaparecían por completo, quedando tal y como su madre la trajo al mundo, si bien que con – al menos – dieciocho años más.

Aunque mi tío reconocía que tan utensilio, no era el más adecuado para concurrir a un examen, al no disponer de otro, se le ocurrió envolver con papel la parte comprometedora, y luego asegurarla con un elástico. “Si te preguntan, dices que te sudan las manos...” y como la excusa parecía perfecta, y el problema quedaba resuelto, nos encaminamos sin demora al lugar del examen, pues mi padre consideraba que llegar quince minutos antes de la hora, era llegar tarde.

El tribunal, lo componían tres personas, un cura, de dos metros de alto y poco menos de ancho - que era el presidente - y un hombre y una mujer, ella profesora de literatura, y él de matemáticas, que actuaban respecto al sacerdote, como las polillas con la luz, ya que este solo contaba con ellos, para que asintieran a sus actos.

Con estentórea voz, que debía oírse desde la calle, dictó el clérigo la prueba escrita, una fábula de Samaniego, plagada de “bes y uves”, y con más de una traidora “hache” entre sus frases.

Y en esto estábamos, cuando en uno de sus paseos - mientras arrastraba su sotana por el aula, como si fuese una mesa camilla - sus ojos se fijaron en mi enmascarado bolígrafo, y tras inquirir en mal tono –“¿A ver, que tienes ahí...? de un manotazo me lo quitó, y en un santiamén, lo había desprovisto del elástico y papel que lo cubría, examinando este último minuciosamente, por delante por detrás y al trasluz, seguramente buscando si en él había algo escrito, que tuviese relación con el examen.

Mientras hacía esto, en su otra mano sujetaba el bolígrafo, desde el cual la yanqui me sonreirá de forma demoníaca, pues el cura, en tanto examinaba el sospechoso trozo de cuartilla, oprimía distraídamente el pulsador del birome, con lo que la rubia – sin él advertirlo – se hallaba en un provocativo, permanente y excitante estriptease.

Paralizado, bañado en sudor de pies a cabeza, e invadido del más profundo terror, acerté a decir con un hilo de voz – “Es que sudo mucho....”.

-“¡Aahh…!”
, fue toda la respuesta del clérigo, y a juzgar por como me encontraba en aquel momento, no debió costarle mucho el creérselo, devolviéndome goma, papel y bolígrafo acusador, al cual – aún no entiendo como - no miró en ningún momento.

De haber descubierto a la descocada rubia gringa, no digo aquel año, sino ningún otro, hubiese aprobado mi examen de ingreso, imaginándome para siempre tildado de degenerado, depravado y libidinoso, por aquella vociferante mole ensotanada.

Cuando al atardecer regresamos a casa, en un traqueteante e incómodo vagón de tercera, le pedí a mi padre la papeleta de examen. Bajo mi nombre, figuraba la palabra aprobado, y después el sello y la firma del secretario del tribunal... me sentía el ser más importante del mundo.

Lo que no comprendí, hasta años después, fue que - en mi caso - aquello no era una simple papeleta de examen.  Aquel papel, era el pasaporte hacia mi libertad...


J. M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)
         

La declaración de la “República Catalana” en 1931

Tal día como hoy 14 de abril de 1931 se proclama la República Federal Catalana.

En Cataluña, concurrieron a las elecciones municipales del 12 de abril, la Lliga Regionalista; Acció Catalana Republicana, la recién creada Esquerra Republicana de Catalunya y partidos catalanistas, monárquicos, radicales... mostrando los resultados un arrollador triunfo de ERC.

Después de las elecciones Francesc Macià uno de sus líderes, proclamó el día 14, desde el balcón del palacio de la Generalidad, la República Federada Catalana dentro de la República Española y a continuación firmó un manifiesto en el palacio de la Diputación, en que proclamaba de nuevo el "Estat Català" bajo la forma de "una República Catalana", y pedía a los otros "pueblos de España" su colaboración para crear una "Confederació de Pobles Ibèrics".

