miércoles, 9 de marzo de 2016

El Tosco

                 Dicen, que con los años, cada vez precisamos dormir menos. Yo creo que es porque  uno se va convirtiendo en más crítico de si mismo. Primero, recuerdas lo que querías hacer y no hiciste, y eso te impide conciliar el sueño. Luego, analizas aquello que hiciste y no debías haber hecho y eso no te deja dormir.

La historia que hoy cuento - y en la que mi intervención, no me hace sentir demasiado satisfecho - es la de Don Ángel. Era catedrático de geografía en el instituto Gaona de Málaga, y aunque su nombre de pila es el que acabo de expresar, todos los alumnos, no importa de que curso, le conocían como “El tosco”.

Este alias, que aprendías a los pocos días de entrar de “pipiolos”- como eran llamados despectivamente los alumnos de primer año - pasaba generación tras generación de estudiantes, pronunciándose a veces en su presencia y, desde luego, en cuanto volvía la espalda. Esto era así, ya que Don Ángel estaba más sordo que una tapia y si no miraba fijamente a la cara de su interlocutor, no sabía, a ciencia cierta, que es lo que este, estaba diciendo.

Viudo desde hacía años, vivía con su hija - también profesora  - que cuidaba de él, y que incluso en público, le hacía objeto de frecuentes regañinas, por su poco cuidado aspecto, en donde su camisa arrugada, alguna mancha en la chaqueta y los bolsillos repletos de  toda clase de papeles, eran las características de Don Ángel.

Contaban que, tras la guerra civil, había sido “depurado” por sus ideas democráticas, y esto - aún sin habérsele achacado nada delictivo - le llevó aparejado la postergación en muchos puestos en su escalafón de funcionario y un destino de castigo, en una isla del archipiélago canario, hasta que a principios de los años cincuenta, perdonados por el ministerio - aunque no olvidados - sus pecados liberales, pudo regresar nuevamente a la península, obteniendo plaza en la ciudad andaluza.

“El tosco”, a partir de entonces, aprendió a hablar sin decir nada, y sus más atrevidas frases en política - cuando en su asignatura había de referirse al sistema – eran aludir a él como “el régimen nacional sindicalista, analítico sintético”, diciendo las dos últimas palabras con un hilo de voz y mirando la puerta, no fuese que alguien escuchase fuera.

Y conste, que su agudeza era mucha .Aún recuerdo una de las frases que más me hicieron pensar y que con el tiempo me convencieron de lo lúcido de su pensamiento: “Las cuatro grandes potencias – afirmaba refiriéndose al reparto de poder tras la guerra mundial – son tres, Estados Unidos y Rusia”

Su apodo se debía - además de a su forma de describir el paleolítico - a lo brusco y desabrido de sus maneras, en gran parte motivadas por el defecto físico de su sordera que le hacía desconfiar de todo el mundo, y la verdad es que - al menos por lo que concernía a los alumnos - no le faltaba razón.

Una de las bromas con las que solíamos reírnos del pobre hombre, era la petición de salida de clase. Consistía el asunto, en que uno de los escolares se dirigía a él y, sin mirarle directamente a la cara y haciendo gestos exagerados de no poder aguantar las ganas de orinar, le decía en voz queda: Don Ángel, ¿me da usted permiso para ir a cagarme en su padre...?

El profesor, guiado más por lo que veía que por su oído, e interpretando la petición por los gestos, respondía complaciente - Si hijo, ve, pero no tardes demasiado. La carcajada era general y aunque intuía que algo había sucedido, la angelical cara del alumno que tenía delante, le dejaba sin argumentos.

No obstante, incluso en aquellos años las ciencias adelantaban que era una barbaridad, y un buen día apareció nuestro hombre en clase, con un moderno audífono.

El aparato, último grito en la época, era un armatoste del tamaño de una caja de puros, que llevaba Don Angel colgado del cuello y del que salía un indiscreto cable negro acabado en un auricular tipo teléfono, que se prendía - a su vez - a unos de sus pabellones auditivos.

- ¡Tecnología alemana...! -
gustaba decir su dueño mientras lo palpaba orgulloso. No obstante, debía ser tecnología de primera generación, porque era raro el día, que en uno u otro momento no se estropeaba. Pese a todo y por si las moscas, la “bromita” del permiso para salir a orinar, dejó - por elemental prudencia - de gastarse.

Pero ¿que no serán capaces de urdir treinta diablos de catorce años?. Al poco, el pobre Don Ángel sufría de una nueva modalidad de broma.

Con la clase en silencio, uno de nosotros - previamente designado por sorteo - se dirigía al profesor, que preguntaba, con su tradicional hosquedad, que deseaba.

El alumno, comenzaba entonces a mover los labios como si hablase, aunque en realidad no decía nada. Don Ángel, achacando el no oír a un defecto del aparato, empezaba a trastear este, y a subir el volumen.

Cuando el mando de audición estaba al máximo, el escolar, con toda la fuerza de sus pulmones expresaba su petición, dejando - y ahora por exceso - a Don Ángel, sordo del bocinazo. La carcajada era de antología, y para colmo, aún había de aceptar las disculpas que el alumno - en tono compungido le ofrecía - achacándose todo, a un fallo del audífono.

Y así, fueron pasando los años, y entre bromas y sustos - los días en que nos descubría - llegó el momento de su jubilación. El instituto le ofreció una placa y le brindó un homenaje en el que no faltaron los discursos. Entre otros el del profesor de Formación Política, que se las daba de orador, y que prodigó frases como, “servidor de la patria”, “deber cumplido”, “español insigne” y otras de idéntica factura…

Don Ángel - mi entrañable “tosco”- asistió al acto en silencio, y sin enterarse absolutamente de nada, porque aquel día - sospecho que intencionadamente - había olvidado en casa su sonotone.

J. M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)

Luis de Requesens, brillante servidor público, muerto en la indigencia.

Tal día 9 de marzo de 1576 - tras permanecer tres días insepulto por falta de fondos - es enterrado en Flandes el gobernador Luis de Requesens.

Luis de Requesens y Zúñiga, fue un militar, marino, diplomático y político español, gobernador de Milán y los Países Bajos, consejero de Juan de Austria y fundamental para la victoria de la batalla de Lepanto.

Se crió muy delicado y enfermizo y, en 1537, el emperador Carlos le nombró miembro de la Orden de Santiago y designó compañero del futuro Felipe II, distinguiéndose siempre por su modestia, pues  no consintió que se le nombrara hombre de cámara del Príncipe.

Gozó siempre del favor de Carlos V, al que acompaño a Italia y los Países Bajos siendo nombrado en diciembre de 1561, por Felipe II Embajador ante la Santa Sede, donde hubo de sortear disputas diplomáticas, como la preeminencia del representante francés sobre el español, que el Papa había dado al francés.

Por sus dotes, capacidad y habilidad marinera, fue nombrado Capitán General de la Mar, organizando fuerzas navales que lograron impedir los saqueos turcos en Levante y Baleares, logrado lo cual, fue nombrado consejero de Juan de Austria en la guerra contra los moriscos de las Alpujarras. por expresa decisión de Felipe II.

Durante 1571 y 1572 fue brazo derecho de don Juan de Austria, ejerciendo de segundo jefe de la Armada y, en la batalla de Lepanto, sus muy acertadas disposiciones contribuyeron al triunfo final, lo cual  guardo con discreción y tacto quedando en un segundo plano.

De carácter afable pero firme, tenia una gran modestia y sus sentimientos hacia don Juan de Austria, al que consideraba el mejor de sus amigos, le llevaron incluso a ocultar sus extraordinarios servicios prestados, dándole siempre el merito de su buen hacer a su “buen Príncipe”.

Después del combate de Lepanto, Felipe II le nombró Gobernador de Milán en 1572. y al año siguiente de los Países Bajos, relevando al Duque de Alba, cuya política represiva no habían logrado pacificar el país, con instrucciones de negociación, pero no pudo evitar la prosecución de la lucha, pues pese conceder una amnistía general, y la derogación de las alcabalas, esto apenas tuvo eco en el territorio, teniendo que acudir de nuevo a las armas.

Los gastos militares llegaron a más del doble que años anteriores y los del Ejército, que contaba con 86.000 hombres, superaba con creces las posibilidades económicas de la Hacienda real, por lo que se buscó un acuerdo con los protestantes, prometiendo retirar de Flandes las tropas, con la condición de que el catolicismo sería la única religión y los protestantes tendrían diez días para retirarse al extranjero.

Esta exigencia impuesta por Felipe II, imposibilitó el acuerdo y fracasadas las negociaciones, Requesens emprendió la lucha, pero la carencia de dinero causó un motín de las tropas y cuando en septiembre de 1575, se declaró la suspensión de pagos de Castilla y la financiación del Ejército quedó cortada, estuvieron paralizadas las operaciones militares durante cerca de un año.

Abrumado por tantas desgracias, Luis de Requesens falleció en Bruselas el 5 de marzo de 1576, siendo sustituido en el gobierno de los Países Bajos - sumidos en el caos - por don Juan de Austria.

Finalmente, su cuerpo fue trasladado a su ciudad natal – Barcelona - siendo enterrado en la capilla anexa al Palau, en el que cuarenta y siete años antes, había nacido.

martes, 8 de marzo de 2016

¡¡ Feliz día de la mujer !!


Un abrazo de corazón, a todas las mujeres del mundo en su día, sin distinción de edad, razas, colores, credos o nacionalidades...

Curro,·"el niño del ventorro"



Había nacido en una venta de las cercanías del pueblo, donde sus padres eran venteros, y ya desde muy niño, se advirtió en él una afición desmedida hacia los animales con cuernos.

Con no más de siete años, no era extraño verle en el corral de la casa paterna intentando - mantel de la mesa en ristre - torear  a la cabra, de la que su  madre obtenía la diaria ración de leche para la familia.

Con el tiempo, empezaron  a advertirse en él – o eso al menos parecía - unos andares pintureros y unas maneras toreras, y aunque no había estado nunca ante un toro de verdad, se empezó a correr la voz por el lugar, de la gran figura que para la torería se escondía en la persona de Francisco.

