viernes, 27 de mayo de 2016

Fantasmas

   
Hoy no voy a hablar – amigo lector – de esas personas que parecen una cosa y son otra, que alardean de virtudes que carecen, de gracias que le son ajenas, o de caudales y posesiones que solo en sus más calenturientos sueños tuvieron. Esos - sin duda alguna - son fantasmas, de los que nuestro mundo está plagado, y con los que habría material para escribir volúmenes enteros.

No obstante, hoy quiero hablar de otros fantasmas, los entendidos como entes incorpóreos e intangibles y en los que - aunque nunca creí -  sé que tienen legión de seguidores que, les temen, les contentan y procuran  tenerles felices, y todo esto lo advierto mucho más, tras ver modernas películas como “Los otros”, en la que acabas por no saber, si los fantasmas son los vivos o los muertos.

En el mundo rural de mi infancia en Andalucía, los fantasmas tenían una importancia relevante, y gente había, que juraba por la gloria de sus muertos, haber visto el alma en pena de este o aquel, que en vida había sido más malo que la tiña, y que estaba condenado a vagar eternamente por la vera del río, o por tal o cual caserío, en donde cometió tropelías sin cuento, durante su malvada existencia.

La cosa era, que en las noches de invierno, cuando a falta de televisión, se reunía la gente a charlar alrededor del brasero, salían a relucir historias de aparecidos y muertos vivientes, que hacían que las veladas se alargasen hasta la madrugada, porque todos sentían un repelús al pensar en quedarse solos, y en más de una ocasión, alguien pidió pernoctar en casa del anfitrión, pretextando cualquier indisposición, cuando en realidad lo que sentía era auténtico pánico, a recorrer el oscuro y solitario camino, en dirección a su casa.

Pero además de los miedosos, los había osados, que creían que los fantasmas, lo que querían era comunicarnos secretos para hacernos ricos, o contarnos historias de su negro pasado, con las que poder obtener - los vivos - algún beneficio. Este fue el caso de Matilde.
   
Nuestra heroína, no sintió el más mínimo recelo, cuando se mudó a vivir con su familia, al antiguo edificio de la calle Cantarranas en Álora, y ello pese a que la vivienda estaba aureolada de una serie de leyendas, según las cuales, en los pisos superiores - usados antaño para guardar grano, y luego como almacén de trastos viejos - por la noche se oían crujidos, y a veces hasta llantos de niño.

Seguramente, nadie comprobó jamás la veracidad de tales extremos, pero la historia fue corriendo de boca en boca, hasta el punto, de que cuando su padre adquirió el inmueble, lo hizo en muy buenas condiciones económicas, porque - en parte debido a eso - nadie estaba interesado en su compra.

Matilde - nada más llegar - subió a la planta superior, y la registró palmo a palmo, buscando alguna explicación al fenómeno, sin hallar nada que lo justificase, y durante las noches se mantuvo - día tras día - expectante desde su cama, ante cualquier ruido que pudiese oírse.

La casa, construida de piedra y vigas de madera, con más de ochenta años en sus muros, de un metro de espesor, crujía y hacía una sinfonía de ruidos propios de todos los edificios vetustos, pero la imaginación de Matilde, asoció tales sonidos a llamadas del más allá.

Por eso, en camisón de dormir, y provista de un grueso garrote – lo que se me antoja precaria defensa contra un espíritu - estableció su dormitorio en una butaca de la buhardilla, en donde pasó más de quince días, sin que ningún ente incorpóreo, ni de ninguna otra especia, hiciese acto de presencia para decirle – como ella sostenía – que debía haber un tesoro oculto, hasta que cansada de pasar frío, desistió por fin de su inútil guardia, aunque nunca dejó de pensar en la posibilidad de que existiesen cosas de mucho valor, escondidas en alguna parte de la casa.

Para calibrar a nuestro personaje, he de decir, que cuando conocí a Matilde - siendo ya ella mayor - tenía más bigote que mi padre, que se afeitaba dos veces al día.

Pero la – para mi - mejor historia de fantasmas, fue la que protagonizó Marcial. Era también hombre de campo, cachazudo, escéptico e incrédulo ante todo lo que no pudiera palparse y tocarse, y que nunca temió a nadie del más allá, mientras hubiese gente en el más acá, a quien temer.

Marcial tenía tierras lejos de su casa, y solía trabajar en ellas de luna a luna, quiero decir, que empezaba a hacerlo cuando aun no había despuntado el día, y terminaba al asomar las primeras estrellas. En su camino de regreso a casa, había de pasar, por uno que atravesaba las tierras de Toribio, personaje este, que soportaba a duras penas el derecho de paso que – de tiempo inmemorial – tenía como gabela su finca, y que quería por todos lo medios evitar.

Un día de primeros de invierno, en que a las ocho de la tarde ya es noche cerrada, atravesaba Marcial a lomos de su burro, las tierras de nuestro hombre, por un estrecho sendero flanqueado de árboles y zarzales, cuando sobre un ribazo a no más de diez metros de distancia, vio surgir una blanca y fantasmal figura cubierta, de pies a cabeza, por una sabana, que lanzaba terribles aullidos, mientras se convulsionaba.

El jumento, ante la visión del espectro, se detuvo en medio del camino, mientras  nuestro hombre, con toda parsimonia permaneció, fumando impasible delante de la nívea figura, sin dar muestra alguna de temor. -¡Auuuh, soy un alma en pena, aléjate de aquí.... soy un alma en pena!... gritaba la aparición.

Marcial, que estaba agotado por el largo día de trabajo, y andaba ansioso por llegar a casa apretó las piernas sobre los ijares del rucio, mientras decía al aparecido; “Pues haber obrado bien en esta vida, y no estarías ahora penando eternamente” - “¡Arre burro!”. Y mientras seguía su camino, pasó ante la blanca figura a la que musitó “Deja ya de hacer el tonto Toribio, que no asustas ni a una vieja”.

Desde ese día, nunca más volvió a tenerse noticia alguna de una nueva aparición, del fantasma de las tierras de Toribio... y pensando en la frase de Marcial, concluí que si la vieja aludida hubiese sido Matilde, seguro que tampoco ella se habría asustado.   

           
J. M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)

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