miércoles, 20 de abril de 2016

El gorrón



Supongo amigo lector, que en alguna ocasión has conocido un gorrón. El gorrón es ese personaje, al que cuando le preguntan en las bodas quien le invitó, siempre dice ser convidado de la otra parte, y que sin tener nada que ver en la fiesta, es el que más botellas escancia y más canapés engulle. Hoy voy a contar la historia de uno, que en mi infancia conocí.

Se llamaba Saturnino, y tenía ya más que escamada a toda la comarca. En mi tierra de Álora, era tradicional costumbre - y creo que aun hoy se sigue practicando - que cuando alguna persona, llegaba a una casa en el momento en que sus moradores estaban sentados a la mesa para comer, el dueño de la vivienda, dirigiéndose al recién llegado, le invitaba - con frases y gestos inequívocos - a que se incorporase a la mesa, como uno más.

En la casi totalidad de los casos, el recién llegado, una vez agradecida vivamente la atención de la que era objeto, declinaba la invitación, y luego de exponer el motivo de su presencia allí, todos continuaban con lo que hacían. Pero como ocurre casi siempre, no existe un caso que no sea la excepción a la regla, y justamente esto es lo que ocurría con el bueno de Saturnino.
    
Pese a carecer de reloj, no había día en que nuestro hombre no acertase, ya en una casa, ya en otra, cual era la hora justa del condumio. Alguien en la comarca opinaba, que no era el reloj lo que guiaba al yartar a nuestro hombre, sino su olfato - mezcla de mastín y perdiguero - el que le permitía ventear el olor de la judías con chorizo, los garbanzos con bacalao, o el caldo del puchero, a varios kilómetros de distancia, o detectar el tufillo del pan recién hecho, mucho antes de que este hubiese salido de la tahona.

Ya fuese por una u otra causa, lo cierto y verdad, era que la mayoría de los días, no habían acabado de acomodar a la mesa los comensales, cuando aparecía en el quicio de la puerta - sombrero en mano y sonrisa entre tímida y abierta - nuestro héroe.

-A la paz de Dios
- saludaba con cortesía - que yo venía a … y seguidamente exponía su demanda y causa de su presencia allí, que en una inmensa mayoría de casos, por no decir en todos, era de escasa consistencia, pues hacía ya bastante tiempo, que había acabado con el repertorio de las que parecían mínimamente razonables.

Como era costumbre, el dueño de la casa, le hacía el consabido y protocolario ofrecimiento, que él estaba aguardando…    - Saturnino, acerca una silla, y siéntate a comer con nosotros…

-Muchas gracias
-respondía el recién llegado a la primera indicación - si insisten, tomaré un bocado, por no despreciar… y tras acomodarse ante la pitanza, empezaba a engullir como un poseso y “el bocado” se convertía al poco rato, en dos o tres raciones del guiso que hubiere - pues solía repetir si podía - no levantándose de la silla hasta que, su plato estaba como una patena, y ni migas quedaban sobre el mantel.

Pero tanto va el cántaro a la fuente, que un día acaba por hacerse añicos, y el cántaro de Saturnino acabó por destrozarse en la fuente de Ciriaco, que cansado de la frescura de nuestro hombre, que en más de una ocasión habían dejado a medio comer a alguien de su familia, decidió darte una lección.

Había aquel día para comer, estofado de cordero, con un olor que quitaba el sentido, y que hacía que las bocas de los futuros comensales se hiciesen de agua desde hacia rato, y cuando estaban ya acomodados a la mesa, y a punto de iniciar - cazo en mano - la ronda de repartos, apareció - puntual como siempre - el personaje de nuestra historia.

Después del consabido ofrecimiento, se produjo la no menos esperada aceptación, y acercando una silla, se dispuso a devorar cuando le ofreciesen.-Tenemos un pequeño problema - le dijo Ciriaco en tono de disculpa - verás, esta mañana, desgraciadamente, la mula se ha metido en la cocina rompiendo casi toda la loza, y no me queda ningún plato para ti, pero no te preocupes, que aquí podrás comer…

Y mientras hablaba, colocó sobre la mesa, un bacín de los usados, cuando aun no existían cuarto de baño en las casas, y que solían ubicarse bajo las camas, al objeto de hacer aguas menores durante la noche. No te preocupes, está sin estrenar - aclaró en todo tranquilizador - al fin y al cabo lo que importa es la comida y no el plato ¿no es verdad? -  y mientras hablaba, situó el recipiente lleno de humeante estofado, ante los ojos del recién llegado.

Nuestro hombre sorprendido, miró al resto de comensales que seguían cada uno en su tarea, y dudó un instante entre el olor que emanaba el guiso, y los recuerdos que la vasija traían a su mente.

Tras unos segundos de indecisión, se excusó diciendo. Bueno verán, el caso es que me había olvidado de unos recados urgentes en casa del tío Damián, y no quiero llegar tarde…pero voy y vuelvo de seguida.

Y con la misma celeridad que el rayo, se levantó de la mesa y abandonó la casa, sin que ni aquel día, ni los siguientes, retornase como prometió.

Una vez se hubo ido, el hijo mayor, que como todos los demás desconocía lo que su padre había tramado, le preguntó: ¿La bacinilla es nueva, verdad padre?. Su progenitor sin dejar de comer, y con una socarrona sonrisa contestó - Yo que tú, seguiría comiendo en el plato...

J.M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)

3 comentarios:

  1. Soy de Perote, Veracruz, México. Les envío un fraternal saludo

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  2. Soy de Perote, Veracruz, México. Les envío un fraternal saludo

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  3. Buenos días desde España Miguel. Otro abrazo para ti, de perote a perote .

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