Sus amigos, al calor de las copas que –  siempre gratis - tomaban con esta excusa en la venta de sus padres, no hacían sino elogiar sus formas, ya que su arte estaba por ver, y elucubrar sobre las posibilidades de “tentar” a un toro de verdad, en una finca próxima, cuyo dueño estaba también por la labor.

Tanto y tanto se insistió, que por fin una tarde de principios de verano, Francisco, vestido de campero, dio unos cuantos capotazos de regular factura, a una vaca ya toreada en veinte lances como aquel, y que sabía más lo que tenía que hacer, que el propio lidiador.

A partir de ese momento su fama se desbordó, y sus incondicionales, decidieron en primer lugar ponerle un nombre artístico, y en segundo, propiciar una corrida en forma, en donde su figura se consagrase definitivamente como un astro de la tauromaquia.

Lo primero fue muy fácil, el Francisco se transformó en “Curro” y como apellido el lugar de su nacimiento, que como no era una venta de campanillas, se la conocía popularmente como “el ventorro”, y con este nombre se quedó, intercalando en medio lo de “niño”, para dejar patente su juventud.

Lo segundo, se logró con entusiasmo y esfuerzo; entusiasmo por parte de sus seguidores, que con más voluntad que conocimiento le apoyaban, y esfuerzo – en este caso económico - por la de sus padres, que previo pago de su importe, lograron introducirlo en el cartel taurino de la feria del pueblo, a celebrar en un improvisado cercado de carros y traviesas de madera, que se levantaba en la Plaza Mayor.

Y por fin llegó el gran día: “El negro de Almudena”, “Coralito”, y “El niño del Ventorro”, sin duda alguna, y pese a cerrar cartel, al ser el más joven e inexperto, el preferido de sus paisanos.

La plaza estaba a rebosar, con gentes en los balcones, en las improvisadas graderías e incluso en los tejados de los edificios colindantes. Los dos primeros diestros estuvieron discretos, pero el personal se reservaba para el de la tierra.

“Curro”, tras un inicio con cierta gracia, lidió aceptablemente con la capa y más bien deficiente con la muleta,  la cual se lió en varias ocasión a su cuerpo estando una a punto de hacerle caer, pero la gente aguantó en aplausos hasta llegar a la suerte de matar.

La espada fue un auténtico viacrucis para nuestro hombre, mientras sudaba a mares, tras más de quince intentos sin conseguir clavarla.

Todo este tiempo la plaza aparecía sumida en un silencio sepulcral, hasta que una potente voz, surgió estruendosa de uno de los graderíos, y en el silencio general se oyó:

-¡Curro!, ¡Métesela  por el culo, que tiene el agujero hecho...!


Después de esto, toda la plaza se enloqueció, y el albero se cubrió en un santiamén de los más insólitos objetos, desde botellas a prendas de vestir, mientras toro y torero - ambos protegidos por la fuerza pública - eran sacados por puertas diferentes, del improvisado coso.

Desde ese día, “Curro”, el niño del Ventorro”, se quedó - y ya para siempre -  simplemente en Paco.

J.M Hidalgo  (Historias de Gente Singular)







Día Internacional de la Mujer

Tal día como hoy, 8 de marzo y desde hace ya más de un siglo, se celebra el día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Este día, se conmemora la lucha de la mujer en igualdad con el hombre, en la sociedad y su desarrollo como persona, siendo su primera celebración el 19 de marzo de 1911 en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza, extendiéndose luego a numerosos países, hasta que en 1977, las Naciones Unidas, proclamaron el 8 de marzo, como Día Internacional por los Derechos de la Mujer.

La historia de la mujer en la antigüedad fue siempre contada por hombres, aunque hay algunas figuras, como la matemática y astrónoma Hipatia de Alejandría, en el siglo IV, asesinada brutalmente por cristianos integristas, como paradigma de la mujer científica y libre, símbolo de libertad de pensamiento y autonomía personal.

Durante la Revolución francesa, la mujer tomó conciencia por primera vez, de su situación social y  junto a los hombres, reclamó sus derechos bajo el lema “libertad, igualdad y fraternidad”, como lo demuestra la “Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana” de 1791, uno de los primeros documentos que propone la emancipación femenina la igualdad  y la equiparación jurídica y legal en relación a los varones, así como el voto femenino

A mediados del siglo XIX, los movimientos de la mujer toman fuerza, con los denominados “movimientos sufragistas” de origen burgués, con nombres emblemáticos como Flora Tristán, pero será el 28 de febrero de 1909, cuando se celebre por primera vez en Nueva York, el “Día Nacional de la Mujer” en conmemoración de la huelga de trabajadores textiles de 1908 efectuada por unas mejores condiciones de trabajo, jornada laboral, salario digno y derecho al voto.

En 1910, las mujeres socialistas en Copenhague, a propuesta de Clara Zetkin, proclaman el 8 de marzo como “Día Internacional de la Mujer Trabajadora”, que se celebró el 19 de marzo de 1911 y una semana después, el 25 de marzo, más de 140 jóvenes trabajadoras, la mayoría inmigrantes, murieron en el incendio en la fábrica textil Triangle Shirtwaist de Nueva York y tras ello, se analizaron las condiciones laborales que condujeron a aquel desastre. Este siniestro fue determinante para activar la conmemoración.

Vísperas de la primera guerra mundial, las mujeres de Rusia celebraron en 1913 su primer Día de la Mujer y el 8 de marzo y, en toda Europa, las mujeres celebraron mítines para protestar por la guerra y solidarizarse con las demás mujeres.

En plena Primera Guerra Mundial, se produjo en Rusia la “Revolución de Febrero”, primera etapa de la Revolución rusa de 1917 y en ese contexto, la factoría Putilov cerró, quedando 30.000 trabajadores en situación desesperada, y en la huelga posterior se disparó a los huelguistas lo que provocó conflictos en otros centros de trabajo.

En febrero de 1917, incidentes en las colas por conseguir pan, se convirtieron en  manifestaciones contra el zar y a favor del final de la guerra, comenzando el levantamiento popular que acabó con la monarquía, sin preparación ni coordinación de los partidos revolucionarios.

El Día Internacional de la Mujer ha adquirido durante el siglo XX dimensión mundial y el movimiento en defensa de sus derechos, reforzado por las Naciones Unidas, ha celebrado cuatro conferencias mundiales y contribuido a que la conmemoración de este día sea punto de convergencia en favor de los derechos y participación en la vida política y económica femenina.

Hoy pienso, que es por tanto, el “Día Internacional de la mujer”, sin que sea preciso agregarle el apellido “trabajadora”, pues son excepcionales los casos en los que la mujer no trabaja.

lunes, 7 de marzo de 2016

Conductores



 CONDUCTORES

La vida moderna, obliga a moverse - por lo general a bordo de un automóvil - al hombre que en ella se desenvuelve, de forma, que quien en la actualidad no tiene carné de conducir, resulta a ojos de todo el mundo, como un tipo raro.

El caso es que, una gran cantidad de humanos, es propietario de un vehículo de cuatro ruedas, cuya posesión le implica a la vez, libertad y esclavitud, lo primero por la facilidad de movimientos que un automóvil supone, y lo segundo, porque frecuentemente el coche suele tiranizar a su dueño, que a veces vive por y para él.

Los que lo usamos como simple medio de transporte, y nada sabemos de cilindradas, velocidades punta, índice de aceleración, prestaciones primarias o secundarias etc, etc, sino que lo que queremos es que nos lleve y nos traiga, somos una rareza, dentro del raro mundo del conductor, que en muchos casos, usa el vehículo como una prolongación de si mismo, en tal medida que - a menudo - se puede catalogar a las personas, por su forma de conducir.

Hace tan solo unos días - ante una taza de humeante café - un amigo, asiduo del volante, me contaba, que él tenía hecha una clasificación de conductores, conforme circulaban, y según le atacaban, más o menos, los nervios con su conducción, Poco antes de las horas punta – comenzó diciendo -  menudea el “fitipaldi”, al que denomino así, por la velocidad a la que conduce, siempre excesiva para la vía por la que circula. Va nervioso, seguramente porque llega tarde, y quiere ganar los segundos que precisa, jugándose su vida – y la de los demás - cada cien metros.

Cambia constantemente de carril, busca el más mínimo hueco, realiza adelantamientos imposibles, y desconoce la existencia de curvas ni cambios de rasante. Cuando se aproxima al coche que le precede, le lanza insistentes destellos de luces, pidiendo inútilmente paso, ya que – casi nunca - hay lugar a donde apartarse, haciendo sonar el claxon ante un atasco, hasta contagiar a los demás conductores, con lo que además de colapsado, queda uno sordo por el pitorreo.

Pero si singular es el apresurado – continuaba - no te pierdas a su antónimo “el guevón”. Este personaje no tiene prisa jamás por nada. En la más rápida de las autopistas, marcha a sesenta por hora - a veces por el carril central - sin hacer caso a las luces, bocinazos y recuerdos a su señora madre, que le dirigen continuamente los demás usuarios de la carretera. El “guevón” no suele inmutarse por ello, todo lo más, en alguna ocasión masculla a los que le increpan “Mátate tú si quieres...”, con lo cual se justifica ante sí mismo y sigue tan feliz.

En ciudad, y ante un semáforo de ciclo corto, siempre se le ocurrirá buscar algo en el asiento de atrás, o arreglar el cinturón del niño, con lo que deja a todos clavados en el sitio, pues cuando acaba, el semáforo está nuevamente en rojo. No hay nada más inútil, que intentar acelerar el proceder de un “guevón”, porque - como si todo le fuese ajeno - hasta no concluir con lo que hace, no pone en marcha su vehículo, siéndole indiferente, el que los demás conductores protesten, blasfemen o griten.

Dentro de los patológicos  - añadió luego – hay que destacar al “lameculos”. Este sujeto tiene como característica fundamental, el marchar siempre a menos de diez centímetros del parachoques trasero del coche que le precede. Casi nunca muestra intención de adelantar, y cuando el coche que va delante, se aparta para que lo haga, avanza lo justo hasta llegar nuevamente a un palmo del vehículo que ahora está ante él, al que sigue embobado, exponiéndose a dejar la dentadura clavada en su volante ante el mínimo tropiezo que obligue a frenar a este. Tales conductores - carne de psiquiatra, decía - ponen de los nervios a los que se ven forzados a compartir trayecto con ellos.

