lunes, 2 de mayo de 2016

El mendigo


Seguramente, en toda la pléyade de pedigüeños, que, los domingos por la mañana, ocupaban las escaleras de acceso a la catedral de Barcelona, implorando caridad a los feligreses – cada cual más lastimero - no había ninguno con un aspecto tan sucio, desagradable e infecto, como Guillermo.

Él sabía eso de sobras, y por ello, cuando quería forzar una limosna urgente a un feligrés, aproximaba tanto como podía, su pestilente humanidad a la del ciudadano, de forma que este quedase bien apestado, de su tufo a pringue y sudor, y al poco, con la intención de verse libre de su desagradable presencia, y hedionda fetidez, el cliente, acababa aflojando la mosca, que por no aguantar el vaho, era a veces más de lo que en principio, pretendía dar.

Guillermo, no es que estuviese reñido con el jabón, es que desconocía la existencia de tal producto, de forma que cuando otros mendigos - al menos una vez por semana - acudían a una fuente pública o a un albergue de indigentes a asearse, él huía de tales prácticas, como el gato del agua. Toda su epidermis, estaba ennegrecida por una capa que parecía betún, pues a fuer de no lavarla, había llegado a constituir como una segunda piel, que él decía que le defendía de la intemperie, más incluso que las ropas que vestía.

Tenía una edad indefinida, por su aspecto se podía decir que superaba los sesenta, no obstante por la vitalidad de que a menudo hacía gala, en largas caminatas por la ciudad, a veces bajo la lluvia, el intenso frío, o un calor tórrido, nadie habría dicho que pasase de la cuarentena. La verdad, debía estar a caballo entre ambas cifras, y nuestro hombre, tendría más o menos el medio siglo.

Casi nunca hablaba de si mismo, a diferencia de sus otros compañeros de ocupación, que se pasaban los días relatando cuanto habían sido en la vida, y porque habían llegado a tan lastimera situación. Tampoco tuvo nunca una compañía femenina estable, en parte, porque hasta entre los mendigos hay clases, y muchos de ellos se negaban incluso a sentarse en las cercanías de Guillermo, debido al insoportable hedor, que su cuerpo exhalaba en cualquier época, ocasión y circunstancia.

Él se auto proclamaba un alma libre, y jamás durmió en los albergues de caridad, ni incluso en las estaciones de metro, porque - según argumentaba - había de compartir espacio, con gente que le era profundamente desagradable. Realmente, nuestro personaje era un auténtico y singular espécimen, dentro de un colectivo en el que todos eran – por una u otra razón – singulares en forma extrema.

Transcurría la década de los sesenta, del pasado siglo, y convivían en las calles de Barcelona, y de forma rabiosa, el incipiente milagro económico español, con la miseria residuos de la posguerra, en donde las ideas de recuperación social de la masa de indigentes, estaban más dirigidas a quitarlos de la vista de los turistas, que a buscarles una auténtica salida a su situación, en muchos casos por otra parte, imposible de lograr.

Aquel invierno se presentó especialmente duro, con lluvias continuas y sobre todo heladas, que allá por las cercanías de Navidad se tornó en una auténtica ola de frío siberiano, que dejaba la ciudad, a partir de las ocho de la tarde, absolutamente muerta y sin nadie en sus calles.

Las autoridades municipales pusieron entonces en marcha la operación refugio, consistente en que mediante el concurso de la “piojosa” - familiar apelativo con el que se conocía la furgoneta de la Guardia Urbana usada para la recogida de mendigos e indigentes - se patrullaban todos los lugares, en donde estos solían refugiarse, y unos de grado y otros a la fuerza, eran conducidos a improvisados albergues, cuando los habituales estaban saturados, al objeto de que no muriesen de frío en plena calle.

Como en tantas otras ocasiones, Guillermo supo burlar la búsqueda de los agentes, y con una temperatura inferior a los cero grados, se dispuso a pasar la noche en su cama de cartones, en una calleja de un barrio barcelonés.

Lo que no tuvo en cuenta nuestro hombre, es que aquella noche el mercurio bajó muy por debajo de los cero grados, y que los cartones, los harapos y la capa de mugre, no fueron suficientes para defenderlo de la gélida intemperie, por lo que a la mañana siguiente, cuando dos empleados del servicio municipal de limpieza estaban adecentando la vía pública, descubrieron bajo un improvisado refugio de madera y cartón, el cuerpo de Guillermo, que estaba más tieso que un ajo.

Tras la comparecencia de rigor del juez y la policía, los restos fueron trasladados al depósito de cadáveres, para realizar la autopsia, y averiguar las causas de la muerte, aunque estas al principio parecían claras, y fue en los prolegómenos de esta diligencia judicial, cuando surgió la gran sorpresa.

Bajo el mugriento abrigo, y cosido a una especia de chaleco, el cadáver llevaba fajos y más fajos de billetes de mil pesetas – los de mayor cuantía de curso legal entonces – algunos hasta con el color perdido por el sudor, que una vez contados por los funcionarios, sumaron la cantidad de dos millones largos de pesetas.

Para hacerse una idea, amigo lector, de lo que entonces esa cantidad era, baste decir que la compra de un piso, en la ciudad de Barcelona no subía por encima de las trescientas mil, por lo que nuestro héroe había muerto, arropado por el equivalente a las paredes de seis viviendas.

Según me contaron, pasado el tiempo, el dinero fue a parar - como donación - a una de las iglesias, a cuya puerta pedía, pues un cura declaró que - en confesión – nuestro hombre había legado todo lo que tenía a la misma (en aquellos tiempos pasaban cosas así, y otras aún peores).

Guillermo, sin identidad ni familia, fue enterrado en una fosa común, y lo que quedó claro, es que, nuestro hombre, que pasó años untando cada día con mantequilla su rebanada del pan, lo hizo, para que al final, fuese la iglesia, la que acabara por comerse la tostada.

J.M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)
           

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