viernes, 18 de marzo de 2016

Cuando trabajar en España era un “deshonor”.

Tal día como hoy 18 de marzo de 1783, el rey Carlos III se ve obligado a promulgar una real cédula en la que se decreta que “trabajar no es un deshonor”.

Toda la sociedad española de su época, estaba imbuida del ideal nobiliario consistente en aspirar a la ociosidad, por lo que el trabajo estaba mal visto, de manera que en novelas famosas del Siglo de Oro y posteriores, se ensalzaba la vida y quehaceres del noble, el eclesiástico y el holgazán, mientras se criticaba, cuando no directamente se despreciaba a quién realmente realizaban los trabajos y  hacia – en suma – que el país funcionase.

Esta situación se encontraba así, cuando llegaron a España las primeras ideas de la ilustración, que  tuvieron gran influencia en aspectos económicos, políticos y sociales de la época y en este sentido, según expresó el conde de Campomanes, jurisconsulto y economista, Ministro de Hacienda en 1760 del primer gobierno reformista de Carlos III, en un discurso para intentar fomentar de la industria popular: “En España convendría poner en aprecio los oficios, y desterrar toda vulgaridad y preocupación en esta parte: de manera que la ociosidad y holgazanería, ó los verdaderos delitos, sea lo que deshonra, y jamás la honesta profesión de los oficios”.

Intentado combatir este general sentimiento nacional, tan negativo para la economía, el 18 de  marzo de 1783, Carlos III promulgaba una Real Cédula mediante la cual quedaban “dignificados socialmente los trabajos considerados hasta entonces como viles”.

Durante el siglo XVIII en España había una especie de “catálogo” de actividades que eran consideradas deshonrosas para quienes las realizaban, lo cual tenía además sus efectos colaterales, como que les quedaba vetado el camino para el ejercicio de cualquier cargo publico o para poder contraer matrimonio con personas “consideradas dignas”.

Aunque entre tales profesiones se hallaban algunas ya desaparecidas y que hasta su definitiva extinción siguieron consideradas indignas, como la de verdugo - lo cual indica la gigantesca hipocresía de la raza humana, pues todo el mundo lo consideraba necesario-  la inmensa mayoría de tales profesiones no tienen hoy este concepto y muchas de ellas gozan de un gran prestigio social para quienes las realiza.

Como norma, se consideraban indignas todas las que implicaban fabricar alguna cosa o realizar trabajos con las manos, como tejedores, zapateros, sastres, cardadores, etc y ello debido a prejuicios sociales heredados de antiguo, por un lado porque, estas profesiones habían sido realizadas siempre por judíos y moriscos, mientras por otra parte existía la conciencia popular de que la pureza de sangre y la hidalguía, estaban reñida con ellas, siendo solo considerabas como dignas, el ejercicio de las letras o de las armas, de modo que si no se hacia fortuna con estas, era preferible soportar la miseria, a la deshonra, lo cual a quien acababa por llevar a la ruina era al país.

No obstante, aunque en la real cédula de Carlos III se prometían incluso honores y dignidades a los que ejercieran estos oficios, ello resultó insuficiente para crear una auténtica conciencia social sobre el asunto, usándose la mejor propaganda de difusión de ideas de la época, que era el teatro.

Así, en ese mismo año y los siguientes, se estrenaron obras teatrales como “Los menestrales”, “El fabricante de paños”, “El vinatero de Madrid”, “La industriosa madrileña”, etc., comedias que desarrollaban en la escena, la vida honrosa y productiva de estos plebeyos ejemplares, con la intención de difundir, la idea de que cualquier trabajo era honesto, evitar el desprestigio de la actividad manual y lograr el avance económico mediante un aumento de la productividad, para lo cual se satirizaba al hidalgo empobrecido, que se jactaba de su abolengo y no tenía para comer, en oposición al plebeyo trabajador que, por este medio, lograba al final la condición de noble, siendo además rico.

4 comentarios:

  1. Atinada fotografía de la causa del "secular atraso" que Cervantes reflejó en la descripción del"Ingenioso hidalgo" y E. López Alarcón en su soneto "Un hidalgo" que abusando de la confianza hacia el lector me atrevo a transcribir:

    Ufano de su talle y su persona,
    con la altivez de un rey en el semblante,
    aunque ratas quizá, viste arrogante
    sus calzas, su ropilla y su valona.
    Cuida más que su hacienda su tizona,
    sueña empresas que olvida en un instante,
    reza con devoción, peca bastante
    y en lugar de callarlo, lo pregona
    Intentó por una dama una quimera
    y le mataron sin soltar la espada.
    Solo quiso al morir que se le hiciera,
    si algo quedó en su bolsa malgastada,
    una tumba de rey, donde dijera:
    "nació para ser mucho... y no fue nada".

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  2. Fe de erratas: el tercer verso del soneto anterior se dice ratas quizá, cuando debe decir "ROTAS QUIZÁ".
    Estamos en plenas "Fallas" en Valencia y el corrector ha tomado días libres.

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  3. Aquí queda demostrado perfectamente: El triunfo de la maldad, a través del desprestigio. Reírse los que no valen para nada: de los que realmente son maestros en sus oficios. En este caso se puede decir: valla BARBARIDAD más perfecta.

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  4. En las sociedades del Antiguo Régimen, la Nobleza estaba exenta de tasación. El noble era militar o funcionario del Estado. Cualquier actividad productiva, directamente le descastaba, y desproveía del estatus que le permitía no pagar impuestos. Se comprende pues que en una sociedad nobiliaria el trabajo fuera despreciado, y que en la actual sociedad, heredera de la anterior, haya tantos que no paguen impuestos porque "es de pobres".

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