Por último – concluyó mientras apuraba el café - para acabar con esta galería de fauna automovilística, quiero hablarte de una especie, que abunda los domingos y fiestas de guardar, me estoy refiriendo naturalmente, al extraordinario y singular “dominguero”.

Por lo general pretextan no conducir, durante la semana “por lo mal que está el tráfico y los aparcamientos”, aunque en realidad lo que sienten, es un miedo cerval al coche, la circulación y la carretera, de forma que cuando los domingos montan en su vehículo, llevan la cara del que sube los escalones del patíbulo, blancos como la pared, y contestado a las preguntas que les hacen, con escuetos monosílabos, imagen que contrasta con la que ofrecen – sudorosos y rojos como cangrejos – cuando, tras acabar el trayecto, abandonan la tortura, que la conducción de su coche ha significado.

Son fácilmente reconocibles, porque circulan a cincuenta por hora, y a veces sobre la línea divisoria, pues casi todos ellos sienten aversión hacía los bordes y cunetas. Suele llevar en el asiento del copiloto a su pareja, que es quien le obliga a coger el coche y ante la que – las fiestas de guardar – no puede negarse.

Entre sus signos están, el usar el intermitente contrario al del giro que realizan, detenerse sin previo aviso en medio de la calle, ceder el paso cuando no hay que hacerlo, y por contra, avanzar en momento y lugares en los que no tienen preferencia, y un larguísimo etc, que acabar no podría.

Como es lógico - apostilló mientras se despedía - todos los especímenes citados, tienen su variante femenina, que con escasas diferencias, funciona de idéntico modo al descrito.

Cuando se hubo ido, reflexioné sobre todo lo que me había contado, concluyendo para mí, que si alguien, no se ha visto reconocido – alguna vez - en una u otra de las personalidades descritas, no es que sea un ser excepcional, es que no debe tener carné de conducir.
                                       
J. M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)

El hundimiento del crucero franquista “Baleares”

Tal día como hoy 7 de marzo de 1938, durante la guerra civil española, la armada franquista da por terminada la búsqueda de supervivientes del crucero "Baleares", hundido el día anterior con 788 hombres.

Al inicio de la guerra civil, el Baleares - crucero pesado de la Armada- se hallaba amarrado a puerto e incompleto, haciéndose con él los franquistas y permaneciendo en su poder hasta su hundimiento en combate dos años  más tarde.

Era un buque gemelo del Canarias, junto con el cual constituían una versión actualizada y mejorada de una serie británica, del que se había ordenado su construcción a la Sociedad Española de Construcción Naval, durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera en 1928, siendo botado en abril de 1932.

No obstante, cuando se proclamó la República en 1931, esta inicio un programa de reducción de gastos militares, lo cual afectó a los programas de construcción de la armada, causando un gran retraso en la construcción del buque, debido a lo cual y aunque estaba previsto instalar catapultas para lanzar aviones, primero fueron sustituidos por hidroaviones y finalmente no llegó a hacerse.

La carencia de buques en la armada rebelde, hizo que el poco del inicio de la guerra, el barco entrase en servicio aún incompleto, pues faltaba por instalar una de sus torres de artillería, la cual fue finalmente colocada el verano de 1937, cuando ya realizaba misiones de combate.

Pese a todo, el barco, uno de los más modernos de la flota, en mayo de 1937 realizaba misiones de escolta a petroleros y mercantes teniendo enfrentamientos con la escuadra republicana sin consecuencias y en julio de 1937, frente a Valencia, tuvo un encuentro con seis destructores republicanos que escoltaban a buques mercantes, entablándose un corto combate sin resultado.

Pese a actuar casi siempre en solitario debido a la carencia de unidades, el 7 de septiembre de 1937 se enfrentó a los cruceros republicanos Libertad y Méndez Núñez y seis destructores que escoltaban mercantes, en el cabo Cherchell – Argelia-  en un desigual combate alcanzando al Libertad, siendo a su vez tocado por éste, lo que le produjo un incendio en el pañol de munición, pese a lo cual consiguió evitar que el convoy llegase a manos republicanas.

Su destrucción y hundimiento llegó en marzo de 1938, cuando junto al Canarias y al Miguel de Cervantes, protegían un convoy de ayuda italiana para los rebeldes, encontrándose de improviso con la Armada republicana e iniciándose un combate conocido como la “batalla del Cabo de Palos”

Durante la madrugada, del 6 de marzo, varios torpedos al parecer del destructor republicano Lepanto, alcanzaron el centro del  Baleares y el depósito de municiones, causando daños tan graves que provocaron el hundimiento del barco, en pocos momentos.

Los destructores de la armada inglesa, Boreas y Kempenfelt al advertir del hundimiento acudieron a ayudar a los náufragos, logrando rescatar a 435, pero otros 788 murieron o desaparecieron en el mar, entre ellos el comandante del navío.

Durante el salvamento, aviones republicanos bombardearon a los ingleses, creyendo al parecer por error, que se trataba del Baleares, causando un muerto y cuatro heridos en el destructor Boreas.

En 1940 se estrenó la película “El Crucero Baleares”, de carácter propagandista, que sin embargo no fue autorizada por decisión de la Armada a quien no gustó, siendo todas las copias destruidas.

En Palma de Mallorca se erigió un monumento a los muertos en el hundimiento así como en  Ondárroa – Vizcaya - de donde procedían medio centenar de sus  tripulantes.


domingo, 6 de marzo de 2016

Conchi


Una historia cruel

Siempre he sostenido - y ello me ha traído aparejadas no pocas discusiones - que los niños son los seres más crueles que existen. Y lo son - en mi opinión - por el hecho de que, teniendo como tienen idénticos  instintos que los adultos, carecen en cambio del doblez y la hipocresía, de los que estos andamos tan sobrados, y como consecuencia de ello, sus acciones son directas, descarnadas y terribles.

Si añadimos que los niños de los que ahora hablamos, vivían en la Andalucía rural de la posguerra, en donde casi nada era como parecía ser, su forma de actuar les podía convertir, ya desde su más tierna infancia, en personajes muy singulares.

Estas, y otras cosas, son las que acontecen en la historia que de seguida se relata.

Ella se llamaba Conchi, tenía diez años, era bonita y fresca como una flor de primavera, con una simpatía natural que se expandía siempre en su entorno. Sabía bailar, cantar y cautivar a todos con su encanto. Jamás su presencia pasaba desapercibida.

El se llamaba Fernando, cumplidos ya los doce años, era feo, desgarbado y tan tímido que hasta se sonrojaba al hablar, tenía la cara torturada por un creciente acné juvenil, que la daba un aspecto un tanto desagradable. Nadie le echaba en falta cuando se marchaba.

Ambos eran compañeros de clase, en la escuela rural de la Venta de Tendilla, en la vega de Álora, dirigida por la inolvidable maestra Doña Remedios, en la que desde los cinco a los trece años, convivían - sin separación de cursos ni sexos -  y en una amalgama de difícil control pedagógico, hasta cuarenta niños de las casas del entorno.

Fernando, desde su pupitre, situado en la tercera fila del lado de la escuela reservada a los niños, se pasaba las horas - en lugar de estudiando - contemplando los movimientos, las risas y la grácil figura de Conchi, sentada a escasos metros de él en los bancos destinados a las niñas. A su temprana edad, se había enamorado por primera vez, y hasta los tuétanos, de su condiscípula y solo vivía para su contemplación.

Conchi, no había ni tan siquiera reparado en ello, y ante esta actitud de indiferencia, su enamorado, venciendo su propia timidez, decidió pasar a una acción más directa y efectiva.

Desde que hizo firme este propósito, se convirtió en la sombra de la niña; cuando jugaban al corro se colocaba a su lado, si al escondite únicamente la buscaba a ella, a la salida del colegio la esperaba, a la entrada la acompañaba, en el recreo la seguía como un perro faldero, de continuo la obsequiaba con pequeños regalos...

A ella - al principio - no le desagradó el juego e incluso se sintió halagada por él, pero bien pronto, molesta por las bromas que había de soportar de los demás escolares, y cansada de tanta persecución, empezó a dar desplantes a Fernando con la idea de desengañarle, aunque este, lejos de captar su intención, y creyendo que eso no era sino síntoma de ser correspondido, continuó - con más intensidad si cabe - en su actitud de asedio y galanteo, por lo que Conchi, realmente enojada, decidió acabar - de una vez por todas - con tan  molesta situación.

Una tarde a la salida de clase, estaba como siempre Fernando aguardando la aparición de su enamorada, cuando advirtió que esta - contra lo que era su costumbre - se dirigía hacia él con una sonrisa dibujada en su cara.

El corazón le dio un vuelco, pero su azoramiento y nerviosismo llegaron al borde del infarto, cuando advirtió como la niña, con una mirada, que él juzgó de complicidad, extrajo de su cartera colegial un pequeño paquete, cuidadosamente envuelto en papel rojo y rodeado por una cinta azul, que acto seguido le tendió.

Mientras se lo entregaba le susurró muy quedo: - Esto es para ti, como muestra de lo que siento - le dijo - y mientras entornaba suavemente los ojos continuó.- Dentro hay algo muy mio...

Fernando creyó estar soñando despierto - ¡ por fin su amor se veía correspondido! - y como si la alegría pusiese alas en sus pies, salió corriendo en busca de soledad, en donde descubrir el presente de su amor.

Cuando estimó encontrarse bastante lejos de miradas indiscretas, se dispuso a abrir el regalo, pero con los nervios, en lugar de deshacer el nudo, solo logró atarlo aun más, por lo que - impaciente-  rasgó con los dedos el rojo papel del envoltorio.

Una masa viscosa salió de su interior y se extendió por sus manos. Fernando, sorprendido en principio, atrajo hacia si el paquete para - una vez comprobado su contenido - arrojarlo lejos, mientras gritaba desconcertado.

-Pero... pero... ¡ Madre mía...!, ¡ Si esto es mierda...!

El mensaje, aunque sin palabras, fue directo y definitivo, y reflejaba a la perfección y sin lugar a dudas, su sentimiento hacia él.