La proclamación, no prevista, de la República Catalana, fue el problema más inmediato que tuvo que afrontar el Gobierno Provisional de la II Segunda República Española, enviando el 17 de abril a Barcelona varios ministros que después de tensas conversaciones, llegaron al acuerdo de que el consejo formado en Barcelona, actuaría como gobierno de la Generalidad de Cataluña, renunciando a la “República Catalana”.

Esto supuso la recuperación de un nombre histórico, que permitió resolver el conflicto abriendo el camino a una nueva forma de autonomía catalana y cuando se hizo patente el fracaso del proyecto de Estado Federal, Macià se vio obligado a aceptar un Estatuto de autonomía para Cataluña.

El proyecto de estatuto, fue refrendado en agosto de 1931 por una abrumadora mayoría y  presentado a las Cortes Constituyentes, pero representaba un modelo federal de Estado que rebasaba la competencias de la Constitución de 1931, la cual definía a España como un "Estado integral" con una concepción unitaria y no federal.

Entre enero y abril de 1932, una comisión de las Cortes adecuó el proyecto de Estatuto de Cataluña a la Constitución y aún así encontró una enorme oposición en la cámara para su aprobación.

Tras cuatro meses de debates, el fallido golpe de Estado del general Sanjurjo en agosto de 1932 hizo acelerar la discusión, siendo finalmente aprobado en septiembre y, aunque era menos de lo que los nacionalistas catalanes habían esperado, cuando el presidente del Consejo de ministros Manuel Azaña fue a Barcelona para la presentación, lo recibieron con una gran ovación.

A las pocas semanas, se celebraban elecciones al Parlamento de Cataluña, con nuevo triunfo arrollador de ERC y se constituía el 6 de diciembre, con Lluís Companys como primer Presidente de la cámara legislativa, y ERC formando un gobierno monocolor.

En enero de 1934, la autonomía catalana asumía facultades judiciales, con el Tribunal de Casación de Cataluña y nuevos poderes ejecutivos, como el Orden Público al desaparecer los gobernadores civiles, que representaban al Estado en Cataluña y cuando el día de Navidad de 1933 muere el presidente Macià es elegido Lluís Companys para sucederle.

En 1939, acabada la Guerra Civil, la Generalidad se exilia y la dictadura militar deroga las instituciones catalanas, siendo detenido en Francia por la Gestapo el presidente Companys, extraditado a España y juzgado en consejo de guerra, siendo condenado a muerte y fusilado en el castillo de Montjuic, en 1940.



miércoles, 13 de abril de 2016

El euro


  
¡Hay que ver como pasa el tiempo! Hace ya diecinueve años en vísperas de Navidades, andábamos todos inmersos en una campaña que - a escala europea - quería hacernos entender que nuestra querida, y siempre deseada peseta, tenía sus horas - y hasta sus minutos - contados.

En los medios de comunicación, se iba anunciando cada día, el tiempo que faltaba, para que entrase en vigor el Euro, la nueva, cosmopolita, unificadora y desconocida moneda, que nos pondría a la altura de los países más civilizados del mundo, olvidando para siempre nuestra tribal divisa monetaria.

La campaña, impulsada desde las más altas magistraturas europeas, puesto que el cambio afectaba a un considerable número de países, tuvo la virtud - en primer lugar - de desconcertar absolutamente al personal, y hoy, a muchos años vista de lo narrado, lo que parece anécdota, era para muchos, un dramático problema.

Como siempre pasa, había de todo. Estaban los nostálgicos inmotivados, y digo esto, porque muchos de ellos no habían tenido ni una peseta en su vida, por lo que nunca comprendí bien, como sentían tanto dolor al presentir la próxima desaparición de nuestra famélica divisa. -Ya nada será lo mismo – decían – porque mírese como se mire, eso no es sino una moneda extranjera – argumentaban con un deje de desprecio ante tal hecho - ¡Si es que acabarán por terminar con todo lo nuestro! agregaba otro, que no había oído más que campanas, y no sabía ni tan siquiera el color de los nuevos billetes.

Caso aparte fue el de Agapito. Nuestro personaje, devoto de la cofradía de la virgen del puño - del puño cerrado, naturalmente - porque en su vida había soltado una perra jamás, era tacaño y miserable donde los hubiese.

