martes, 26 de abril de 2016

El incendio de la aduana de Málaga

Tal día como hoy 26 de abril de 1922, veintiocho personas murieron en el siniestro, que se produjo durante la madrugada en la aduana de Málaga.

Las llamas arrasaron el edificio, ante la impotente mirada de la gente que estaba en las inmediaciones del inmueble , siendo una de las mayores catástrofes acaecidas en la ciudad en el siglo XX.

Las causas del incendio no se aclararon y murieron veintiocho de las setenta personas, que vivían en la Aduana, entre ellas varios niños. Unas carbonizadas, otras por asfixia y algunas tras arrojarse al vacío tratando de escapar del fuego. Hubo numerosos heridos de diversa consideración y la actuación de bomberos y autoridades locales fue muy criticada por la prensa de la época.

El repique de las campanas de la Catedral, despertó a la población anunciando que sucedía un hecho luctuoso y al  día siguiente, comercios y cafés no abrieron sus puertas; se suspendieron las clases escolares y los espectáculos y se situaron crespones negros en diversos edificios. El dolor y la pena se adueñaron de Málaga.

El incendió se declaró sobre la una de la madrugada, por la parte alta del edificio, lugar donde vivían las familias del personal subalterno y como el techo y el suelo eran de madera, las llamas se extendieron con facilidad.

Las setenta personas que residían en la buhardilla de la Aduana trataron de escapar como pudieron, pero se vieron atrapadas en una ratonera en la que el humo se mezclaba con las llamas, creando un aire irrespirable y escenas dantescas.

El miedo a morir achicharrados o asfixiados, hizo que algunos se precipitasen al vacío para intentar escapar del siniestro, lo cual les produjo la muerte, a pesar de que los bomberos y la gente que se concentró en las inmediaciones del inmueble trataron de impedir que se estrellasen contra el suelo.

El origen del siniestro no quedó claro, y pudo determinarse que el fuego se declaró junto a la vivienda número nueve de la buhardilla. De pronto, en medio de una intensa humareda, se escuchó un fuerte estrépito al derrumbarse numerosas vigas de la construcción quedando bajo los escombros  los cuerpos de las personas que no consiguieron huir a tiempo. Incluso el gobenador civil pasó por momentos de peligro.

Aunque los cadáveres fueron trasladados al cementerio, continuaron apareciendo restos de víctimas: brazos, piernas, trozos de muslos, costillas... convertidos en carbón, despojos humanos se llevaron a la jefatura de policía ante la imposibilidad de su identificación.

La actuación de los bomberos fue criticada por su tardanza en acudir al lugar de los hechos, pese a que estaban a un centenar de metros de la Aduana y la manguera con la que tenían que apagar el fuego sólo soltaba un “ridículo chorrillo de agua”.

En ese sentido, se indicaba que las mangas de riego estaban picadas y la escala no funcionaba. Los ánimos se encresparon tanto que la gente abucheó e insulto al alcalde de Málaga,  y a varios concejales cuando llegaron a interesarse por la catástrofe.

Las muestras de luto y condolencia fueron constantes en toda la ciudad, que quedó sobrecogida por las muertes.


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