Hoy ambos, Conchi y Fernando son abuelos, aunque como ya habrás supuesto - amigo lector - no de los mismos nietos.

J. M. Hidalgo  (Historias de Gente Singular)





Cuando Canarias pasó a ser del reino de Castilla

 Tal día como hoy 6 de marzo de 1480, los reyes de Castilla y Aragón, ratifican el “Tratado de Alcaçovas”, en que Portugal entrega a Castilla Canarias, a cambio de posesiones en África.
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El Tratado o Paz de Alcaçovas, fue un acuerdo firmado en esta villa portuguesa, el 4 de septiembre de 1479, entre representantes de los reyes Católicos, Isabel y Fernando y el rey de Portugal, que fue ratificado el 6 de marzo de 1480.

El tratado resolvió la paz entre Portugal, Castilla y Aragón, reconociendo a Castilla soberanía sobre las islas de Canaria y a Portugal la exclusividad de la conquista del Reino de Fez y otros territorios africanos, aunque también se acordó que Juana “la Beltraneja”, rival de Isabel la Católica, renunciase al trono castellano y optase entre casarse con el heredero de Fernando e Isabel, al cumplir este los catorce años o recluirse en un convento, opción esta por la que Juana se decidió.

El conflicto venia de antiguo, pues al morir Enrique IV de Castilla en 1474 existían dos pretendientes al trono, su hija Juana “la Beltraneja” apoyada por Portugal, y su hermanastra Isabel de Castilla, ya casada con Fernando de Aragón.

La guerra estalló en 1475, favorable al bando isabelino a partir de la batalla de Toro de 1476 y continuó por mar, donde hubo derrotas castellanas, por lo que la incapacidad portuguesa para ganar la guerra en tierra llevaron a iniciar negociaciones de paz en 1479.

Durante todo el siglo XV,  Portugal y Castilla habían ido internándose en el Atlántico, planteándose a quién le correspondía conquistar las Canarias y aunque inicialmente el Papado se mostró neutral, en 1452 el papa Nicolás V favoreció a los portugueses, otorgándoles control exclusivo sobre estos territorios, lo que llevó a apresar barcos castellanos, provocando un enfrentamiento diplomático.

En 1456 el Papa, Calixto III, confirmó el monopolio de Portugal, resultando de nuevo  perjudicado el reino de Castilla, por lo que en 1475, tras el estallido de la guerra, la reina Isabel reclamó que partes de África y Guinea pertenecían a Castilla e incitó a sus comerciantes a navegar a ellas sin autorización portuguesa, iniciándose la guerra naval en el Atlántico.

Todo ello forzó a buscar un acuerdo final, firmado en la localidad portuguesa de Alcáçovas, donde los monarcas reconocieron los perjuicios causados por la guerra, acordando restablecer la paz entre ambos y para evitar más conflictos, repartirse los territorios atlánticos, quedando la mayoría para Portugal, con la excepción de las "islas de Canaria".

En base a esto, el rey de Portugal dio instrucciones para “arrojar al mar a los tripulantes de todo barco no portugués que fuese interceptado en lo sucesivo en las aguas asignadas a Portugal” y aunque Fernando e Isabel hicieron cumplir el Tratado a sus súbditos, a partir de 1480 hubo numerosas expediciones ilegales y de piratería.

Muchos historiadores afirman, erróneamente, que en Alcáçovas se fijó el paralelo de Canarias, como límite entre España y Portugal, pero el texto del tratado no lo menciona ni habla de ello y al parecer el motivo por el que Isabel y Fernando tardaron tanto tiempo en autorizar la expedición de Colón, fue por esa inseguridad jurídica y no por motivos náuticos o de otra índole.

Sea como fuere, a raíz de las protestas portuguesas se inició un nuevo periodo de negociaciones entre Portugal y Castilla, obteniendo esta ultima, durante 1493, una serie de bulas papales, llamadas  “Bulas Alejandrinas”, para las tierras descubiertas por Colón y venían a establecer un nuevo reparto del Atlántico que dejaba en desuso el Tratado de Alcaçovas, pese a lo cual se recordó a Colón, antes de iniciar su segundo viaje, la prohibición de tocar  tierra en la Guinea.

Debido a las protestas del  rey de Portugal por las bulas papales, el “Tratado de Tordesillas” de 1494 terminó aceptando un nuevo reparto, un poco más favorable a Portugal que las Bulas Alejandrinas.


sábado, 5 de marzo de 2016

Automóviles

Cosas del lugá

Tendría yo unos cinco o seis años, la primera vez que tuve ocasión de ver un automóvil de cerca. Era un atrotinado Ford color negro, de líneas cuadradas y fabricado a  finales de los años treinta, que compró un vecino de la comarca, tenido por pudiente.
        
Al poco de ponerlo en marcha, se advirtieron unos ruidos extraños en el motor, y tras levantar el capó - que recordaba la tapa de un piano - un aficionado a la mecánica de la localidad, sujetó las piezas causantes del runrún, con el alambre de un tendedero, y – echando más humo que una chimenea - fue de nuevo puesto en marcha.

En aquella época, los rapaces solíamos ir corriendo hasta la carretera, para ver pasar los escasísimos coches que por ella transitaban, lo cual era para nosotros – niños de campo - un auténtico espectáculo festivo.

No obstante, pocos años después de lo que cuento, y tras algunas maravillas de la industria nacional, como el “Biscuter”, automóvil – por decir algo – de dos plazas, que carecía de marcha atrás y cuando se aparcaba, había que retranquearlo a mano, llegaron a nuestro país los utilitarios, primero los modelos Renault, y poco más tarde, el que sería emblema del desarrollo de nuestro país, el SEAT 600.

Sin embargo, además de muy caros, los coches eran escasos, y por ello, cuando querías comprarte uno, habías de apuntarte en una interminable lista en la casa fabricante, para la que se recurría a recomendaciones – incluso del Ministerio – al objeto de adelantar puestos en ella, ya que la factoría no daba abasto para atender la creciente demanda.

Apuntarse significaba solo eso, apuntarse, porque el paciente ciudadano, no podía elegir el color del vehículo y mucho menos su tapicería, de forma que mientras trascurrían los meses y hasta años, en que tardaban en darte el coche, la familia hacía apuestas y cábalas, sobre cual sería el color que les “tocaría”, y que era innegociable.    

Debido a esto, a menudo - tras la larga espera - te endilgaban un automóvil de un tono granate que dolía la vista con tan solo mirarlo, o de un celeste pálido, que ni en tus más extraviadas pesadillas habías imaginado, al ser ese el que, él preclaro ingeniero de diseño, había previsto para aquella serie.

Pese al riesgo de los colorines, el día de la entrega, la familia entera vestida de domingo – suegros incluidos – iba al concesionario y una vez admirada la maravilla técnica, montaban todos en el vehículo -a veces nueve personas o más - e iniciaban la ruta hacia casa, a donde -de forma milagrosa- solían llegar, convirtiéndose de inmediato en la comidilla del vecindario.

Tan popular fue el referido modelo, que en los años del naciente desarrollo español, nuestras raquíticas carreteras, se veían cada verano invadidas por miles de familias veraneante, que al ritmo de la canción “Adelante hombre del seiscientos…” viajaban atravesando el país de un lado a otro, en aquellos artilugios dignos de monumento, por su resistencia.

Ahora, las cosas han cambiado tanto que – debido a la crisis económica – si te detienes más de tres minutos, en el escaparate de un concesionario, no es extraño que un vendedor salga a la puerta, por si estás pensando comprarte un coche, y al momento ponga a tu disposición, todas las formas, colores y tipos que imaginar puedas.

La historia que hoy quiero contarte – amigo lector – corresponde, sin embargo, a la época en que los automóviles eran objetos caros, raros y de lujo

Se apellidaba Barrios y ostentaba el cargo, de capitán de la benemérita en Álora, mi pueblo. Como buen agente del orden del antiguo régimen, era tiránico con sus subordinados, a los que llevaba a mal traer, y despótico con los ciudadanos - entonces súbditos - en una mezcla de prepotencia y mala educación, conjuntada al paso, con una mano larga y ligera, a la hora de repartir bofetadas ante cualquier atisbo, de lo que él considerase insolencia, insubordinación o desacato a la autoridad.

Nuestro hombre se apuntó – como uno más – en la lista de peticionarios para conseguir un coche, y tras la reglamentaria espera, recibió, en la forma descrita, un Renault modelo cuatro-cuatro, pequeño, y con motor trasero, que tenía tantas puertas y caballos fiscales, como personas cabían dentro.

El color era verde oliva brillante, que atentaba a kilómetros contra el buen gusto, aunque no bien lo hubo recogido, Barrios se desplazaba a todas partes embutido en su utilitario, para que – como era natural – todo el mundo supiese que lo tenía.

No tardó ni una semana en recibir el bautizo popular:
-¿Sabes que Barrios tiene un coche nuevo…?
- No, que va, no es un coche, es una aceituna…
- ¿ No ves que es verde y lleva el hueso dentro…?


Y sin salir del pueblo, quiero rematar la historia  con lo que – en el mundo de los coches – sucedió a Antonio. Fue más o menos coetáneo del anterior, y ya hacía décadas que trabajaba como funcionario del ayuntamiento, en donde la remuneración que obtenía daba  - como mucho – para un honroso pasar.

No obstante, un buen día el pueblo entero se sorprendió con la noticia; Antonio – con lo que ganaba - se había comprado un camión.

Todos juzgaron el hecho como un despropósito total, en primer lugar, por el precio - imposible de pagar con su sueldo - y luego, porque no era hombre que se hubiese dedicado nunca al transporte, y las bromas - como en el caso de Barrios - no tardaron en tomar carta de naturaleza.

- Antonio se ha comprado un camión... – decía  uno 
- Y, ¿donde lo va a meter, si no tiene garaje...?
 - Pues donde va a ser… ¡en el Ayuntamiento…!
 -¿Pero cabe allí un camión…?
 -Como no va a caber… ¿no ves que ha salido de allí…?


En mi pueblo, a todo lo que pasaba y en menos de lo que se dice, ya se le había sacado punta…

J. M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)

Cuando el español, fue vuelto a declarar lengua oficial en Puerto Rico.

