domingo, 6 de marzo de 2016

Conchi


Una historia cruel

Siempre he sostenido - y ello me ha traído aparejadas no pocas discusiones - que los niños son los seres más crueles que existen. Y lo son - en mi opinión - por el hecho de que, teniendo como tienen idénticos  instintos que los adultos, carecen en cambio del doblez y la hipocresía, de los que estos andamos tan sobrados, y como consecuencia de ello, sus acciones son directas, descarnadas y terribles.

Si añadimos que los niños de los que ahora hablamos, vivían en la Andalucía rural de la posguerra, en donde casi nada era como parecía ser, su forma de actuar les podía convertir, ya desde su más tierna infancia, en personajes muy singulares.

Estas, y otras cosas, son las que acontecen en la historia que de seguida se relata.

Ella se llamaba Conchi, tenía diez años, era bonita y fresca como una flor de primavera, con una simpatía natural que se expandía siempre en su entorno. Sabía bailar, cantar y cautivar a todos con su encanto. Jamás su presencia pasaba desapercibida.

El se llamaba Fernando, cumplidos ya los doce años, era feo, desgarbado y tan tímido que hasta se sonrojaba al hablar, tenía la cara torturada por un creciente acné juvenil, que la daba un aspecto un tanto desagradable. Nadie le echaba en falta cuando se marchaba.

Ambos eran compañeros de clase, en la escuela rural de la Venta de Tendilla, en la vega de Álora, dirigida por la inolvidable maestra Doña Remedios, en la que desde los cinco a los trece años, convivían - sin separación de cursos ni sexos -  y en una amalgama de difícil control pedagógico, hasta cuarenta niños de las casas del entorno.

Fernando, desde su pupitre, situado en la tercera fila del lado de la escuela reservada a los niños, se pasaba las horas - en lugar de estudiando - contemplando los movimientos, las risas y la grácil figura de Conchi, sentada a escasos metros de él en los bancos destinados a las niñas. A su temprana edad, se había enamorado por primera vez, y hasta los tuétanos, de su condiscípula y solo vivía para su contemplación.

Conchi, no había ni tan siquiera reparado en ello, y ante esta actitud de indiferencia, su enamorado, venciendo su propia timidez, decidió pasar a una acción más directa y efectiva.

Desde que hizo firme este propósito, se convirtió en la sombra de la niña; cuando jugaban al corro se colocaba a su lado, si al escondite únicamente la buscaba a ella, a la salida del colegio la esperaba, a la entrada la acompañaba, en el recreo la seguía como un perro faldero, de continuo la obsequiaba con pequeños regalos...

A ella - al principio - no le desagradó el juego e incluso se sintió halagada por él, pero bien pronto, molesta por las bromas que había de soportar de los demás escolares, y cansada de tanta persecución, empezó a dar desplantes a Fernando con la idea de desengañarle, aunque este, lejos de captar su intención, y creyendo que eso no era sino síntoma de ser correspondido, continuó - con más intensidad si cabe - en su actitud de asedio y galanteo, por lo que Conchi, realmente enojada, decidió acabar - de una vez por todas - con tan  molesta situación.

Una tarde a la salida de clase, estaba como siempre Fernando aguardando la aparición de su enamorada, cuando advirtió que esta - contra lo que era su costumbre - se dirigía hacia él con una sonrisa dibujada en su cara.

El corazón le dio un vuelco, pero su azoramiento y nerviosismo llegaron al borde del infarto, cuando advirtió como la niña, con una mirada, que él juzgó de complicidad, extrajo de su cartera colegial un pequeño paquete, cuidadosamente envuelto en papel rojo y rodeado por una cinta azul, que acto seguido le tendió.

Mientras se lo entregaba le susurró muy quedo: - Esto es para ti, como muestra de lo que siento - le dijo - y mientras entornaba suavemente los ojos continuó.- Dentro hay algo muy mio...

Fernando creyó estar soñando despierto - ¡ por fin su amor se veía correspondido! - y como si la alegría pusiese alas en sus pies, salió corriendo en busca de soledad, en donde descubrir el presente de su amor.

Cuando estimó encontrarse bastante lejos de miradas indiscretas, se dispuso a abrir el regalo, pero con los nervios, en lugar de deshacer el nudo, solo logró atarlo aun más, por lo que - impaciente-  rasgó con los dedos el rojo papel del envoltorio.

Una masa viscosa salió de su interior y se extendió por sus manos. Fernando, sorprendido en principio, atrajo hacia si el paquete para - una vez comprobado su contenido - arrojarlo lejos, mientras gritaba desconcertado.

-Pero... pero... ¡ Madre mía...!, ¡ Si esto es mierda...!

El mensaje, aunque sin palabras, fue directo y definitivo, y reflejaba a la perfección y sin lugar a dudas, su sentimiento hacia él.

Hoy ambos, Conchi y Fernando son abuelos, aunque como ya habrás supuesto - amigo lector - no de los mismos nietos.

J. M. Hidalgo  (Historias de Gente Singular)





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