Merced a toda una vida de ahorros y privaciones, había conseguido reunir un capitalito, que – como no se fiaba de los bancos – guardaba en su casa bajo un ladrillo, en una localidad próxima a Málaga.

Agapito, no entendía bien eso de que las pesetas, dejarían pronto de existir como moneda, y cuando llegó a sus oídos la campaña, pensó que se trataba de un truco de Hacienda para así controlar sus caudales.

Por eso, a todo el que le aconsejaba – sospechando que tenía dinero escondido – que había de ponerlo en circulación, antes de que perdiese su valor, nuestro hombre  le espetaba  - Pero, ¿como va a dejar de valer el dinero...?. ¡Las pesetas siempre serán las pesetas!... y cuando se pone un buen fajo encima de la mesa, ya verás tú si valen.

Y llegó el día primero de enero, en que la flamante moneda salía a la luz, y mucha gente – como niños con zapatos nuevos – hizo colas, de hasta cuatro y cinco horas, para proveerse - en cantidades limitadas – de los nuevos billetes, como si fuesen a agotarse en pocos días, debiendo incluso intervenir en ocasiones la fuerza pública, para poner orden, lo que es una evidencia más, de que la estupidez humana no tiene límite, fin ni remate...

La cosa fue que Agapito, tan seguro como antes estaba de que “las pesetas eran las pesetas”se contagió de la fiebre cambista, y con una abultada cantidad de efectivo, hizo también cola ¡quien lo hubiera dicho! en una entidad bancaria, para conseguir los nuevos papeles de colores.

Al llegar a la ventanilla, su drama fue otro, porque el diligente funcionario de banca, con la mejor de sus sonrisas, le informó que todo lo que presentaba, había de reflejarse en su cuenta corriente, y que de llevarse el dinero en efectivo nada de nada.

De poco sirvió la pataleta, que ante el empleado, organizó nuestro hombre, que una vez comprobó la inutilidad de sus esfuerzos, retornó con el dinero, de nuevo a su casa.

Una metamorfosis se produjo, desde aquel día, en nuestro héroe, convirtiéndose en un malgastador rayano en la prodigalidad, pues era más su temor a Hacienda, que a quedarse sin sus preciados billetes.

Adecentó su casa, llenó su despensa, que nunca antes había tenido más que telarañas, cambió los muebles - todos en un estado deplorable - renovó su vestuario, o mejor dicho se proveyó de él, puesto que nuestro hombre usaba, casi la misma indumentaria en invierno o  verano.

Pero la primavera solo dura tres meses, y la primavera de Agapito, aún fue más corta, porque el mismo día en que dejaron de tener validez las pesetas en las transacciones entre particulares, acabó su prodigalidad, y - seguramente por compensar las locuras realizadas - volvió nuevamente por sus fueros, de ahorro y tacañería, si cabe, aún más enconadamente que antes, por lo que estoy seguro que el vestuario, y los cambios de los que tan generosamente hizo gala, le habrán de durar hasta el próximo cambio de moneda, de aquí a cuando este se produzca.

Estaban ya los Euros en circulación por las calles, cuando tuve ocasión de oír, en unos conocidos almacenes, a una señora muy encopetada, y de apariencia pudiente, que mientras pagaba con la nueva divisa sus compras de reyes, decía al dependiente:

- Pues yo estoy muy contenta, con el nuevo dinero. Por el momento todo vale menos, y además, y lo que más me gusta, es el detalle de la franja plateada que les han puesto a los billetes, para celebrar que estamos en Navidad ¡Ya era hora de que el gobierno hiciera algo bonito! ... y se quedó tan fresca.

Y de esas, y como esas, amigo lector, todas las que quieras.

J.M. Hidalgo / Barcelona a 5 enero de 2012
       

La decapitación de Hermenegildo, por orden de su padre el rey Leovigildo

Tal día como hoy 13 de abril del 584, Hermenegildo es decapitado por orden de su padre Leovigildo, al no querer abandonar la religión católica y volver al arrianismo.