Tal día como hoy 5 de marzo de 1991, el español es declarado la única lengua oficial de Puerto Rico, derogando la cooficialidad que compartía con el inglés.

La isla de Puerto Rico, fue descubierta en noviembre de 1493 por Colón, en su segundo viaje, aunque algunos historiadores piensan que lo fue por Martín Alonso Pinzón en 1492, siendo los indios taínos sus habitantes que la llamaban “Boriquén”, derivado de “buruquena”, un pequeño crustáceo que vive en sus aguas.

Se afirma, que los taínos eran pacíficos y hospitalarios y entregaron a los españoles regalos de oro, que para ellos tenía un valor simplemente decorativo, siendo tratados como dioses por los taínos, y en 1508, el descubridor Ponce de León colonizó la isla como primer gobernador de manera oficial.

Muchos taínos, murieron debido a carecer de inmunidad contra las enfermedades de los europeos, tales como el sarampión o viruela y, los comerciantes, comenzaron a traer a Puerto Rico esclavos africanos negros, lo cual hace que en la actualidad, sea un país con ciudadanos producto de tres razas; la taína, la española y en menor grado la africana.

Puerto Rico, - que hoy tiene 3.700.000 habitantes - fue posesión española durante más de 400 años y vivió varias reformas políticas, hasta que los Estados Unidos entraron en guerra con España y ocupó la Isla el 25 de julio de 1898, la cual fue cedida con el resto de los territorios coloniales, a los Estados Unidos tras la derrota española.

No obstante, en marzo de 1991, Puerto Rico reafirmó sus raíces culturales hispanas al declarar el español como su única lengua oficial, en una ceremonia en la que se derogó una ley de 1902, promulgada en pleno periodo colonial estadounidense, que establecía la cooficialidad del inglés y del español ambos como idiomas oficiales.

La ceremonia, contó con la presencia de nutrida representación del mundo hispánico; director de la Real Academia Española de la Lengua, académicos; directores de Academias hispanoamericanas  y escritores como; Julián Marías, Delibes, Alberti, Benedetti que se unieron con el envío de cartas de adhesión, mientras Cela propuso en un mensaje “tres hurras: por Puerto Rico, los puertorriqueños y el español”.

Puerto Rico, que contrariamente a Cuba y Filipinas nunca pidió la independencia de España, fue incluido, en las posesiones españolas cedidas a Estados Unidos tras la derrota de Española en la guerra de 1898 y  en 1952, obtuvo el estatuto de “Estado Libre Asociado”.

En la actualidad, cada uno de los partidos políticos existentes defiende un estatuto diferente; una parte a favor del mantenimiento del Estado Libre Asociado; otra quiere la incorporación a Estados Unidos como estado de la Unión, y los independentistas - con solo el tres por ciento de la población - defienden un país independiente.

El español es idioma oficial único de Puerto Rico, con excepción de los tribunales federales donde se mantiene el inglés, lo cual fue criticado por miembros del Congreso de Washington, para quienes la oficialización del español, como lengua única, dificulta la posibilidad en el ya conflictivo tema del estatuto político de la isla.

Puerto Rico es el único caso en la historia en que se ha optado por el español, como lengua exclusiva, es perjuicio del inglés, resultando extremadamente curioso que mientras España aún se encuentra sumida de lleno en un debate independentista, un grupo de puertorriqueños fundaran el 13 de agosto de 2013 un nuevo movimiento político que tiene como objetivo la reunificación de Puerto Rico con España, como una comunidad autónoma más
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viernes, 4 de marzo de 2016

Arturo


Un canto a la libertad

Su cara era casi triangular, tenía los ojos siempre abiertos, de un color amarillo intenso, y con una minúscula pupila negra en el centro, que cuando se hacía de noche, se agrandaba hasta ocupar todo el ojo. Tenía dos pequeñas orejas y podía girar la cabeza sobre si mismo, sin mover sus patas del suelo; Arturo – antes de que te asustes, amigo lector - era un mochuelo

Yo tendría no más de nueve años, cuando entró en mi vida. Lo hizo de manos de un aceitunero - que con su cuadrilla paró un día a descansar a la puerta de casa en la Gavia, en la vega de Álora - el cual lo sacó del bolsillo donde lo traía.

Le explicó a mi madre, que lo había encontrado perdido en el campo, aunque siempre tuvimos la sospecha de que eso no era así, pues los mochuelos son muy diligentes con sus nidos, y mucho más con sus crías, pero mi madre, que siempre decía que no se había de discutir lo que era evidente, dejándose engañar por el hombre, tomó entre sus amorosas manos, al desvalido patalete (1) y asumió, desde aquel momento, la obligación de cuidarlo.

No resultó fácil que un animal salvaje, que solo se alimentaba de insectos y carne, abriese la boca y luego ingiriese el brebaje que mi madre le preparó, a base de pan migado y leche de cabra. Pero la tenacidad y constancia de mi progenitora, consiguió ese milagro, y una vez tomó su primer bocado, pude ver convertirse ante mis ojos, a un ave en mamífero.

Los mochuelos adultos son feos. Con una enorme cabeza, ojos grandes, cuerpo rechoncho, y patas rematadas en aceradas uñas, pero de polluelos, son auténticamente horrorosos.

La cabeza es gigantesca en proporción al cuerpo, y este, está recubierto por una pelusa, a medio camino entre pluma y pelo, que al ser rala, deja ver parte de su piel. Lo único que saben hacer - y eso desde que nacen - es comer y defecar, y lo segundo, en el caso de nuestro personaje, al habérsele alterado su metabolismo por el cambio alimentario, era descomunal.

Una vez hecho lo más difícil, es decir, que empezase a comer, tomamos los menores el relevo para cuidar al nuevo habitante de la casa, al que lo primero que se hizo, fue bautizar con el nombre de Arturo, un humano de ojos saltones, que la gente menuda odiaba cordialmente, debido a los sustos que solía darnos, haciendo horribles muecas con su cara.

En pocas semanas, el aspecto de Arturo cambió radicalmente, pronto se le empezó a caer el blancuzco manto que le cubría, siendo reemplazado por las plumas de su especie. No tardó mucho, en comenzar a dar pequeñas voladas por la casa, asustando con ellas, a canarios y jilgueros que en una jaula había, así como a las aves de corral mucho más grandes que él, y que pese a su tamaño, veían en nuestro amigo, un depredador poco digno de confianza.

El cambio de aspecto, produjo también otro, en los hábitos alimentarios de la rapaz, a la que dejó de hacer gracia el pan con leche, para fijarse en algo más consistente, como insectos, que empezó a cazar con sus garras.

Nunca cogí tantos saltamontes, como los que ahora eran necesarios para saciar a nuestro amigo, al que hube de ayudar, en su dieta, con algunas piltrafas de carne, que aunque eran igualmente devoradas, no constituían sin embargo su menú preferido, ya que lo realmente le gustaba era lo que cazaba.

Al poco, Arturo formaba parte de la familia. En su fealdad era hermoso. De su cabeza destacaba su pico curvo que chasqueaba al ser nombrado, y sus redondos ojos, siempre abiertos. Se movía libremente por la casa, de la que no se alejaba jamás, acudiendo a las llamadas por su nombre al momento, apoyándose en el hombro o la cabeza de quien lo hacía, y clavándole – como era natural – sus uñas al posarse.

En casa teníamos tres gatos - terror de pájaros y ratones - y que no bien vieron a Arturo moverse, seguramente pensaron, que sería una suculenta merienda.

Fue el gato más joven, el que con felinos andares, se fue aproximando a nuestro alado amigo. Arturo se mantuvo inmutable, pero algo debió advertir sobre las intenciones del minino, pues cuando se hallaba a menos de un palmo, abrió pico y alas, lanzando un estridente chillido, y embistiendo contra el micifuz, que escapó con el rabo hinchado como un plumero, sin que desde ese día, hiciese ningún otro acto de hostilidad contra el plumífero, que también le ignoraba completamente.

Y así fue transcurriendo todo el verano. Era normal que permaneciese durante rato, subido en alguno de nosotros en demanda de comida, dejándose acariciar - aunque sentía terror a que le sujetasen - y moviéndose entre los demás animales de la casa – perros y gatos – con total libertad.

Una tarde de otoño, casi anochecido, Arturo tardó más de lo común en responder a la llamada. Oíamos sus ruidos característicos, pero no venía como otras veces. Por fin, le vimos entre las ramas de un árbol próximo, acompañado de otro animal de su especie, que al advertirnos huyó volando. Cuando le conté a mi madre lo ocurrido, me dijo con su maravillosa sonrisa - Hijo, ve diciendo adiós a Arturo, porque la naturaleza le llama...

Entonces no entendí lo que ella quería decir, pero solo tres noches más tarde Arturo no vino a mi reclamo. El otro espécimen – macho o hembra nunca lo supe - volvió para recordarle que su vida era la tierra y la libertad, y él le hizo caso.

Me quedé, durante días, aguardando inútilmente su regreso, sin entender como era posible que prefiriese vagar errante por el campo, y renunciar a tener un techo y una comida segura.

Años más tarde, llegué a comprender a Arturo, y en mi fuero interno le envidié...

J. M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)

 (1) patalete – En mi tierra, cría pequeña de un ave

Félix María Calleja, un cruel perseguidor de los patriotas mejicanos.

 
Tal día como hoy 4 de marzo de 1813, se hace cargo del virreinato de México, Félix María Calleja, quien se distinguirá como sanguinario perseguidor de los patriotas insurgentes.

Félix María Calleja del Rey, fue un militar y político español, Jefe Político de Nueva España y luego virrey, durante la Guerra de Independencia de México, que se distinguió por sus métodos expeditivos contra los rebeldes a los que prácticamente desarticuló.

Ingresó muy joven al servicio de las armas, donde se distinguió por su inteligencia, interviniendo en la reconquista de Mahón en 1782 y también, en el infructuoso sitio de Gibraltar, estando conceptuado como hombre serio y riguroso, que en México, reprimió con severidad las rebeliones del virreinato, luchando también contra indios y filibusteros que se infiltraban en Tejas.

El ejército rebelde mexicano, en 1810 comandado por el cura Miguel Hidalgo, cometió vandálicos excesos en Guanajuato, por lo que el virrey ordenó a Calleja, marchar contra él, siendo esta por primera vez su enfrentamiento con los insurgentes, a los que derrotó por completo.

