miércoles, 16 de marzo de 2016

El aguinaldo


Cada año -  de manera inconsciente - cuando se acerca Navidad, me acuerdo de mí cada vez más, remota infancia.

Mis Navidades infantiles - aún de niño pobre - estuvieron siempre unidas a acontecimientos gozosos. En primer lugar, las clases en el colegio quedaban suspendidas, sobre el diez de diciembre  y no volvíamos a las aulas, hasta dos o tres días después de reyes, por lo que te pasabas un mes - al coleto - holgazaneando, haciendo hogueras al atardecer, o cabalgando con imaginarios caballos de caña, entre los juncos del arroyo Jevar, cuando este no andaba crecido.

En segundo lugar, se empezaba ya a redactar la carta para sus Majestades los Reyes de Oriente, en la que se podía pedir, todo aquello que te gustase, sin preocuparte por su importe, ya que ellos, "lo traían gratis". Y por último, y lo más importante, se respiraba el aire de la Navidad, y todos sentíamos la “obligación” de ser felices y querer más a los demás, porque así te lo decían desde el colegio, a la familia.

Ese cariño hacia los demás solía materializarse - como todo lo humano - en dádivas y regalos, ya fuese en el mismo día de Navidad y Reyes, o bien en el transcurso de las fiestas, mediante la costumbre del aguinaldo.

Para conseguirlos, no bien daban vacaciones en la escuela, cada tarde un grupo de rapaces, disfrazados - de lo que nosotros pensábamos debían ser pastores - y provistos de instrumentos aptos para hacer ruido, tales como, zambombas, panderetas, castañuelas, cañas e incluso botellas de anís “del mono", cuya superficie irregular permitía hacer sonidos, nos dirigíamos a las casas de la vecindad, a cuyas puertas, la emprendíamos a cánticos – desafinados y a voz en grito - que hacían que, por agotamiento, el paciente y resignado vecino, acabase sacando del bolsillo una o dos pesetas – como máximo – al objeto de que pasase de su puerta, aquel ruidoso y charanguero cáliz de amargura.

La verdad era, que más que villancicos, las canciones que entonábamos – sin ensayo previo, ni nada que se le pareciese - tenían más de suplicio auditivo que de acorde navideño.

Yo creo que quizás por eso, los vecinos a los que cada año castigábamos con ellos, accedían a darnos el poco dinero que a esto podían dedicar, al solo objeto de que nos mantuviésemos, lo más alejado posible de sus hogares.

Casi todo el mundo – no obstante - tomaba de buen grado la serenata, máxime si tenemos en cuenta, que los cantantes no superaba ninguno los ocho años, y con esa edad, casi todos los niños suelen ser más o menos soportables.

Cuando a eso de las ocho de la tarde acabábamos, habíamos logrado reunir entre ocho y diez pesetas, por lo que una jornada de cánticos, nos salía a cada uno – si tenemos en cuenta que éramos al menos siete – en poco más de una peseta por cabeza, sueldo con el que nos podíamos comprar dos barras de caramelo de colores, o pipas de girasol para varios días.

Si bien esto sucedía así en todos los casos, uno de nuestros clientes – el tacaño de Florencio – solía escaparse sin contribuir año tras año, porque, unas veces no estaba en casa, otras tenía que salir antes de nuestra llegada  y en ocasiones se encerraba en ella sin dar señales exteriores de vida. Aquel año sucedió exactamente eso.

Fue Pablito el que tuvo la brillante idea. Mientras nos apostábamos fuera de la vista, nuestro amigo, se colocó ante la vivienda y a voz en grito, exclamó -- ¡¡ Qué sé está quemando el pajar de Florencio..., Que se está quemando…!! y rápido como una centella, salió corriendo en dirección contraria a donde nos encontrábamos.

No había transcurrido ni medio minuto, cuando la puerta de la “deshabitada” casa se abrió, y apareció en su quicio – desencajado - nuestro héroe, que tras una rápida ojeada a su pajar, y comprobar que nada pasaba, se dispuso a desaparecer de nuevo en su interior. Vano intento, pues de detrás de cada árbol e instrumento musical en mano, aparecieron los copleros, que a grito pelado le cantaron:

“¡¡A tu puerta hemos llegado, cuatrocientos en cuadrilla.
Si quieres que te cantemos, saca cuatrocientas sillas.
Ande, ande, ande, la marimorena,
Ande, ande, ande, que hoy es Nochebuena ...!!.”


Aquel año, y por primera y única vez, Florencio nos obsequió con la fabulosa cantidad, de tres perras gordas.(1)
                   
J.M. Hidalgo ( Historias de Gente Singular)

(1) Una peseta es la 166,39 parte de un euro, y una perra gorda, la décima parte de una peseta.

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