sábado, 5 de marzo de 2016

Automóviles

Cosas del lugá

Tendría yo unos cinco o seis años, la primera vez que tuve ocasión de ver un automóvil de cerca. Era un atrotinado Ford color negro, de líneas cuadradas y fabricado a  finales de los años treinta, que compró un vecino de la comarca, tenido por pudiente.
        
Al poco de ponerlo en marcha, se advirtieron unos ruidos extraños en el motor, y tras levantar el capó - que recordaba la tapa de un piano - un aficionado a la mecánica de la localidad, sujetó las piezas causantes del runrún, con el alambre de un tendedero, y – echando más humo que una chimenea - fue de nuevo puesto en marcha.

En aquella época, los rapaces solíamos ir corriendo hasta la carretera, para ver pasar los escasísimos coches que por ella transitaban, lo cual era para nosotros – niños de campo - un auténtico espectáculo festivo.

No obstante, pocos años después de lo que cuento, y tras algunas maravillas de la industria nacional, como el “Biscuter”, automóvil – por decir algo – de dos plazas, que carecía de marcha atrás y cuando se aparcaba, había que retranquearlo a mano, llegaron a nuestro país los utilitarios, primero los modelos Renault, y poco más tarde, el que sería emblema del desarrollo de nuestro país, el SEAT 600.

Sin embargo, además de muy caros, los coches eran escasos, y por ello, cuando querías comprarte uno, habías de apuntarte en una interminable lista en la casa fabricante, para la que se recurría a recomendaciones – incluso del Ministerio – al objeto de adelantar puestos en ella, ya que la factoría no daba abasto para atender la creciente demanda.

Apuntarse significaba solo eso, apuntarse, porque el paciente ciudadano, no podía elegir el color del vehículo y mucho menos su tapicería, de forma que mientras trascurrían los meses y hasta años, en que tardaban en darte el coche, la familia hacía apuestas y cábalas, sobre cual sería el color que les “tocaría”, y que era innegociable.    

Debido a esto, a menudo - tras la larga espera - te endilgaban un automóvil de un tono granate que dolía la vista con tan solo mirarlo, o de un celeste pálido, que ni en tus más extraviadas pesadillas habías imaginado, al ser ese el que, él preclaro ingeniero de diseño, había previsto para aquella serie.

Pese al riesgo de los colorines, el día de la entrega, la familia entera vestida de domingo – suegros incluidos – iba al concesionario y una vez admirada la maravilla técnica, montaban todos en el vehículo -a veces nueve personas o más - e iniciaban la ruta hacia casa, a donde -de forma milagrosa- solían llegar, convirtiéndose de inmediato en la comidilla del vecindario.

Tan popular fue el referido modelo, que en los años del naciente desarrollo español, nuestras raquíticas carreteras, se veían cada verano invadidas por miles de familias veraneante, que al ritmo de la canción “Adelante hombre del seiscientos…” viajaban atravesando el país de un lado a otro, en aquellos artilugios dignos de monumento, por su resistencia.

Ahora, las cosas han cambiado tanto que – debido a la crisis económica – si te detienes más de tres minutos, en el escaparate de un concesionario, no es extraño que un vendedor salga a la puerta, por si estás pensando comprarte un coche, y al momento ponga a tu disposición, todas las formas, colores y tipos que imaginar puedas.

La historia que hoy quiero contarte – amigo lector – corresponde, sin embargo, a la época en que los automóviles eran objetos caros, raros y de lujo

Se apellidaba Barrios y ostentaba el cargo, de capitán de la benemérita en Álora, mi pueblo. Como buen agente del orden del antiguo régimen, era tiránico con sus subordinados, a los que llevaba a mal traer, y despótico con los ciudadanos - entonces súbditos - en una mezcla de prepotencia y mala educación, conjuntada al paso, con una mano larga y ligera, a la hora de repartir bofetadas ante cualquier atisbo, de lo que él considerase insolencia, insubordinación o desacato a la autoridad.

Nuestro hombre se apuntó – como uno más – en la lista de peticionarios para conseguir un coche, y tras la reglamentaria espera, recibió, en la forma descrita, un Renault modelo cuatro-cuatro, pequeño, y con motor trasero, que tenía tantas puertas y caballos fiscales, como personas cabían dentro.

El color era verde oliva brillante, que atentaba a kilómetros contra el buen gusto, aunque no bien lo hubo recogido, Barrios se desplazaba a todas partes embutido en su utilitario, para que – como era natural – todo el mundo supiese que lo tenía.

No tardó ni una semana en recibir el bautizo popular:
-¿Sabes que Barrios tiene un coche nuevo…?
- No, que va, no es un coche, es una aceituna…
- ¿ No ves que es verde y lleva el hueso dentro…?


Y sin salir del pueblo, quiero rematar la historia  con lo que – en el mundo de los coches – sucedió a Antonio. Fue más o menos coetáneo del anterior, y ya hacía décadas que trabajaba como funcionario del ayuntamiento, en donde la remuneración que obtenía daba  - como mucho – para un honroso pasar.

No obstante, un buen día el pueblo entero se sorprendió con la noticia; Antonio – con lo que ganaba - se había comprado un camión.

Todos juzgaron el hecho como un despropósito total, en primer lugar, por el precio - imposible de pagar con su sueldo - y luego, porque no era hombre que se hubiese dedicado nunca al transporte, y las bromas - como en el caso de Barrios - no tardaron en tomar carta de naturaleza.

- Antonio se ha comprado un camión... – decía  uno 
- Y, ¿donde lo va a meter, si no tiene garaje...?
 - Pues donde va a ser… ¡en el Ayuntamiento…!
 -¿Pero cabe allí un camión…?
 -Como no va a caber… ¿no ves que ha salido de allí…?


En mi pueblo, a todo lo que pasaba y en menos de lo que se dice, ya se le había sacado punta…

J. M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)

2 comentarios:

  1. Las dos anécdotas son verídicas; doy fe. Barrios, además del chascarrillo, dejó un recuerdo muy amargo..., eran otros tiempos.

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    1. Sé que lo sabes amigo. No escrito mas que cosas verídicas, si bien las novelo para no hacer odiosos a los personajes que lo son, porque no es esa esa mi intención.

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