Capturó a unos seiscientos rebeldes, así como armamento y pertrechos infligiéndoles terribles bajas y capturando a sus principales líderes, como Hidalgo, Allende y otros, juzgados en consejo de guerra y fusilados en Chihuahua, siendo recompensado con el título de conde de Calderón.

Después de fracasar en el sitio de Cuautla, regresó a ciudad de México, conspirando contra el Jefe Político, a quien consideraba incapaz de someter a los rebeldes, por lo que el 4 de marzo recaería el cargo en su persona y de manera inmediata, se puso a reorganizar el gobierno, la hacienda y el ejército mal pertrechado, al que se debían sueldos, confiscando propiedades de la Inquisición, abolida en España en 1812 e hipotecando las alcabalas, con lo cual organizó un ejército poderoso, bien equipado, pagado y disciplinado, de 39.000 hombres y 44.000 milicianos y restableció el libre comercio y reorganizó el servicio postal.

Con la llegada del “Deseado” el rey Fernando VII, se abolió la constitución de Cádiz y  como él era un convencido absolutista, pasó de ser Virrey de la Nueva España, venciendo a Morelos en la batalla de las Lomas de Santa María, siendo este  también  fusilado en 1815.

Sin duda fue un hombre brillante y resuelto, pero de nulos escrúpulos, que para acabar con los rebeldes hizo ahorcar a uno de cada diez o cada cinco, de los varones de aldeas y pueblos que les habían apoyado, por lo que fue profundamente odiado a causa de sus medidas brutales, que hábilmente exageradas por los rebeldes, provocaron al final un rebrote de la insurgencia, pues se empezó a ver en estos actos, una muestra de la injusticia del gobierno realista, e incluso algunos de los mismos realistas, temerosos de perder sus lucrativas posiciones, lo acusaron de ser la causa principal por la que seguían en armas algunas partidas de rebeldes tras la muerte de Morelos.

Las quejas contra su gobierno, llegaron a las Cortes de Cádiz, por lo que fue relevado del gobierno virreinal en septiembre de 1816.

A su regreso a España en 1818, se le concedieron las más altas distinciones siendo nombrado capitán general de Andalucía y Fernando VII le encargó, organizar un ejército para reconquistar los territorios americanos, que sería el que se alzó en Las Cabezas de San Juan en enero de 1820, lo cual inició el “Trienio Constitucional” y acabó con la posibilidad de restaurar el dominio en América.

Hecho prisionero por Rafael de Riego, estuvo encarcelado en Mallorca hasta la restauración absolutista de 1823, cuando volvió al servicio como capitán general de Valencia, puesto en que  murió en 1828.


jueves, 3 de marzo de 2016

Artistas

 

Desde que el hombre fue algo más que un medio mono, siempre ha sentido inclinaciones artísticas. Aunque bien es cierto que, aún hoy no está claro, si los bisontes que se pintaron - pongo por caso - en Altamira, se hicieron porque el pintor sintió la necesidad artística de plasmarlos, o porque – desde un punto de vista mítico – pensaba que así atraería mejor la caza.

De cualquier forma, y sin perdernos en disquisiciones artístico-religiosas, que de seguro a nada nos conducirían, he conocido a algunos artistas, que tenían mucho más de pillos que de lo otro.

Como ejemplo de ello, recuerdo a un escritor, que tuve ocasión de tratar hace años en una tertulia literaria, famoso en ella por sus enrevesados ensayos, ya que cuando los habías leído - desde el título hasta la firma - te quedaba la impresión de no haber entendido, lo que, con un lenguaje extravagante, inusual y exótico, el autor quería demostrar.

Por contra – cuando lo conocías – era una persona de muy afable trato y un día en confianza, y tras haber apurado varias jarras de cervezas, le pregunté cual era su pensamiento respecto a lo que escribía, y nuestro hombre con el ánimo alegre por la ingesta de la bebida me confesó:

-Verás, yo en realidad, no tengo línea argumental definida
– afirmó con la mayor naturalidad – lo que pretendo, es hacer mis escritos lo más farragosos y complejos posible, y luego leo las críticas especializadas, y así me entero de lo que he querido decir…Mientras más cosas raras digo, mejor dicen que lo hago….concluyó en tanto apuraba su bebida.

Aunque el personaje referido no era un artista, en el sentido más estricto del término, si creo que su forma de hacer responde a como algunos “creadores” profesionales de arte – con la eficiente ayuda de la sempiterna estupidez humana - actúan muchas veces con sus obras.

Cuando hablas con alguno de estos supuestos genios, sobre su creación artística, e indagas, el sentido de tal o cual obra – lo cual siempre se ha de hacer con sumo cuidado – el aludido, mirándote por encima del hombro, como si estuviese dirigiéndose a un  lelo integral, argumenta con el aplomo del que posee la verdad absoluta:
 
-“Mira, lo que te pasa, es que no estás preparado para entender mi obra…”
sin aclarar en cambio nada, sobre la cuestión que se le plantea, por lo que siempre te queda la duda, sobre si sabía o no que contestarte.

Argumentan – y en eso estoy absolutamente de acuerdo con ellos - que se requiere de una previa y adecuada preparación, para poder entender obras como las que  realizan. Es bien cierto, que una cara pintada de perfil cuyos ojos y boca aparecen de frente, o un “paisaje de invierno” representado por un lienzo gris, con varios trazos negros en el centro, exigen – sin duda – de un profundo cursillo en la materia, para poder ser apreciados, comprendidos y disfrutados.

Pero la anécdota que, a mi entender, ilustra mejor este mundo de artistas y picaros, fue lo que sucedió hace algún tiempo, con ocasión de la inauguración de una exposición de pintura de última generación - de un  artista de medio pelo -  y a la que por motivos de una repentina enfermedad del autor, no pudo este asistir a su montaje, dando comienzo sin su presencia.

El acto de apertura constituyó un éxito absoluto, básicamente porque los canapés que costeó el patrocinador, fueron de una calidad extraordinaria, y todos los asistentes, entre bocado y copa de cava, alabaron hasta la saciedad la belleza de la obra, sobre todo una de ellas, colocada en lugar preeminente de la exposición, siguiendo las precisas instrucciones de su autor, ante la que se glosó – al calor de las viandas - la figura del artista, lo comprometido de su producción, y el gran paso que para el arte suponía su pintura, y su obra en general.

No obstante, cuando días más tarde – ya repuesto de su dolencia - el "creador" visitó la exposición, su semblante se demudó al ver como estaba colocado el cuadro, joya de su colección y niña de sus ojos, ya que – por un error incomprensible – lo habían colgado del revés.

La obra, de grandes dimensiones y titulada “La soledad”, estaba pintada mediante una sucesión de bandas de diversos colores que cubrían toda la tela, destacando un solitario punto negro en el centro del lienzo.

Sin duda alguna – pensé al saberlo - podía haber estado colgado al derecho, al revés o por una de sus esquinas y el efecto, en el ánimo del espectador, hubiese sido exactamente el mismo.

Hace poco, en un tratado de arte leí su moderna definición, y entonces lo comprendí todo de golpe. “El arte - decía - es el reflejo de la sociedad existente, en el momento en que se crea…”

Yo no sé a ti - amigo lector - pero a mi desde ese momento, me quedó todo total y absolutamente claro.

J. M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)





El final del califato de Córdoba.

Tal día como hoy 3 de marzo de 1009, es asesinado Abd al Rahmán Sanchul, también conocido por “Sanchuelo”, quien se había hecho proclamar heredero del califato de Córdoba.

Abd al-Raḥmān ibn Sanchul, conocido en las crónicas cristianos como Sanchuelo, era hijo del caudillo Almanzor y Abda, nombre árabe que adoptó una hija del rey Sancho Garcés II de Pamplona, y según las crónicas el parecido físico con su abuelo materno, hizo que le denominaran “Sanchuelo”.

Las relaciones familiares no parece que fuesen malas, ya que sobre el 992 el rey navarro anunció una visita a su yerno Almanzor, para intentar acabar los ataques cordobeses, tras la ruptura del pacto entre ambos aquel año, Sancho II fue recibido en al-Zahira con gran pompa, encontrándose con su nieto, al que de acuerdo con las crónicas árabes, “besó los pies”.

En octubre de 1008, a la muerte de su medio hermano Abd al-Malik, de la que se rumoreó podía haber sido causante, Sanchuelo le sucedió en el poder como chambelán del califa Hisham II, recibiendo el título de Nasir al-Dawla “Defensor de la Dinastía” y poco después el de “el Fidedigno” lo cual fue mal visto por el pueblo, pues rompía la tradición que hasta entonces era de recibir sobrenombres militares, aunque a fin de congraciarse, inició una campaña contra los cristianos para justificarse con éxitos militares.

Pero las luchas entre bereberes, eslavos y árabes, junto a su escasa capacidad para el gobierno, provocaron un periodo de anarquía que acabó con el Califato de Córdoba, pues durante el poco tiempo que ejerció el cargo, se desentendió del gobierno, llevando una vida de placeres y lujos a la que Sanchuelo se aficionó.

No tardaron en correr rumores sobre su adicción al vino y las mujeres, pero su mayor error fue  hacerse nombrar heredero de Hisham II, en contra de la política de su padre Almanzor, cambio este que soliviantó a los árabes, tradicionalistas y eslavos, fieles a los omeyas.

Su fin llegó, cuando para ganar prestigio, inició una campaña militar, buscando a la vez el apoyo del pueblo, pero debido al descontento, pocos se alistaron en su ejército aunque sí lo hicieron todos los mercenarios bereberes africanos, que recibían una paga doble, mediante un impuesto que debían pagar los habitantes de cada localidad, por lo que eran odiados por la población.

En el invierno del 1008, y aunque le advirtieron que la campaña era inoportuna, se dirigió al norte   y la ciudad quedó en manos de sus enemigos, por lo que no tardó en estallar la revuelta, acaudillada por un biznieto de Abderramán III,  haciéndose con el control de Córdoba  y obligando a Hisham II a abdicar en su favor, encerrando en prisión del califa y arrasando al-Zahira donde habían organizado una corte alternativa.

