lunes, 16 de mayo de 2016

El sacristán



La relación de Bartolo con la iglesia, comenzó desde su niñez, cuando su madre, con la intención de que, al menos alguno de sus siete hijos no hubiese de ir a recoger aceitunas, o fuera mozo de almacén, y tuviese – en suma - alguna ocupación diferente a la de jornalero, lo presentó al cura párroco de su barrio, diciéndole que su hijo sentía - de siempre - una gran atracción hacia las cosas de Dios.

Así, a los siete años, Bartolo se convirtió en monaguillo de la parroquia de Santa María, compartiendo función con otros dos rapaces, que – como él – no tenían nada mejor que hacer.

En aquella época, no se precisaba mucho para la actividad de escolano, y el cura enseñó al nuevo aprendiz, además de la letanía, la misa y un sin fin de oraciones, salmodias y cánticos en latín, las cuatro reglas, conocimiento importante este, ya que entre las funciones de nuevo acólito – una vez el cura comprobó que no tenía el vicio de sisar en el cepillo de las limosnas – se hallaba la de contabilizar los donativos que los fieles dejaban en las distintas alcancías, estratégicamente distribuidas a los pies de las imágenes, de la que cada feligrés fuese partidario.

Como Bartolo demostró siempre - además de una acrisolada honradez - una fidelidad perruna hacia el cura de turno, se mantuvo en su puesto año tras año y fue ascendiendo en el escalafón eclesial, de manera que cuando cumplió los veinte, se vio convertido en sacristán, siendo el que hacía y deshacía en la parroquia, ya que los vicarios iban cambiando, mientras él se mantenía inmutable en su puesto.

Su vida giraba en torno a la feligresía, y el servicio del altar al que dedicaba todo su tiempo, siendo allí donde conoció - durante una novena a Santa Ursula - a María, que tras un noviazgo - entre rezos y cirios - de un año y medio, acabó por convertirse en su mujer, yéndose ambos a vivir a una pequeña casita, lindera con el edificio parroquial, al objeto de no abandonar ni un instante sus obligaciones con este.

Los cambios que los tiempos provocaban en la Iglesia, fueron asumidos cada vez con mayor dificultad por Bartolo. En primer lugar se abandonó el latín en las ceremonias – que conocía desde pequeño - y hubo de aprender de nuevo la liturgia en castellano.

Pero lo que trastocó absolutamente su vida, fue la llegada de un cura, con ideas revolucionarias en cuanto a la gestión de la parroquia, ya que además de ejercer su misión pastoral, pretendía dar clases de religión en un instituto, por lo que – al objeto de ahorrar trabajo - se propuso informatizar  toda la gestión parroquial.

Bartolo, sin apenas instrucción, ni casi saber leer, no fue capaz de seguir el rumbo que el nuevo rector de la iglesia marcaba, y tras varios meses que a él le parecieron siglos, durante los cuales nada avanzó en conocimientos, el nuevo mosén, decidió prescindir de sus servicios como sacristán, encontrándose nuestro hombre, a sus cuarenta y tantos años, en la calle, sin dinero ni posibilidad de trabajar, ya que ni su edad, ni su preparación facilitaban tal cosa.

Moralmente hundido, se dirigió a su casa en donde su esposa, mujer decidida y animosa, le alentó - desde el primer momento - a enfrentarse con el problema: 

- Mira – le dijo – a ti te conoce todo el mundo... ¿porque no te dedicas a vender tabaco y chucherías a la entrada de la iglesia en los entierros, en las bodas y la misa mayor...?

Y dicho y hecho, a partir de ese día, nuestro hombre, que siempre había estado de puertas adentro del edificio religioso, se colocó en los soportales del templo con una bandeja, y en poco más de media hora – tal como su mujer pronosticó - había vendido toda la mercancía que llevaba.

Volvió con más y sucedió lo mismo, y a las pocas semanas se planteó, colocar un quiosco de madera frente al templo, en donde además podía estar a resguardo de la intemperie.

Meses más tarde, también el quiosco resultó insuficiente, por lo que se decidió a alquilar un portal próximo en donde ejercer su comercio, no tardando mucho en tener que  arrendar otro, y al cabo de unos años, las tiendas de nuestro héroe se extendían por toda la ciudad, ya que allí donde se establecía, el éxito se convertía de inmediato en su aliado...

Con el tiempo – y la ayuda de su mujer - los negocios fueron surgiendo uno tras otro, y cuanto cumplió setenta años, Bartolo era una persona multimillonaria.

No obstante, nuestro héroe, seguía siendo un hombre humilde, y pese a su sobresaliente posición económica, asequible y sencillo.

Un día, entró en uno de los bancos en donde tenía cuenta, y al advertir el director de la entidad su presencia, salió a recibirlo con las genuflexiones y reverencias que los tiralevitas y pelotilleros, suelen hacer siempre a la gente de dinero, y en su afán de congraciarse con él, entre inclinaciones, le dijo.

- Don Bartolomé, es usted una persona a la que de verdad admiro, un  hombre que se ha hecho así mismo… y eso sin casi saber ni leer ni escribir... no quiero ni pensar adonde habría llegado usted, de ser un hombre con instrucción...

Nuestro hombre con su sencillez característica le contestó
- Pues yo se lo diré, señor director, habría llegado a sacristán de la iglesia de Santa María.

Pese al mucho tiempo que pasó en la iglesia, quedó claro que la fortuna para Bartolo, no se hallaba dentro de ella, sino a su puerta.

J.M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)

1 comentario:

  1. Lo que se suele decir: Donde menos se espera salta la LIEBRE.

    ResponderEliminar