viernes, 13 de mayo de 2016

Gente Singular (El pulpo)


EL PULPO

Ya antes de ahora, me he referido a la importancia, que en la actualidad tienen los curriculums, de forma que hay gente que se dedica casi en exclusiva, a la tarea de confeccionarlos, y cuando los concluyen, son capaces de vender plomo como si de oro se tratase.

En España - país del Lazarillo de Tormes - abundan los picaros, los pillos, y los listillos, y tenemos hartos ejemplos de esto. No hace muchos años, un sujeto, hoy aún en prisión, se inventó un currículo plagado de inexistentes títulos académicos y de otra índole, que le catapultaron – con la ayuda, claro está – de una cara de cemento armado, y la estupidez congénita de algún que otro político, al cargo de director general de un cuerpo armado, en donde – tras hacer trapisondas sin cuento – salió para la trena, si bien que con su riñón bien cubierto por una buena capa de millones, todos extraviados y no hallados jamás.

Pero - y perdón por la disquisición - volvamos a nuestro personaje. Algo de lo arriba dicho, ocurrió con David, sí bien que con desarrollo y final distinto.

Cuando llegó a la entrevista para el puesto de trabajo al que aspiraba – impecablemente vestido, acicalado y engominado-  ya habían leído en la empresa, sus funciones en el anterior empleo, y habían quedado sobrecogidos por sus méritos.

Nuestro hombre –según rezaban los informes había ejercido, de forma simultanea, las funciones de: vendedor y técnico en aparatos informáticos, atención al publico, confección de pedidos, control del teléfono, tareas de contabilidad y almacenaje, y aún no sé sí también, funciones de limpieza y vigilancia.

La conversación que mantuvo con el entrevistador - impresionado tras conocer todas sus virtudes - transcurrió en términos aceptables. Su expresión era correcta, y aunque no hablara como un académico, parecía tener un adecuado conocimiento del trabajo, además de dar una buena imagen para la empresa, y si bien parecía algo extraño, que viniese del extremo opuesto de la provincia a buscar empleo, él lo justificó, por la presencia por la zona de su novia, con lo cual el asunto quedó casi explicado.

Sus futuros compañeros, ante la magnitud de actividades que podía desempeñar, se hicieron al instante la reflexión de que semejante profesional, en cuanto comenzase a trabajar, les iba a dejar a todos en el paro, pues -él solo- era capaz de hacer la labor de cuatro o cinco, y al hilo de esto surgió, el comentario de uno de ellos -“¡Joder, este tío debe tener ocho brazos...!” - por lo que –de inmediato- fue bautizado como “el pulpo”.

Pero una cosa son las referencias y otra lo hechos. Al poco de empezar a trabajar, se advirtieron en el sujeto, severas carencias de bulto, ya que ignoraba mucho de lo que había dicho dominar, y además, con el paso de los días, él traje, camisa y corbata, que el primer día llevaba, al ser siempre los mismos, al poco – de no lavarlos –comenzaron a aparecer en puños y cuello, atisbos de mugre, que conjuntadas con una notable barriguita cervecera que lucía, le daban un aspecto un tanto repugnante, que no ayudaba nada a la imagen de empresa que debía dar.

Pero si malo era su aspecto, y el perfume a mendigo que comenzaba a exhalar, lo peor no había llegado aún.

Un día, cuando se encontraba en su puesto de atención a clientes -en donde constantemente había de ser auxiliado por otros compañeros- llegó uno con una impresora estropeada. Cuando el servicio técnico recibió la nota de reparación, escrita por nuestro personaje, en una deficiente caligrafía, podía a duras penas leerse, como causa de avería “La impresora a hechado umo...”. En cinco palabras, había endosado tres garrafales faltas de ortografía...

-“Pero, se entiende... ¿verdad?”
– argumentó aún nuestro héroe, cuando el gerente de la empresa le preguntó, que como era posible haber escrito tal cosa.

Y si lerdo era con la escritura, no le iban a la zaga sus conocimientos lingüísticos, ya que para él, las conducciones era “innanlámbricas” por inalámbricas y las impresoras matriciales eran para él “matriarcales” siendo inútiles, cuantas aclaraciones le hacían, pues insistía –machaconamente- en su particular denominación.

Pero lo que acabó por convencer del estado de absoluta deficiencia del sujeto, fue el día que -a las once de la mañana- no había aún llegado a su puesto de trabajo.

Todos comenzaban a estar preocupados ante la posibilidad de un accidente, dada la lejanía de su domicilio, cuando -por fin-  agitado y sudoroso, llegó al establecimiento.

-Veréis – contó a sus compañeros ante sus preguntas – a poco de salir de casa, se me acabó la gasolina, y cuando llegué al surtidor, me di cuenta de que había olvidado el dinero...


-Intenté - agregó tras una pausa – ofrecer mi DNI como garantía, pero me mostraron un cajón lleno de documentos, de gente que había hecho igual, para luego no volver...
-Ante esto, se me ocurrió una idea
– continuó – les dejé en prenda mis pantalones y mi camisa, y me quedé solo con los calzoncillos, y así pude acercarme a un cajero y obtener dinero... de ahí mi demora -  concluyó.

Los compañeros, intentaron a duras penas mantener el tipo, sin prorrumpir en  estruendosas carcajadas ante la peripecia, imaginando – sin duda – lo que debió ser la llegada al banco de un individuo vestido, únicamente, con unos gayumbos de florecitas.

Pocos meses más tarde, y después de un cúmulo de nuevos incidentes, que seguro darían para otra historia, David se despidió de la empresa, entre el alborozo de jefes y compañeros, los cuales hacía ya tiempo que había cambiado la denominación de pulpo, con la que le bautizaron el día de su llegada, por la de “merluzo”, que como sabes – amigo lector - es un animal ápodo.
                   
J.M. Hidalgo (Historias de Gente Singular)


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