Hermenegildo fue un príncipe visigodo, hijo del rey Leovigildo y hermano de Recaredo, educado en el arrianismo, religión de los visigodos, cuya conversión al catolicismo le enfrentó con su padre y provocó una contienda militar, que acabaría con su captura y muerte.

Desde su nacimiento estuvo vinculado – junto a su hermano Recaredo - al trono real, recibiendo una educación bajo la influencia católica de San Leandro de Sevilla, tío suyo.

A los quince años Hermenegildo contrajo matrimonio con una princesa católica franca, siendo nombrado gobernador de la provincia de Bética – parte de Andalucía y Extremadura – y tras su matrimonio, la influencia de su esposa y de San Leandro, lo llevaron a convertirse al cristianismo.

Los problemas políticos de su conversión, ocasionaron sospechas en la corte sobre posibles relaciones de Hermenegildo con el gobernador bizantino de la provincia de Spania – situada al sureste de la península Ibérica - y provocó una creciente tensión con el rey, su padre.

Al poco, la tensión derivó en conflicto armado, iniciado en el 581 que se prolongó hasta 584 y si bien al principio Hermenegildo contó con el apoyo de los bizantinos, se vio en inferioridad cuando estos pactaron una alianza con su padre a cambio de dinero.

Leovigildo inició entonces una campaña, sometiendo Mérida, Badajoz y Cáceres, por lo que Hermenegildo hubo de huir de fortaleza en fortaleza, hasta llegar a Sevilla, donde al aproximarse las tropas de su padre, se encerró en el Castillo de Osset - en San Juan de Aznalfarache - siendo sitiado más de un año y escapando hacia Córdoba donde pidió asilo en una iglesia.

Su hermano Recaredo – al mando de las tropas - en nombre de su padre le ofreció salvar su vida a cambio de entregarse siendo arrestado, pero ante la ayuda del rey de los francos, que invadió la Galia Narbonense –perteneciente entonces al reino visigodo – Hermenegildo huyó de la cárcel para unirse al ejército franco, siendo apresado y encarcelado en Tarragona.

Aunque no se conservan testimonios del hecho, los “Dialogi”  del papa Gregorio I - año 601 - aseguran que Hermenegildo “rechazó el perdón por fidelidad a la fe católica”, siendo decapitado por su carcelero, tras negarse a recibir la comunión dada por  un obispo arriano, el día de Pascua de 585, aunque historiadores como el obispo franco Gregorio de Tours, solo resaltan que es una grave falta que un hijo se alce contra su padre, aunque sea arriano.

Los especialistas en historia Hispano-visigoda, estiman que su conversión no fue la causa de la revuelta, sino la excusa para hacerla, ya que durante el reinado de Leovigildo, no importaba  pertenecer a una u otra religión e incluso, tras la conversión de los visigodos al catolicismo, los  concilios no hacen mención a Hermenegildo, lo que parece indicar que los visigodos católicos lo consideraban más un rebelde contra su rey, que un mártir por la religión.

A petición del rey Felipe II de España, fue canonizado en 1585, a los mil años de su muerte, como mártir de la Iglesia Católica.

martes, 12 de abril de 2016

El estupro



El antiguo y ya derogado Código Penal, en su título dedicado a los “Delitos contra la honestidad” - que así se llamaban legalmente entonces todas aquellas acciones que atentaban contra el sexto mandamiento - dedicaba uno de sus capítulos al estupro. Se cometía: “Yaciendo - eran sus palabras textuales - con una mujer mayor de doce años y menor de dieciséis, sin violencia o intimidación y cuando en ello mediase engaño”.
       
Era este delito de los llamados - por un abogado amigo, nada agraciado físicamente- “de obligado cumplimiento”; porque, razonaba - seguramente pensando en sí mismo - “-A ver como se puede llevar alguien a la cama, a una joven de quince años, sin antes haberla engañado de alguna forma”.

Tras esta introducción, hecha al solo objeto de entrar en materia, paso a contarles la historia de Cándido.