Sanchuelo tuvo noticia de estos hechos y ordenó el regreso a la capital pero, el ejército le fue abandonando por el camino, aunque desdeñando consejos, decidido marchar a Córdoba con los pocos fieles que le siguieron, siendo apresado el 3 de marzo de 1009, decapitado y su cadáver embalsamado, crucificado y escarnecido por el populacho.

Los mercenarios bereberes, reaccionaron buscando un muevo pretendiente omeya, biznieto de Abderramán III, que también fue asesinado, mientras se ordenaba su persecución y un pago por cada cabeza que se le entregasen mientras sus mujeres acabaron  siendo vendidas

Los bereberes sobrevivientes, escapados de Córdoba, encontraron un nuevo pretendiente al trono en Sulaymān, otro biznieto de Abderramán III y se inició así una larga y devastadora guerra civil.

El califato de Córdoba, había  dejado de existir.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Alcaldes


ALCALDES
 
Hace setenta años en este país, los alcaldes de nuestros municipios pertenecían ya a la tecnología digital, quiero decir - naturalmente - que todos ellos eran designados a dedo.

Sin embargo no todos - y esto se explica para aquellos que no vivieron la época – presentaban, ni mucho menos, características comunes, ni asumían el cargo de idéntica manera. Los había, que ansiaban con toda su alma ser nombrados, los había indiferentes al nombramiento y también - aunque pocos - se daban casos de alcaldes designados contra su voluntad, o al menos al margen de ella.

Un ejemplo de esto último fue el del alcalde de Azalea, pueblo serrano de no más de trescientos habitantes, al que un día sorprendió una misiva oficial en la que se le notificaba que “de orden superior” debía asumir, a partir de aquel momento, la máxima magistratura municipal.

Nuestro hombre, persona justa y de rectas costumbres, que de haber concurrido a unas elecciones libres para el cargo, sin duda habría obtenido la confianza de sus vecinos, tomó la orden con espíritu disciplinado, y se dispuso a desempeñar, lo mejor que pudo, la nueva tarea.

No obstante, desde el principio, él entendió que sus obligaciones en el ayuntamiento, no podían ser menoscabo, de sus deberes como labrador y por ello, cada mañana - pregonero municipal incluido - mandaba decir en la única plaza del pueblo el siguiente bando, mientras aguardaba junto a sus bueyes. "Se hace saber, que el que quiera justicia que lo diga, que el alcalde se va a arar…”

Acabado el pregón, y de no haber requerimiento, nuestro hombre, precedido de sus animales, y sin otra vara de mando que la aguijada para la labor, se dirigía hacia sus tierras en donde, día tras día, permanecía trabajando incansable hasta la caída de la noche.

El alcalde de Alameda, por contra era la antítesis del anterior y vivía por, y para ser alcalde. Antes de serlo, ofreció, prometió y suplicó a los que habían de nombrarle, y una vez logrado esto, desempeñó - al dictado del mando - su función lo mejor que sabía y podía, por lo cual y como premio, se perpetuaba ya en su puesto, algo más de una década.

En cierta ocasión, una importante autoridad provincial, valedor suyo, anunció una gira política por los pueblos de la comarca, con la intención de conocer los logros del sistema y repartir a diestro y siniestro, un rosario de promesas que luego - salvo contadísimas excepciones - no eran cumplidas jamás.

El alcalde, con ánimo de agradar, puso todo su empeño en organizar el evento: recurrió a las amistades, mandó repartir bebidas y bocadillos a costa del magro presupuesto municipal, se hizo pagar antiguos favores, incluso personales, y con todo ello logró un aceptable auditorio, para asistir al discurso del prócer.

Y llegó por fin el gran día. Balcones engalanados, calles limpias, fachadas encaladas y bandera nacional luciendo en la fachada del consistorio, daban al pueblo aspecto de fiesta mayor. Todo parecía perfecto, pero entonces actúo la fatalidad. Ya en la tribuna, el secretario del jerarca visitante, pasó a este por error, el texto del discurso que había de pronunciarse en otro pueblo cercano, y en el que se contenía la promesa - entre otras - de la construcción de un puente sobre su río, al objeto de evitar el aislamiento, durante las crecidas del invierno.

Desgraciadamente, Alameda no tenía río, y al oír el proyecto, el auditorio, prorrumpió en una carcajada general, en tanto que uno de ellos, más osado que el resto, exclamó a voz en cuello.

¡Pero si en este pueblo no tenemos río!
El alcalde, advirtiendo lo grave del momento, y temiendo que la reunión se convirtiese en un choteo general por parte del paisanaje, atajó el tumulto gritando desde la tribuna.

¡Eso no importa, si hace falta un río, lo traeremos nosotros a cántaros y pipotes! (1)

Al oír esto, sus leales, que eran mayoría, prorrumpieron en una estruendosa ovación, y el acto acabó con toda normalidad.

El alcalde de Álora, respondía a las características del tercer grupo. Estaba en el cargo “porque tenía que estar”, y con esta filosofía gobernaba el municipio, al modo que lo hiciera Sancho Panza en la Ínsula Barataria, es decir, adaptando la realidad a la circunstancia.

Se acababa de inaugurar - con ímprobos esfuerzos económicos - la traída del agua hasta el pueblo, liberando a la ciudadanía por primera vez en su historia, de acarrear el líquido elemento desde la fuente distante más de cinco kilómetros de la población, y todos se sentían satisfechos, mirándose orgullosos, en su sin par obra pública.

Una mañana, a eso de las siete, unos golpes sonaron a la puerta de la primera autoridad y ésta, aún con traje de dormir, se asomó somnoliento a la calle, donde más de veinte vecinos, encabezados por el ujier municipal, todos hablando al unísono y notablemente alterados, le abordaron.

Restablecida, no sin dificultades la calma, se le informó de lo que sucedía. Durante la noche, alguien, sin que se supiese quien era - pero evidentemente un desalmado - había realizado sus necesidades mayores, y seguramente también menores - aunque de estas últimas no quedaban evidencias - en el estanque general, de donde se repartía el agua a la población.

Todos aportaban - al tiempo - soluciones al problema: para unos había que levantar las tuberías, para otros sería preciso vaciar los miles de litros del estanque y esperar un tiempo, para los terceros, lo mejor era llamar a un equipo de desinfección de la capital, y esterilizar toda la zona...

El alcalde, que veía quiméricos todos los proyectos que se barajaban, dado el estado de ruina total de las arcas municipales, aún medio dormido y tras reclamar silencio concluyó conciliador.

-Bueno señores... y digo yo... que una mierda para tantos como somos...

Ninguna de las obras propuestas se llevó a efecto, quitada la que, momentos después de lo narrado, efectúo el barrendero municipal, provisto de cubo y pala, en el estanque del suministro

(1) pipote = barril pequeño

J. M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)

El descubridor de las cataratas de Iguazú.

Tal día como hoy 2 de marzo de 1542 Alvar Núñez Cabeza de Vaca, de Jerez de la Frontera - Cádiz - descubre las cataratas del Iguazú.

Álvar Núñez fue un descubridor y conquistador, que exploró la costa sur de Norteamérica desde Florida hasta el Golfo de California, territorios que pasaron al Imperio Español, recibiendo del rey Carlos I el título de Segundo Adelantado, capitán general y gobernador del Río de la Plata, siendo el primer europeo en llegar a las cataratas del Iguazú.

Era de familia hidalga y en 1512 se alistó para luchar contra Francia y posteriormente, participó en la Guerra de las Comunidades en 1520, embarcando en junio de 1527, hacia América, como tesorero y alguacil mayor del gobernador Pánfilo de Narváez, para conquistar Florida y buscar la “Fuente de la eterna juventud”, llegando a esta península en abril de 1528.

A su llegada, los indios les indicaron que el oro se encontraba "más allá", adentrándose de forma imprudente en un territorio hostil, sin alimentos ni modo de comunicarse y al poco empezaron las penurias, habiendo de comerse los caballos  y sufriendo continuos ataques de los indios.

Sin cañones ni materiales, los fabricaron de palo y pieles de ciervos e hicieron cinco barcazas, para navegar por la costa hacia el Este, hasta que solo 15 hombres quedaron vivos, siendo bien tratados por los indios y luego repartidos como sirvientes de estos y, tras seis años de vida como indígenas, aprendieron a tejer el mimbre, el camuflaje y la guerrilla, así como el curanderismo, mezclado con conocimientos médicos europeos.

Creyendo que en el norte encontrarían oro, remontaron el río Bravo, ejerciendo de curanderos mediante imponer manos y rezar avemarías y padrenuestros en latín, pero cuando Cabeza de Vaca extrajo una flecha que un indígena tenía clavada cerca del corazón, su fama de curandero entre las tribus no les abandonó, ganándose la voluntad de los nativos.

Durante el viaje, escribió observaciones etnográficas sobre indígenas del golfo de México, que plasmó en “Naufragios”, considerada la primera narración histórica sobre Estados Unidos, en la cual describe sus vivencias y las de sus tres compañeros, que atravesaron a pie el suroeste de los actuales Estados Unidos y el norte de México.

Los cuatro supervivientes, hablaron a los españoles sobre comentarios de “ciudades colmadas de oro” por lo que el virrey de Nueva España, organizó una expedición para encontrar el lugar pero la búsqueda fue infructuosa y demostró que todo era falso.

Vuelto a España en 1537, consiguió el título de Segundo Adelantado del Río de la Plata, regresando en 1541 para llegar a Asunción del Paraguay, sede de la gobernación, cruzando con su expedición la selva y descubriendo las cataratas del Iguazú: “el río da un salto por unas peñas abajo muy altas, y da el agua en lo bajo de la tierra tan grande golpe que de muy lejos se oye; y la espuma del agua, como cae con tanta fuerza, sube en alto dos lanzas y más”.

Pronto entró en conflicto con los colonos españoles allí establecidos, que rechazaban su autoridad, sus proyectos de organizar la colonia y erradicar la anarquía, por lo que se sublevaron en 1544 enviándole a España acusado de abuso de poder, aunque en realidad era por haber exigido el cumplimiento de las Leyes de Indias, que protegían a los indios, sin embargo el Consejo de Indias lo desterró a Orán en 1545, aunque no llegó a cumplirlo pues recurrió para ver restablecido su honor, aunque  no su hacienda.