Había cumplido ya largamente los veintiocho años, y vivía en la Andalucía rural de finales de los cincuenta. Nunca había salido de las tierras de sus padres, quitados los dos años, que, para cumplir con su servicio militar pasó en Sidi Ifni, entre alacranes, cardos y chumberas, y nada más regresar del deber patrio conoció a Rosita, angelical criatura entre niña y mujer, que un día como una aparición, se plantó ante él en los campos, haciéndole descubrir lo que - pensó - debía ser un ángel, y destrozando de paso, su corazón.

Pero Cándido no solo se enamoró platónicamente de Rosita - su edad ya no era para eso - sino que la muchacha despertó en él - de fijo sin ella saberlo - instintos dormidos desde nuestra época de primates y…claro, pasó lo que había de pasar.

Una traidora tarde de verano del sur, en las que todo parece posible, cuando el día comienza a jugar al escondite con la noche, Cándido, se encontró por casualidad con Rosita en los trigales y…que si tienes cosquillas…que si no corras que solo será un besito…el caso fue que nuestros protagonistas, sin casi advertirlo, acabaron enredados en un sudoroso y carnal abrazo, sobre la suave paja de una parva de cebada. (1)

Rosita, que a sus quince espléndidas primaveras, era la primera vez que conocía de varón, tuvo una tremenda hemorragia; al igual que Cándido, que a pesar de su edad tampoco había catado nunca una hembra, y como no sabía que la fimosis - de la que no estaba operado - pudiese ser obstáculo para aquellos menesteres, acabó también sangrando tanto o más que ella.

La  cosa concluyó pues - como en los dramas de Lorca - con sangre por todas partes, y dado que lo de Rosita fue difícil de tapar, y sus padres la tenían reservada a otros destinos más elevados que Cándido, el asunto acabó en denuncia contra él ante el Juzgado, en principio por violación y más tarde, cuando se supieron los detalles, por estupro.

Hasta llegar el día de juicio, en el pueblo se hicieron del suceso -como es de suponer - bromas y chirigotas de todas clases y, por fin, aconteció la fecha de la vista. La sala estaba llena hasta la bandera y ante la expectación general, fueron compareciendo los personajes.

Primero lo hizo el culpable, serio y con la mirada baja, luego la víctima recatada y discreta, acompañada de su madre, Doña Paca, mujer esta más cursi que un repollo, que se propuso ser el centro de atención de todos, y que ya desde su llegada, no paró ni un instante de increpar a Cándido, con toda suerte de improperios, repitiendo al final de cada frase y de forma machacona “…Y este desalmado me ha deshojado a mi Rosita...”.

Nuestro hombre, aguantó desde su asiento en silencio todos los insultos, sin replicar a ninguno, hasta que, faltando ya poco para la conclusión del juicio, y cansado ya de una situación que parecía no acabar nunca, se levantó de su silla, y con voz que se oyó en toda la sala replicó:

-“Señora, ya está bien con eso de que yo he deshojado a su Rosita. Sepa usted por si no se había enterado todavía, que su hija también me ha deshojado a mí mi capullo, y yo de eso nada digo...”

El jolgorio fue general, y hasta su señoría, sin perder la compostura a que su cargo le obligaba, se vio forzado a hacer un discreto mutis hasta su despacho, para allí poder en soledad,  reír a carcajadas.

(1) Parva = Mies tendida en la era, trillada o sin trillar.

J.M. Hidalgo.(Historias de Gente Singular)

El crimen del “Expreso de Andalucía”.

Tal día como hoy 12 de abril de 1924, al llegar el tren expreso de Andalucía a Córdoba procedente de Madrid, se descubren los cadáveres de dos empleados de Correos.

En plena dictadura del general Primo de Rivera, España se conmovió por un grave suceso, el robo con dos homicidios en el “Expreso de Andalucía” cuando llegó al final de su trayecto con los dos empleados del coche estafeta, muertos.

La causa fue el robo de los valores, el dinero y alhajas que se transportaban en el vagón estafeta y la indignación entre los españoles fue total, exigiéndose que los autores del doble homicidio fueran castigados ejemplarmente..

Se evidenciaba que uno de ellos, Ángel Ors, de 30 años había luchado decididamente con sus agresores para defenderse, recibiendo fuertes golpes en a cabeza, un tiro en el pulmón y otro en la mandíbula,  y el otro empleado, Santos Lozano parecía haber sido muerto por la espalda, sin oponer resistencia.

Las fuerzas de seguridad se plantearon diversas hipótesis y siguieron posibles pistas, hasta que hallaron un chófer que manifestó haber llevado en su taxi a los presuntos autores, lo que combinado  con el posterior suicidio de uno de ellos, llevó a la Policía a la pista cierta, que permitió reconstruir los hechos salvo algunos cabos sueltos.

Los autores fueron un oficial de Correos, que planeó el robo junto con cuatro más, quedando como uno de los puntos oscuros, la presunta complicidad de uno de los asesinados, Angel Ors, que fue el que abrió la ventanilla del vagón a los asaltantes.

Se supuso que la idea de los delincuentes era adormecer a Lozano y simular lo mismo con Ors, pero lo cierto es que lo que ocurrió en aquel vagón estafeta nunca se sabrá con exactitud.

Al parecer, Ors abrió la ventana del vagón estafeta para que entraran,  habiendo dado un narcótico  a Santos Lozano para que se durmiese, el cual no le hizo efecto, por lo que  fue goleado con unas tenazas  violentamente en el cráneo, provocándole la muerte instantánea.

Ante esto, Ors debió comprender que las cosas se habían complicado y reaccionó oponiéndose al robo, siendo igualmente golpeado, recibiendo un disparó en la mandíbula y otro a bocajarro en el pulmón acabando con su vida.

Una vez muertos, los delincuentes procedieron al saqueo, apeándose en Alcázar de San Juan, en donde les esperaba un automóvil que sirvió para la huida.

Los autores de los crímenes del expreso de Andalucía fueron juzgados por un Consejo de Guerra  sumarísimo y tras 14 horas de juicio oral y público, se dictó sentencia al día siguiente.

El fiscal había calificado los hechos como robo consumado - más de un millón de pesetas en joyas y valores - y pidió la pena de muerte para los autores; 20 años para el cómplice y diversas penas de prisión para los encubridoras, siendo el deseo de la gente que las penas de muerte se ejecutaran cuanto antes, lo que hizo que resultaran inútiles los intentos de indulto.

El 9 de mayo de 1.924, a las seis de la mañana se cumplió la sentencia y los reos se enfrentaron al patíbulo, mientras los verdugos hacían su siniestro trabajo y una vez cumplida – como estaba preceptuado - en la fachada de la cárcel ondeó la bandera negra.

lunes, 11 de abril de 2016

El estudiante


A sus treinta años, recién cumplidos, Geromo no había tenido nunca una profesión distinta a la de estudiante, aunque de haber indagado el nivel de conocimiento obtenido con esos estudios, el saldo final resultase bastante desalentador.

En su adolescencia despuntó, de entre sus cuatro hermanos, por una viva inteligencia, y quizás por esto, su padre, modesto agricultor, decidió costearle - bien es verdad que a expensas de los otros hijos, que siguieron en el campo destripando terrones - los estudios, primero de bachillerato, y más tarde, de la carrera de medicina.

Mientras estudió cerca de la casa familiar, la cosa funcionó bien, pero como la facultad de medicina se encontraba en otra provincia, la lejanía, hizo que Geromo considerase la carrera, más como una forma de vivir en libertad, que como un camino hacia el futuro, y tras diez años de “estudiar”, solo había logrado aprobar una asignatura de primer curso, y las prácticas de hospital, estas últimas porque al estar las clases frecuentadas por enfermeras, no se perdía ni una.

El resto del balance era triste, por no decir desolador, ya que había profesores a los que no conoció nunca personalmente.

De haber tenido que decir cual era el curso que estudiaba, seguramente habría admitido, que hacía décimo año de primero, pero esta eventualidad no se dio nunca en Geromo, ya que en materia docente, no había dicho la verdad jamás a nadie, y para todos, se encontraba a “tan solo un paso”, de obtener su flamante título de doctor en medicina.