Aunque los últimos años de su vida son una incógnita, se sabe que murió en Sevilla el 27 de mayo en 1559, siendo improbable, como se ha afirmado, que tuviera algún cargo de relevancia en sus últimos años e incluso es posible, que tomase los hábitos y acabase sus días como monje en un monasterio.

martes, 1 de marzo de 2016

Aeropifias

 

Sé, que los lugares no son singulares en si, sino que los hacen singulares las gentes que en ellos habitan o por ellos discurren, y esto sucede - entre otros muchos - con el Aeropuerto de Barcelona.

Tuve la fortuna de verlo crecer, desde modesto aeropuerto de provincia, en donde las gentes recibían a pie de avión a los que llegaban, hasta el centro cosmopolita que ahora es. Cruce de caminos del mundo, lugar de tránsito de seres de todas las razas, y fatal punto de atracción de cacos internacionales, que en una jornada laboral de pocas horas en sus vestíbulos, pueden obtener - si esquivan a la policía - más beneficios, que un mortal corriente durante todo un año.

No hablaré hoy - sin embargo - de cacos, y eso que materia hay para escribir varios libros, sino de otra clase de sucesos, no menos curiosos ni singulares.

Hace unos años, frente al edificio terminal del Puente Aéreo, colocaron - con asistencia de autoridades y próceres en su inauguración - el llamado Monumento al viajero, que está formado por una enorme estructura vertical, tipo dolmen megalítico, a cuyo lado hay dos maletas de bronce, adosadas al suelo.

El pedrusco, quiere representar la figura de un pasajero, y según decía un chusco ocurrente, nada más inaugurado, y al coincidir con una huelga de las compañías aéreas, no podía haber mejor semblanza, ya que cuando se informaba a los viajeros, que sus vuelos habían sido cancelados, todos se quedaban al instante, de piedra.

Casi no había concluido el acto inaugural, y aún flotaba en el ambiente el eco de los discursos, cuando un bromista ocioso - que siempre los hay - había ya colocado en las asas de ambas maletas, unas etiquetas de las usadas para distinguirlas en vuelo, por lo que, a simple vista - al ser nuevas - daban la impresión de estar abandonadas, y al poco, había ya intentado hacerse con ellas, más de un ciudadano, no se sabe si con la sana intención de devolverlas, o despistarlas para siempre.

El caso fue, que cuando Onofre comenzó su servicio de noche, en su puesto de vigilante, nadie le avisó de la inauguración del nuevo monumento.

No había dado ni diez pasos fuera del edificio, cuando sus ojos quedaron prendidos de las “abandonadas maletas”. Actuó como mandaba el manual, primero se acercó a ellas, después se colocó al lado, mirando atentamente en todas direcciones, en búsqueda del despistado dueño, pero… nada, no había nadie. De repente, una idea recibida durante el curso de seguridad, acudió rauda a su caletre. “Las maletas bomba tienen apariencia de normales, incluso llevan etiquetas de vuelo. Jamás deben ser manipuladas, y se dará inmediato aviso a….”

Quince minutos más tarde, policías, artificieros, perros anti-explosivos, ambulancias, e incluso una dotación de bomberos, habían sido alertados por nuestro hombre, y tras acotar y acordonar la zona, se acercaban con todo tipo de precauciones, al sospechoso equipaje.
   
Estaban ya a punto de detonarlo, cuando pasó junto a la línea de seguridad policial, un empleado que salía de trabajar, y había presenciado aquella tarde, la inauguración del monolito. Al observar el despliegue jocosamente comentó -¡Hombre, puede que el monumento no sea una maravilla, pero tanto como para  volarlo…!
   
Mientras todos los efectivos movilizados retiraban sus bártulos, dedicando de paso los más floridos elogios a la sagacidad de Onofre, este, aún se acercó con prevención a las maletas, y mientras las golpeaba con el pie, y arrancaba las etiquetas exclamó ¡Pues bien que parecían de verdad!
   
Pero al fin y al cabo, nuestro héroe no era sino un simple vigilante, de escaso cacumen, que solo con intentar pensar ya sufría de jaqueca. Mucho más curioso aún, fue el asunto de los andamios.
   
Sucedió poco antes de los Juegos Olímpicos del l992, cuando se andaba con prisas por acabar unas obras, que de no ser por la olimpiada, quizás hubiesen tardado años en acometerse. Estaba el aeropuerto a medio construir, y trabajar en él era cosa de locos, cuando se recibió la noticia de una inspección que un destacado prócer político, representando al gobierno central, iba a realizar en breve, con la loable finalidad de obtener las reglamentarias fotos de prensa, y así justificar - de paso - como se ganaba el sueldo.
   
En el periplo inspector, que se inició nada más tomar tierra el avión del preboste, no faltaba nadie, desde las máximas autoridades provinciales, hasta el director del aeropuerto, pasando por un ejército de ingenieros, aparejadores, encargados de obra, chupatintas e inútiles varios, que siempre están en tales lugares al objeto de hacer bulto, y todos ellos - jerarca incluido - con un ridículo casco de obra en la cabeza - nuevo para la ocasión - como si fuesen esforzados obreros.
   
El edificio se construyó en gran parte - y así continúa hoy día - con paredes de cristales dobles, y entre ambas, al objeto de dar la necesaria solidez al conjunto, un entramado de metal que recuerda, por su forma, un andamio de los utilizados en construcción, y que al ser el conjunto transparente, es visible por ambos lados.
   
El gerifalte, tras haber expresado en reiteradas ocasiones, su gran satisfacción por la marcha de las obras, en una de estas, se dirigió al director, y con la mayor naturalidad le dijo: - Todo está quedando magnífico…soberbio, pero ¿cuando quitarán el andamio de los cristales?
   
El funcionario, con cara de estar jugando al póquer, intentó explicar al alto responsable - procurando no sufrir un ataque de hilaridad mientras lo hacía - la finalidad de tales “andamios”.
   
Si alguna vez, amigo lector, vas al Aeropuerto de Barcelona, no dejes de visitar las maletas abandonadas, ni de admirar los andamios, que - naturalmente - aún no han sido desmontados.

Yo cada vez que lo hago, no puedo evitar partirme de risa.

J. M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)       

Apuntes sobre el transporte de diligencias en España.

Tal día como hoy 1 de marzo de 1815, se establece el primer sistema de diligencias, que unía Reus y Barcelona en once horas y media de viaje.

La efemérides de hoy, pretende hacer un pequeño recorrido por el tiempo, cuando las primeras diligencias anduvieron los caminos de Europa, pues durante siglos los viajes se efectuaban a caballo, debido al estado de los caminos, que eran los que habían construido los romanos, faltos de  mantenimiento y ciudados.

En la España de Carlos III, la construcción de nuevas vías y la mejora de las existentes, poco a poco incrementó el uso de carruajes y con ellos un nuevo negocio; el transporte de viajeros y mercancías.

Así en 1771, en Barcelona, se estableció un servicio de Diligencia a Madrid y Cádiz, pero a pesar de tener la real cédula, no se llevó a cabo, aunque existían rutas con “galeras” - carros con toldo - y en 1783 se inició un servicio de diligencia desde Madrid a Bayona, que tardaba seis días en verano y algunos más en invierno.

En 1815 se estableció una diligencia regular entre Barcelona y Reus, con notable éxito, lo que animó a otros para hacerlo en otras carreras, aunque el pésimo estado de las posadas, lo mal atendidos que estaban los caminos tras la guerra de la Independencia y la inseguridad que ofrecían, obligaban a establecer costosas escoltas, todo lo cual eran obstáculos para las empresas.

La primera de las línea de la empresa “Diligencia-Correo” fue de Barcelona a Valencia en 1818, extendiéndola a Madrid en 1819, y en 1822 de Madrid a Sevilla y Aranjuez, pero en 1825 la empresa se dividió, en dos: “Sociedad de Diligencias y Mensagerias de Cataluña” con sede en Barcelona y “Compañía de Reales Diligencias”en Madrid, que en Cataluña se extendían hasta Aragón y Valencia, y la de Madrid el resto de España.

En 1840 empieza la época dorada de las diligencias y los coches de seis asientos, llegan hasta los veintidós, con ruedas con diferencial para las curvas; ballestas como amortiguadores, farol exterior y candelabros interiores con velas y cuatro departamentos: berlina, interior, rotonda y cabriolé.

La “berlina” era la parte delantera, con ventanas al frente, asiento con cuatro plazas y accesos laterales; la “rotonda” la parte posterior del vehículo con asientos paralelos a la dirección de la marcha y de espaldas, a las ventanillas y acceso por la puerta trasera y el “cabriolé” lo tenían las diligencias con capota y asientos en el pescante, junto al “mayoral” y al “zagal”, además de los escopeteros de protección que viajaban en la “baca”.

El mayoral, llevaba la hoja de ruta y listado de viajeros, cuidándose de las reparaciones ayudado por el zagal, encargado del tiro y los relevos, o cuando las condiciones del camino lo requerían,  guiar al tiro, que estaba constituido por seis, ocho o diez caballos, que se renovaban cada treinta kilómetros, a los que en las rampas difíciles, se enganchaban animales de refresco e incluso bueyes.

Las compañías de las diligencias exigían a las posadas y a los paradores habitaciones y comedores, así como que “la ropa blanca se cambiara después de cada uso" y en el “Manual de Diligencias” de 1842, se establecía que el desayuno constaba de una jícara de chocolate, o taza de café con leche, tostadas de pan, o un par de huevos con pan; el almuerzo sopa o potaje, huevos con jamón, asado, una menestra y postre, con pan y vino a discreción; y la cena puchero de gallina, garbanzos, tocino y chorizo; jamón y morcilla, ensalada, postres, pan y vino, y copa de Jerez o aguardiente.

Mariano José de Larra, en su artículo “La diligencia”, de abril de 1835, señala cómo este medio aunó por primera vez el transporte de diferentes clases sociales, tanto ricos como pobres y no desapareció con el ferrocarril, sino que se popularizó en rutas más cortas, llegando a pervivir hasta la posguerra, debido a la escasez de neumáticos y combustible.