Para hacer creíble su engaño, nuestro hombre contaba con la inestimable ayuda, de un experto calígrafo - compañero suyo de juergas - que con una perfecta letra redondilla muy al uso en la época, era capaz de transformar, un suspenso en un sobresaliente y un no apto en un notable.

Como Geromo no obtenía otras calificaciones distintas a estas, una vez cogido el tranquillo con las primeras, lo demás fue coser y cantar, y cada verano, cuando regresaba al pueblo - notas en mano - se le recibía con admiración y respeto, por sus paisanos, que ya comenzaban a preguntar al futuro doctor, problemas de salud, que este decía no poder resolver, “Hasta no haber prestado el juramento Hipocrático”, escondiendo tras esta frase - que además dejaba a todos boquiabiertos - su ignorancia supina, sobre cualquier tema que tuviese la más remota relación con la medicina.

Y es que, pese a la década transcurrida próximo a la facultad, Geromo tenía graves dificultades para poder distinguir entre, las funciones de la Trompa de Eustaquio, y la de Falopio, o conocer lo que diferenciaba exactamente, la presbicia de la alopecia, lo cual, caso de establecer un diálogo con una persona medianamente informada, le hubiese podido acarrear, como mínimo, algún problema de comunicación.

Nuestro singular personaje, era en cambio, un consumado experto en materia de anatomía - especialmente femenina - a cuyo conocimiento y estudio, había dedicado todos y cada unos de los años, desde que abandonó el pueblo.

Esta inclinación - que se completaba con su afición hacia el buen vino - le resultaba excesivamente cara, máxime teniendo en cuenta sus escasos medios, por lo que, agotado en los primeros días de cada mes, el magro presupuesto que su padre le enviaba, usaba de todo tipo de “ingresos irregulares” para financiarse.

Desde la venta de sus propios libros de texto, a la práctica sistemática del arte del “sable”, en el que se especializó, hasta el punto que estar endeudado con todos sus conocidos, a los que ofrecía pagar los préstamos, con sus servicios como galeno, cuando obtuviese su ya inminente título, cosa que, a fuerza de prometer, es posible que - hasta él mismo - llegase a creer.

No obstante, todo en la vida tiene su fin, y el eterno periodo estudiantil de Geromo un mal día, hizo aguas. Fue aquel, en que un antiguo compañero de facultad, se instaló en el pueblo como facultativo del seguro, y contó, las andanzas del paisano, y la fama de crápula, sablista y caradura por la que era conocido en toda la universidad.

A punto estuvo su padre, al enterarse, de sufrir un patatús, y ello no solo por el engaño, con ser grande, sino - y sobre todo - por el ridículo y la rechifla general del paisanaje ante la noticia, ya que su familia había alardeado ante amigos y conocidos, de que ya podían ponerse enfermos sin temor, pues contaban con un médico de primera fila para curarles.

Aunque su primera intención fue la de asesinarlo, cuando llegó a la capital tras un extenuante viaje de diez horas en tren, los ánimos del padre se habían calmado, y pasados los iniciales momentos de tensión, salieron ambos a dar una vuelta por la ciudad, para serenarse.
 
-Mire padre, este estudió conmigo hace tres años…
explicó Geromo a la vista de una reluciente placa de médico en una fachada.

-Ese de ahí, lo hizo el curso pasado - dijo poco después ante el anuncio de un consultorio.

-Aquel, agregó por tercera vez, en otra calle, estudio conmigo, nada más llegar yo a la universidad...

Su progenitor, que había permanecido callado, y oyendo con gesto abatido los innumerables razonamientos, que un inútil intento de explicación le daba su hijo, le miró fijamente, y con acento resignado contestó

-Fíjate tú si no es una desgracia… que todos estos hayan estudiado contigo, y tú, en cambio, no lo hayas hecho con ninguno…

Geromo, trabajó hasta su jubilación, como representante de una firma de lencería femenina.

De alguna forma, continuó relacionándose, con lo que más le gustaba, en lo que, de haber existido título, hubiese sido doctor, sin dificultad alguna.

J. M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)